Obra Cultural

Porque amó mucho dio fruto abundante

beato ManuelA Juan Pablo II, en Zaragoza, se le planteó un problema teológico: si el que canta reza dos veces, el pueblo español, bailando para la Eucaristía y para la Virgen, ¿cuántas veces reza? Claro que el mismo Papa da la pista cuando nos dice que lo que realmente aquilata el valor de la oración y hace fecundas todas las obras es el amor que en ellas se pone, amor al Dios que es el Amor de los amores y que «puede aferrar todos los recursos de nuestro cuerpo, de nuestro espíritu, de nuestro corazón, para hacer que den fruto» (París, V-80).

En Sevilla, hace poco menos de un siglo, un simpático seise deciañero canta y danza ante el Santísimo Sacramento, entre repiqueteos de castañuelas y fijos sus ojos azules en la Custodia. Y Jesús -¡cómo no!-, «le miró y le amó» (Mc 19,21). ¡Misteriosas miradas de Jesús que penetran y conmueven lo más hondo del alma! Prendió la llama en el corazón de Manolito González, y Jesús le regaló un corazón eucarístico y sacerdotal a toda prueba. «¡Si mil veces volviera a nacer -exclamaba-, mil veces volvería a ser sacerdote!».

La Eucaristía, la Inmaculada y su ideal sacerdotal fueron los grandes amores de don Manuel González, el Obispo de los Sagrarios Abandonados, y el sello y razón de su fecundidad apostólica. Así de inseparables, porque: «¡El sacerdote y el Sagrario! … ¡Lo que da que decir y que pensar y que amar y que agradecer y que derretirse la unión de esas dos palabras! ¡Sin sacerdote no hay Sagrario! Por eso para la lengua y para la pluma de un sacerdote no hay tema de conversación ni más delicioso, ni más propio, ni más interesante que hablar del Sagrario. Tanto más cuanto que ese Sagrario de sus amores y que se ha instituido para ser conocido, amado y frecuentado, padece desconocimientos y abandonos inconcebibles, no sólo por parte de los que viven lejos de Él, sino de los que viven o debieran vivir cerca, muy cerquita…». Y la Madre Sacerdotal, asociada al sacrificio de Jesús y eco de su Corazón, ha de dar «al corazón de sus sacerdotes, en sus ratos de Getsemaní, fuerzas para amar mucho y dar mucho ¡sin esperar nada!, ¡con el corazón sacrificado!».

Porque amó sin medida dio -y sigue dando- mucho fruto. La sed divina de ganar almas para Cristo le abrasaba. Para ganarlas trabajó sin descanso y empleó todo su extraordinario bagaje de cualidades humanas: inteligencia, ingenio, pluma ágil, gracia a raudales. Su apostolado fue múltiple y extensísimo, pero un golpe de gracia lo dirigirá en una única dirección: reparar «el mayor mal de todos los males y causa de todo mal, no sólo en el orden religioso, sino en el moral, social y familiar que es el abandono del Sagrario».

Dulce sueño y amarga realidad

Manuel González, seminarista, soñaba viéndose cura de un pueblecito pintoresco, «querido de mis sencillos feligreses y poniendo yo al servicio de ellos mi alma y mi vida, mirándome y tratándome ellos como a padre y desviviéndome yo por ellos como hijos míos. Y, ¡cómo en esos sueños amenizaba yo mi catecismo…, cómo creaba instituciones económicas en favor de mis labriegos…, cómo echaba mis buenos ratos con los abuelitos…, cómo formaba con la gente moza, grupos de gimnastas y las fiestas que yo compondría con ellos y cómo gozaría cuando los viera todos reunidos en el templo que ya me parecía reducido!… ¡Y qué comuniones y qué antesala del Paraíso era todo aquello!». Pero ya en sus primeras correrías se llevó algunos desencantos: «Ansioso yo por encontrar aquel pueblo sencillo, apacible y cristiano, no acababa de ver más que ciudades en pequeño, con todas las podredumbres de fondo de aquéllas sin las buenas formas con que en la ciudad se cubre siquiera aquella repugnancia».

Se ordenó sacerdote y con la primera misión -en Palomares del Río- el desengaño fue total. ¡Cómo cayeron desvanecidos sus bellos sueños! «Fuime derecho al Sagrario en busca de alas a mis casi caídos entusiasmos… y ¡qué Sagrario! … ¡Qué Sagrario, Dios mío! ¡Y qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no volver a tomar el burro del sacristán que aún estaba amarrado a los aldabones de la puerta de la iglesia y salir corriendo para mi casa! Pero no huí. Allí me quedé un rato largo y allí encontré mi plan de misión y alientos para llevarlo a cabo: pero sobre todo encontré…

