Monseñor José Guerra Campos
Separata del “Boletín oficial del Obispado de Cuenca”
Núm. 5, mayo 1986

 ejercicios mons. guerra campos2.73Ante el hecho de la guerra, que no podía evitar, la Jerarquía no pudo elegir y « no podía ser indiferente». De una parte, se iba a la eliminación de la religión católica. De otra, garantía de continuidad en la práctica de la Religión (7). Los Obispos de Vitoria y Pamplona condenan desde el primer momento, coincidiendo con el criterio de la Santa Sede, la colaboración de los nacionalistas vascos con un Gobierno que era enemigo de la Religión (8). La opinión católica y la Jerarquía se adhieren con entusiasmo al Movimiento Nacional, considerado como verdadera Cruzada. Porque, junto a la reacción contra la agresión «comunista», en defensa del orden., la paz social y la civilización tradicional (9), hay en gran parte del pueblo una reacción de tipo religioso, la cual, frente a la persecución destructiva, se convierte en lo más determinante. Las posteriores distinciones entre Guerra Civil y Cruzada carecen de sentido histórico. Papas, Obispos y fieles -los que la viven- piensan que la Guerra civil es Cruzada en su sentido religioso (10). El Cardenal Primado reafirmará el término decenios más tarde (11). Así la vivieron los combatientes más lúcidos (12). El resto, con mayor o menor asimilación, se situaba en esa órbita. Millares mueren gritando: «Viva Cristo Rey», «Viva España». El pueblo en retaguardia respira el mismo aire, y conmemora a sus muertos como caídos «por Dios y por España» (13).

Este sentir de la Iglesia tiene su formulación más autorizada en dos Papas. Pío XI, al primer mes de la guerra, envía su bendición «a cuantos se han propuesto la difícil tarea de defender y restaurar los derechos de Dios y de la religión» (14). Pío XII, al terminar la guerra, envía un mensaje de congratulación por el don de la paz y de la victoria, que corona el heroísmo cristiano de un pueblo que «se alzó en defensa de los ideales de fe y de civilización cristianas». Este es -dice- el «primordial significado de vuestra victoria» (15).

Notas

  1. Los Obispos, en su carta colectiva de 1937, explican el dilema: de una parte, supresión de Dios, se iba a la eliminación de la religión católica. De la otra, con los defectos que fueren, había un esfuerzo por salvaguardar el espíritu cristiano de España, y única garantía de la continuidad en la práctica de la Religión.

Ya en septiembre de 1936, Pla y Deniel (Las dos ciudades, ya citada) afirma que la Iglesia no apoyó una lucha entre partidos. Los Obispos esperaron a que se distinguiesen los campos. No declararon hostilidad al Gobierno; fue éste el que se entregó al atropello o quedó desbordado por la anarquía; y entonces fue cuando la Iglesia se pronunció oficialmente «a favor de la defensa de la civilización cristiana y de sus fundamentos -religión, patria, familia- contra los sin Dios y contra Dios».

Todavía, en 1985, el Cardenal Enrique y Tarancón declara públicamente que la Iglesia tuvo que ser beligerante en la guerra de 1936: no le quedaba otra alternativa (en España, nuestro siglo. l. Democracia 1975-1985. Editores Plaza y Janés, Barcelona, 1985, capítulo «La Iglesia», pág. 274).

Después de lo dicho sobre la persecución (capítulo I) resulta extraño el juicio de Julián Marías, recogido por la Prensa («Ya, 6 de diciembre de 1985, pág. 45): se explica que la Iglesia no estuviese con la República; no debió estar de parte de nadie en la guerra civil. La instrucción pastoral «Constructores de la paz», de la Comisión Permanente del Episcopado (20 de febrero de 1986) advierte: «quienes la reprochan (a la Iglesia) el haberse alineado con una de las partes contendientes deben tener en cuenta la dureza de la persecución religiosa desatada en España desde 1931.»

  1. Instrucción pastoral de los Obispos de Vitoria y Pamplona, 6 de agosto de 1936 («Boletín Vitoria», septiembre de 1936; Montero, Persecución, págs. 682-686), y aclaración confirmatoria, del Obispo de Vitoria don Mateo Múgica, radiada el 8 de septiembre de 1936 (Montero, Persecución, págs. 686-687), en la que reafirma que hay que apoyar decididamente al Ejército español y sus cuerpos auxiliares.

