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Obra Cultural

Época. Primer éxito

220px-Galileo.arp.300pixAl renovar Copérnico la idea de inmovilidad del Sol en el espacio y doble movimiento de la Tierra, entre las primeras reacciones llamativas, por motivo religioso, está la de Lutero, proclamador de la libre interpretación de la Biblia, el loco -«Narr»-, que vino a trastornar la Sagrada Escritura. Esa ortodoxia luterana repercutió en astrónomos de Suecia, por presión de la Facultad de Teología de Upsala, hasta casi final del siglo XVII. Aún no mediado el XVI, en plena Contrarreforma, Paulo III recibió complacido la obra de Copérnico, en su primera edición latina de Nuremberg, impresa con dedicatoria al Sumo Pontífice, previamente autorizada. En la Universidad de Salamanca, entonces la primera del mundo en Teología, se enseñaba sin dificultad la nueva doctrina.

Se trataba de que lo perceptible: movimientos, distancias, duraciones, tan explicables eran en una hipótesis como en la otra. Si Copérnico quiso decir más, con limitarse a lo empírico y lo matemático bastaba. Galileo, tradicional primero y luego copernicano, a fines de 1609 hace de un anteojo recién inventado en Flandes, el primer telescopio, y lo enfila al cielo nocturno de Venecia. En marzo del año siguiente publica su «Nuntius Sidereud» -Mensajero Sideral-. Las fases de Venus, los cuatro satélites de Júpiter, la abrupta superficie de la Luna con montañas y profundas depresiones, la Vía Láctea un enjambre de estrellas. Además de otros descubrimientos tan verificables como incompatibles con aceptadas posiciones de la astronomía aristotélica. El éxito entre los doctos imparciales fue de apoteosis. Excepcional la felicitación del insigne Kepler, desde Austria. Triunfales las jornadas en la primera institución tan científica como ortodoxa de Roma, el Colegio Romano -Pontificia Universidad Gregoriana-; baste citar a Clavius, el reformador, años antes, del calendario.

Galileo, satisfechísimo, se trazó su plan de alcance muy superior al del anteojo. Lo comunicó a un confidente de gran influjo: «Toda su vida y todo su ser estarían consagrados a hacer que el mundo aceptara la realidad del copernicanismo». En contraste con aristotélicos obstinados, opuestos aún a utilizar el anteojo, se sentía apoyado por doctos religiosos, prelados. Mencionemos al cardenal M. Barberini, la poderosa y católica corte de Toscana. No eran, con todo, ciegos seguidores. Los matemáticos del Colegio Romano, sin negar ingenio a las pruebas helicocéntricas, no las estimaban demostrativas. La objeción por disconformidad con afirmaciones de la Sagrada Escritura se la formuló el primero su entusiasta, científico benedictino, Castelli, en una distinguida reunión que tuvo lugar en Florencia, presidida por la Gran Duquesa, por minoridad del soberano.

El embate no cogió desprevenido a Galileo. La carta de Castelli, sin duda a vuela pluma, es una obra maestra. Más extensa la respuesta a la Gran Duquesa. En ambas aparece su indudable ortodoxia católica, notable documentación y, en la segunda, diríase su extremado ingenio, pero en campo que no era el suyo, el de la interpretación de la Sagrada Escritura para conciliarla con el heliocentrismo.

Lo dogmático. ¿Prueba científica?

Al delicado punto más atención habrían de prestar los dedicados a las ciencias sagradas y los eclesiásticos responsables. Galileo lo tuvo muy en cuenta y así se interesó por el criterio de un determinado cardenal, cuyo nombramiento se hizo -textualmente- porque «nadie le igualaba en doctrina de la Iglesia de Dios». El cardenal Belarmino recordó la infalibilidad de toda afirmación de la Sagrada Escritura, con especial mira para su inteligencia -como había reiterado el Concilio de Trento- a la interpretación de los Santos Padres. En cuanto al punto crucial, su apreciación no varió de la que había consignado, cuarenta y cuatro años antes, en las «Praelectiones» de su segundo año de profesorado en Lovaina, a sus 29 años de edad: «Es efectivamente cierto que el verdadero significado de lo que se dice en la Sagrada Escritura no puede estar en oposición con verdad alguna demostrada, sea filosófica o astronómica», por lo que, en caso de discrepancia, habrá que ser muy cauto en interpretar el sagrado texto. Y, exigida ante todo la demostración del hecho físico, añadía lealmente: «Pero, y hablo por mí, no creeré que haya tales pruebas hasta que se me demuestren».