Allí, de rodillas ante aquel montón de harapos y suciedades, mi fe veía a través de aquella puertecita apolillada a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno, que me miraba… sí, parecíame que después de recorrer con su vista aquel desierto de almas, posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más, que me hacía llorar y guardar al mismo tiempo las lágrimas para no afligirlo más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio: lo triste del no había posada para ellos en Belén, lo triste de aquellas palabras del Maestro: Y vosotros, ¿también queréis dejarme?, lo triste del mendigo Lázaro pidiendo las migajas sobrantes de la mesa de Epulón, lo triste de la traición de Judas, de la negación de Pedro, de la bofetada del soldado, de los salivazos del pretorio, del abandono de todos… Sí, sí, aquellas tristezas estaban allí en aquel Sagrario oprimiendo, estrujando el Corazón dulce de Jesús y haciendo salir por sus ojos su jugo amargo, ¡lágrimas benditas las de aquellos ojos! … ¿Verdad que la mirada de Jesucristo en esos Sagrarios es una mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca?».

Aquella tarde entrevió un giro en su vocación: defender con todas sus fuerzas y recursos a Jesucristo contra el abandono y la ingratitud que recibe en su vida de Sagrario. Y desde aquel día germinó en su corazón y maduró en su mente la Obra reparadora de los Sagrarios-Calvarios.

«Junto a la Cruz, junto a su Madre»

El 4 de marzo de 1910, primer viernes, en un retiro mensual y ante el Sagrario de la parroquia de San Pedro de Huelva, estallan los anhelos de su arcipreste: «Una situación muy triste. Muy triste, sí, pero con todo el color negro y el sabor amargo que queráis poner a esa tristeza, es el abandono en que se encuentra en muchos Sagrarios Jesucristo Sacramentado». Tanto que sólo puede compararse a la deserción del Calvario, pero con una diferencia desfavorable: «En el Calvario, siquiera, había unas Marías que lloraban y consolaban, en esos Sagrarios… ¡ni eso hay!… Yo no os pido ahora dinero para los niños pobres, ni auxilio para los enfermos, ni trabajo para los cesantes, ni consuelo para los afligidos; yo os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado, un poco de calor para esos Sagrarios tan abandonados; yo os pido por el amor de María Inmaculada, Madre de ese Hijo tan despreciado, y por el amor de ese Corazón tan mal correspondido, que os hagáis las Marías de esos Sagrarios abandonados». Había nacido la Obra de los Sagrarios-Calvarios -hoy Unión Eucarística Reparadora-, «una obra de reparacíón eucarística, para en unión de María Inmaculada y a ejemplo de las Marías del Evangelio, dar y buscar compañía a los Sagrarios abandonados, Solitarios o poco frecuentados». «Su lema es: A mayor abandono de los demás, más compañía propia. Su grito de guerra: Aunque todos…, yo no. Su anhelo incesante: Dar y buscar, organizada y permanentemente, al Corazón de Jesús sacramentado, reparación de su abandono (exterior e interior) de Misa, Comunión y Presencia real, por la compañía de presencia, compasión, imitación y confianza». Pronto miles de Marías vuelan a los Sagrarios de toda España. En Francia y Portugal resuenan los ecos de la Obra recién aparecida. En Cuba se funda ya en 1913 y enseguida florece en otras naciones hispanoamericanas.

Una obra para todos

Para todos los que entiendan de amores, claro está. Esta era la idea de don Manuel González: «Yo soñaba y sigo soñando, con una Obra que en vez de formar redil aparte de los demás rediles o agrupaciones, fuese no sólo compatible con ellas, sino portadora, restauradora y robustecedora de un espíritu intensamente eucarística en todas ellas». Sólo así: eucaristizando todos los poros de la sociedad, serán restauradas todas las cosas de Cristo.

Si «el amor a Jesús en el Santísimo Sacramento, la familiaridad con el SAGRARIO es como el termómetro del verdadero fervor espiritual» (Pablo VI, 28-5-59), esto es lo que necesita hoy el mundo: Marías y Juanes abrasados de puro amor a la Eucaristía que caldeen nuestros pueblos y nuestras ciudades «todos hielo» para el Jesús de sus Sagrarios.

Quisiéramos que al terminar esta lectura, quienquiera que sea, se encaminara hacia una iglesia, buscara el altar del Santísimo y durante unos minutos reflexionar sobre este escrito. Porque la gran verdad es que «JESUCRISTO, HOY DIA, ES LA SAGRADA EUCARISTIA». Con fe, ante el Sagrario, lo puedes lograr todo: el trabajo, la salud, la moral, la gracia de Dios, la esperanza, la armonía familiar, el acierto en tu vida. El mayor tesoro de un pueblo no son sus edificios, ni su arte, ni su dinero, es el Sagrario. Si tú no lo sabías, descúbrelo.

«TU CURSILLO DE PERFECCIÓN: LA VIDA DE MARÍA», y María penetra en nuestra vida cuando cada mañana y cada noche rezamos TRES AVEMARÍAS, con amor de hijos a Ella, la Madre Inmaculada.