Los Metropolitanos, reunidos en noviembre de 1937, confirman la reprobación de la «colaboración de los católicos vascos con los comunistas, como contraria a la doctrina de la Iglesia» (Acta, reseñada en « Hispania Sacra», 34, pág. 499).

  1. Sabido es que Franco, en su proclama inicial de alzamiento, señaló la agresión anarco-comunista; no subrayó lo religioso.
  2. Informes secretos del Cardenal Gomá a la Santa Sede (confróntese R. Aisa, Gomá, págs. 426 y sigs.): «La opinión pública ha considerado esta guerra como una verdadera Cruzada». «La Jerarquía se ha adherido entusiasta… al movimiento, que ha considerado como una verdadera cruzada en pro de la religión.»

Pla y Deniel (Las dos ciudades, 30 de septiembre de 1936). Luchan dos concepciones de la vida, las dos ciudades de San Agustín. Frente a la idolatría propia, del comunismo y anarquismo, el heroísmo y el martirio en amor a España y a Dios. La lucha «reviste la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada». «Ya no se ha tratado de una guerra civil, sino de una cruzada por la religión y por la patria y por la civilización». Por eso, el Papa Pío XI acababa de bendecir (14 de septiembre) a los defensores de los derechos y el honor de Dios.

La Carta colectiva de 1937 dice que la contienda fue profundamente popular en ambos bandos. La legislación persecutoria de los años 1931-1936 terminó en «destrucción de cuanto era cosa de Dios»… «Por esto se produjo en el alma nacional una reacción de tipo religioso». La sublevación se hizo en defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la patria, «Y en un gran sector, la defensa de la religión».

Desde el comienzo de la guerra, el Padre General de la Compañía de Jesús, en Roma, proclama que es una Cruzada (cf. Suárez, Franco, III, pág. 89).

En 1985, el Cardenal Enrique y Tarancón afirma: la guerra «fue . vivida por los españoles con una clara significación religiosa en unos casos y con un carácter antirreligioso en otros» (lugar citado en nota 7).          ·

Es tan evidente la intención de los testimonios que resulta indiferente la denominación con que se mencione la guerra. Los mismos Obispos y los mismos Papas, que dan a la guerra el significado de lucha por la fe, o Cruzada, la llaman también «guerra civil». Lo uno no excluye lo otro.

  1. Cardenal Pla y Deniel, 1958: «La Iglesia no hubiera bendecido un mero pronunciamiento militar ni a un bando de una guerra civil. Bendijo, sí, una Cruzada».

Afirmación solemne del carácter de Cruzada en un discurso del Cardenal Prefecto de la Congregación del Santo Oficio, año 1961.

  1. Si no todos rezaban el Rosario, como los requetés y otros grupos, a todos parecía natural la oración por los caídos, a la tarde, y se sentían dentro de la valoración religiosa que daba el tono general.
  2. Hay que evocar las innumerables publicaciones y los monumentos conmemorativos en todos los pueblos de España.
  3. Lo recuerda el Papa Pío XII en su mensaje de 1939: Montero, Persecución, pág. 744.
  4. Radiomensaje al pueblo de la católica España de 16 de abril de 1939, uno de los primeros actos del pontificado de Pío XII (cf. Montero, Persecución, págs. 744-746). Congratulación gozosa «por el don de la paz y de la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano en vuestra fe y caridad, probados en tantos y tan generosos sufrimientos». España, nación católica y evangelizadora, ha dado «a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu». Frente a la persecución religiosa, destructora de la sociedad, el pueblo español

«Se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y de civilización cristianas… y supo resistir el empuje de los que, engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo». Este es el «primordial significado de vuestra victoria».

Para celebrar la victoria de los nacionales, la Santa Sede, por medio de Monseñor Montini, organizó con extraordinaria solemnidad un Te Deum en la iglesia del Gesù, en Roma. (Suárez, Franco, III, pág. 77).

Cf. la síntesis de M. L. Rodríguez Aisa, La Iglesia española y su valoración de la guerra, en «Sillar», núm. 8 (1982), páginas 443-450.