Padre Manuel Martínez Cano mCR.

J Y M en ti confio¡No hay que hablar del infierno! ¿Por qué? Porque nada ha llevado más almas al Cielo como hablar del infierno. San Ignacio de Loyola nos advierte que, si del amor de Dios nos olvidamos por nuestras faltas, que el temor al infierno nos impida cometer un pecado mortal. El demonio no para de tentar a los hombres con la inexistencia del infierno.

Es evidente que la existencia del infierno no es evidente. Pero evidentemente creíble. Si exigiéramos siempre pruebas intuitivas y tangibles sobre muchas cosas que creemos, nos quedaríamos sin saber casi nada, de lo que no dudamos que existen. Nadie puede saberlo todo por su propia experiencia. Hasta los científicos se fían, si, verlos ni probarlos, de muchísimos conocimientos que otros hallaron. Es absurdo decir que el infierno no existe porque nadie lo ha visto.

Los conocimientos más elementales los conocemos, no por nosotros mismos, sino porque nos lo han dicho. La mayor parte de nuestros conocimientos no los pudimos ni los podemos ver. Rechazar el infierno porque nadie lo ha visto es infantilismo. (Y sabemos que varios santos han visto el infierno). Que la razón humana no alcance una realidad, no es motivo para negarla. Nadie entiende la función clorofílica y ahí está. ¿Hay algún científico que entienda lo que es la luz?

Las realidades, realidades son, aunque nosotros no las entendamos, ni conozcamos. La realidad objetiva no puede cambiarla nuestro entendimiento. Al contrario, nuestro entendimiento debe acomodarse a la realidad de las cosas. El infierno, como otra cualquier realidad objetiva, es independiente de nuestra fe en ella o de nuestra incredulidad.

Casi todo lo que sabemos, lo sabemos porque nos lo han dicho. Nos fiamos del testimonio del que lo dice. Una vez seguro de que no engaña el que afirma la existencia del infierno, poco importa que yo lo entienda o no lo entienda. Los impíos, blasfemos, asesinos, adúlteros, ladrones… niegan las penas eternas del infierno. Es psicológico. ¡Les molesta! ¡Les asusta!

Sabemos que existe el infierno porque nos lo ha dicho Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento. Jesucristo habló frecuentemente del infierno, donde el fuego no se extingue (Mt. 9, 46); suplicio eterno (Mt. 25, 46); Allí hay tinieblas (Mt. 13, 28), aullidos y rechinar de dientes (Lc. 13, 28). En el Nuevo Testamento aparece en veintitrés ocasiones el fuego del infierno.

Dios no predestina a nadie al infierno. Para condenarse eternamente en el infierno es necesaria la aversión voluntaria a Dios que lleva consigo el cometer pecados mortales y persistir en ella hasta el final de la vida. Quién se condena lo hace por su propia y libre elección.