Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

La Leyenda Negra en nuestros días  (4)

El arbol del odioPodríamos seguir citando textos y autores sin cuento, vertidos en todos los idiomas, desde el siglo XVI hasta nuestros días. Como las expresiones aducidas, se han escrito y se escriben otras mil. No nos resistimos, sin embargo, a presentar unas páginas del historiador Alfredo Déberle, quien, a finales del siglo pasado (1876), publicaba su Histoire de l’Amérique du Sud depuis la conquête jusqu`á nos jours, ensartando en un solo volumen cuantas calumnias y necedades habían fabricado sus predecesores en el vil oficio de desfigurar la historia católica. La lectura de su obra hace reír al más ingenuo, por lo absurdo de sus afirmaciones y la carencia absoluta de crítica histórica. Pero a nosotros nos serán útiles algunos retazos de su libro para abarcar en un único texto las principales acusaciones de la Leyenda Negra, y mostrar a qué inverosímiles exageraciones lleva la pasión y el odio religioso aun a quienes se precian, como nuestro amigo Déberle, de “desvanecer prevenciones y rectificar apreciaciones erróneas”.

“Entre nosotros, cuando se trata del Nuevo Mundo, se cree haberlo dicho todo citando a los Estados Unidos… En cuanto a las repúblicas formadas de las antiguas colonias españolas, no cuentan para nada. Incluso el nombre de más de una de ellas, nos es poco menos que desconocido. Nuestra ignorancia de las cosas de fuera corre pareja con nuestra diligencia en juzgarlas. Negamos perentoriamente el estado de relativa civilización, los esfuerzos asiduos, la constancia y hasta la capacidad de los hispanoamericanos. De ahí a considerarlos como una banda de semisalvajes, rebeldes a toda cultura, ineptos para fundar nada, turbulentos, desordenados, pendencieros, no hay más que un paso…

Ya es hora de que las prevenciones se desvanezcan, que las apreciaciones erróneas se rectifiquen (113).

(113) Admiremos la honradez científica y el alto sentido de justicia que el autor pretende en su trabajo (!).

Todo hombre de recto sentido ha de tener en cuenta las dificultades que esas repúblicas desacreditadas han tenido que vencer; se hará también cargo de los persistentes esfuerzos que estos pueblos han debido realizar, después de haber sacudido tan penosamente el yugo de la metrópoli, para despojarse del viejo espíritu colonial recibido al nacer, absorbido con la educación, extirparlo de las costumbres y de las leyes.