padre canoLa castidad conyugal es la que regula, según el dictamen de la razón y de la fe, el placer sexual lícito en el matrimonio. El acto conyugal entre legítimos cónyuges, no solo es lícito, sino meritorio ante Dios, cuando se realiza con las debidas condiciones. Para que el acto conyugal sea lícito es necesario que se realice en forma apta para engendrar hijos, aunque de hecho no se engendre, por circunstancias independientes del acto mismo, por ejemplo en losdías infecundo de la mujer.

Cuando el propio cónyuge pide razonablemente el acto conyugal es obligatorio concederlo: “Que el marido dé a la mujer lo que es debido y de igual modo la mujer al marido. La mujer no dispone de su cuerpo, sino el marido; de igual modo, tampoco el marido dispone de su propio cuerpo, sino la mujer. No os privéis uno del otro, si no es de común acuerdo y por cierto tiempo, para dedicaros a la oración; después volved a estar juntos, no sea que Satanás os tiente por vuestra incontinencia”. (1ª Corintios 7, 3-5)

Pueden darse circunstancias que excusan la obligación de conceder el débito conyugal -el adulterio, la embriaguez, las seis semanas posteriores al parto-, de la injusta negación del acto conyugal suelen proceder grandes disgustos, adulterios y otros graves problemas.

Peca contra el derecho matrimonial el cónyuge que niega el acto sexual al cónyuge que lo pide razonablemente; o que realiza el acto conyugal de modo que se impida, por propia voluntad, el fin primario del matrimonio, que es la generación de los hijos.

Los esposos han de amarse, respetarse y santificarse. El primer efecto de ese amor es la unión indisoluble de los corazones y, por consiguiente, la inviolable fidelidad del uno al otro.

No hay nada que más asegure la mutua fidelidad que el ejercicio de la verdadera devoción, en especial la oración en común. Familia que reza unida permanece unida. El rezo del Santo Rosario mantiene unida a la familia en esta vida y en la vida eterna. La Comunión frecuente une a los cónyuges a Cristo, que les concede todas las gracias necesarias para que sean santos.

San Francisco de Sales aconsejaba: “Conservar, pues, esposos, un tierno, constante y cordial amor a vuestras esposas… si queréis que os sea fieles vuestras esposas, enseñarles la lección con vuestro ejemplo. ¿Con qué cara queréis, decía San Gregorio Nacianceno, pedir honestidad a vuestras mujeres, viviendo en deshonestidad vosotros?” – “Más vosotras, mujeres, cuya honra está inseparablemente unida con la pureza y honestidad, conservar celosamente vuestra gloria, y no permitáis que disolución alguna, sea la que fuere, amancille la blancura de vuestra reputación. Temed cualquiera invasión, por pequeña que sea; nunca permitáis que os anden alrededor los galanteos”.