Galileo reaccionó con la mayor naturalidad: «El no creer que haya demostración de !a movilidad de la tierra mientras no se la muestre, es suma prudencia». Precisamente ahí estaría su fuerte. Por eso completa entusiasmado: «El modo para mí expeditísimo y segurísimo para probar que la posición de Copérnico no es contraria a la Sagrada Escritura, sería mostrar con mil pruebas que ella es verdadera». Hemos subrayado el mil, escrito en mayo de 1615. Acaso para más seguridad pasó meses trabajando y, entrado el año siguiente, se presentó en Roma. ¿Llevaba las pruebas? Es sabido que la primera válida no se dio hasta ciento once años después -la de Bradley, en 1727-. En cuanto a la típica de Galileo, la de las mareas, su descalificación por los astrónomos -Kepler el primero- fue unánime. ¿Qué sucedería en Roma? El embajador de la corte de Florencia, Guicciardini, conocedor de Galileo, se apresuró a informar: «El -Galileo- se empeña fogosamente en sus opiniones con extrema pasión, se engañará a sí y se pondrá en peligro a sí y a los que le sigan». El primer episodio de ese tipo sucedió a los diecinueve días de fechada esta carta.

Intimación oficial

La preocupación de los responsables ante el riesgo de interpretar la Sagrada Escritura contra su obvio sentido por no profesionales en su conocimiento y sin motivo justificado para ello, era razonable. Esto se agravaba por el renombre de Galileo y su clara afirmación del hecho, no de la mera hipótesis sobre las apariencias, atribuida antes a Copérnico. Así, pues, el Papa Paulo V ordenó la intervención. Los once consultores del Santo Oficio dieron su desgraciado dictamen. La notificación de lo fundamental a Galileo fue con la mayor consideración. Testigos de ello fueron sus enemigos con las mentiras que propalaron sobre el acto. Galileo, en propia defensa, pidió un auténtico testimonio a quien lo había presidido, al cardenal Belarmino. Y lo recibió tan satisfactorio que lo conservó como un tesoro toda su vida. Complacido, pero más prudente, se dedicó a temas físicos seguros.

Tres años después, inesperadamente; en un escrito de profesor no vulgar de Roma, se atacó el heliocentrismo. Se suscitó el diálogo impreso y Galileo, en la segunda contrarréplica -todo un libroestuvo tan científico como despiadado y chispeante. La publicación tuvo lugar a poco de que el cardenal entusiasta de Galileo, M. Barberini, fuese elegido Papa cori el nombre de Urbano VIII. Galileo le dedicó el libro. Las atenciones del nuevo Pontífice con el sabio fueron extraordinarias. Hubo referencias al controvertido tema, con moderación en la apreciación; pero lo intimado en 1616 por el Santo Oficio se mantuvo. Así en 1624.

La gran obra. Desenlace

Galileo, por su parte, diríase que confirmó las apreciaciones de Guicciardini en ya lejana fecha. En la actual escribía a su colega Cesi, de la Academia de Lincei: «Ahora he vuelto al flujo y reflujo. Estando la Tierra inmóvil es imposible que se den…». Y pausadamente compone su suprema obra heliocéntrica, en elegante diálogo renacentista; por cierto poniendo en boca de «Simplicio», entre las objeciones, desacreditadas siempre en el coloquio, una escuchada al propio Urbano VIII. En enero de 1630 estaban terminadas las casi 500 páginas del manuscrito. Galileo fue a Roma a gestionar la aprobación e impresión. En el prefacio el autor declaraba que se sometía filialmente en todos los puntos a la Santa Madre Iglesia y a sus decretos. Era un motivo de confianza. Uno de tantos recursos con que, el aparecer el libro impreso en 1633, dejó desconcertados, al advertir el engaño, al Santo Oficio y al Papa.

Un hecho era indudable: la desobediencia a lo intimado en 1616. Se abrió el proceso. La grave infracción, constituida por la íntegra obra, que gracias a subterfugios aparecía autorizada por el Teólogo oficial del Papa, fue tema inicial del primer interrogatorio. Galileo presentó para su defensa el testimonio, arriba aludido, del cardenal Belarmino. Increíble. «Le fue dada a conocer la declaración de que la doctrina atribuida a Copérnico…, es contraria a las Sagradas Escrituras y no puede, por consiguiente, ser defendida ni mantenida». Esto, como todo el libro, se volvía contra las negaciones de Galileo, lamentablemente mentirosas. El caso era irritante. No obstante, a las máximas atenciones -testificadas por el mismo Galileo-, se añadió la del afable diálogo, informal, de uno de los responsables, y Galileo reconoció la distorsión de querer emplear la Sagrada Escritura para una materia ajena a la misma, en lugar de permanecer puramente en su terreno científico. Hizo la abjuración bien interpretada por el actual ortodoxo y científico Soccorsi: «Si los jueces tienen razón, abjuro; si no, hago un acto de disciplina». Su fe católica fue siempre firme. Años adelante, en 1641, corrige espontáneamente el entusiasmo de un antiguo discípulo, científico sagaz: no basta que nos parezca mejor; podemos estar engañados. Su repulsa de lo aristotélico fue sin restricción. Su preferida posición nunca la estimó demostrada. En cuanto al dictamen eclesiástico, no se dio como definición infalible.

«SIN MARÍA, LA VIDA SE COMPLICA ENORMEMENTE. CON MARÍA QUEDA TODO RESUELTO Y SIMPLIFICADO. ¡SE HACE TAN DULCE LA VIDA CON LA MADRE AL LADO!» Y se cuenta con María cuando cada mañana y cada noche se rezan las TRES AVEMARÍAS. Ella siempre nos ayuda y  socorre.