Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas del descubrimiento (1492-1525)  (1)

Papa Alejandro VIAlejandro VI

Alejandro VI ocupaba la Silla de San Pedro al recibirse en Roma la fausta nueva del descubrimiento de inmensas tierras al otro lado del Océano.

“Bajo su presidencia -nos recuerda León XIII -Encíclica Quarto abeunte saeculo)- se dieron gracias públicamente al providentísimo e inmortal Dios” por el gran beneficio que el feliz suceso suponía para la Iglesia y para la Humanidad.

Inmediatamente, y a petición de los príncipes a quienes la Providencia había confiado el honor y responsabilidad de patrocinar y sufragar la singular expedición, el Papa expidió su famosa Bula “lnter caetera” (3 de mayo de 1493). En virtud de estas Letras Apostólicas, el Papa hacía donación a los reyes de Castilla de todas y cada una de las tierras descubiertas y por descubrir, con el fin de que “más libre y valerosamente aceptaran el encargo de tan fundamental empresa”, a saber, “someter (al Papa) las tierras e islas predichas, y a sus habitantes y moradores, y convertirlos, con el auxilio de la divina misericordia, a la fe católica”.

Hasta aquí el texto no interesa a nuestro fin de probar el sentido misional de la conquista de América. El Papa no juzga ni puede juzgar: aún no se ha podido dar un paso misionero. Se trata únicamente de un cuasicontrato, por el que el Soberano Pontífice dona a los reyes de Castilla las naciones descubiertas, y éstos, por su parte, se comprometen a regenerarlas cristianamente, haciéndolas dóciles hijas de la Iglesia. Si los reyes de España cumplieron con este compromiso, eso es lo que nos interesa saber (133).

(133) Cuál fuera la naturaleza de la donación pontificia, y en qué fundamento jurídico se apoyaba, ha sido siempre un punto de gran discusión entre los juristas “et adhuc sub judice lis est”. Desde Vitoria -el fundador del Derecho Internacional- y Suárez, en el primer siglo de la colonización, hasta. Leturia y Montalbán en nuestros días, se ha tratado con calor la complicada cuestión. Para algunos juristas, la Bula era una adjudicación a los Reyes de Castilla de las tierras del Nuevo Mundo, ante un posible litigio con otros soberanos. Para otros, se trataba de una verdadera donación por parte del Soberano Pontífice, considerado como dueño temporal de toda la tierra con vistas a su misión espiritual. Para algunos pocos más, no era sino un simple permiso dado por el Jerarca Supremo de la Iglesia a los Soberanos de Castilla para introducir la fe católica en sus nuevos dominios. Para los más -después de Vitoria-, se trataba de un mero reconocimiento del derecho natural que tenían los descubridores de tierras salvajes, a colonizarlas y repoblarlas. No obstante, queda siempre, aun en esta solución, una oscuridad de orden teórico, pues el Papa realmente daba algo a los reyes, que compensase la obligación seria y real que éstos adquirían de trabajar por el establecimiento del cristianismo en el Nuevo Mundo. Sea lo que sea de la naturaleza de la donación, todos los juristas admiten en la práctica el verdadero derecho de aquellos Reyes a posesionarse y colonizar las nuevas tierras -derecho en algún modo emanado de la Bula de Alejandro VI-, así como su obligación de predicar el Evangelio en el Nuevo Mundo. Los monarcas españoles así lo entendieron, y estimaban gravar su conciencia si no acudían a la tarea de extender la fe en América. La Bula lnter caetera es, pues, el germen del Estado. Misionero español de los siglos posteriores.