Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Jesús MaestroEn la Transfiguración del Señor en el monte Tabor, la sombra de una nube luminosa cubrió a los tres discípulos predilectos y oyeron una voz desde la misma nube que decía: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo” (Mt 17, 5).

Jesús, el Maestro divino, nos enseña a ser santos, y el camino que lleva al Cielo. A los Apóstoles, les dice: “vosotros me llamáis ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y decís bien porque lo soy” (Jn 13, 13).

Dios Padre envío a su Hijo al mundo para enseñar la Verdad. A Pilato, le responde diciendo: “Tú lo dices: soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 31). Y a los judíos que habían creído en él, les asegura: “Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos. Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31, 32).

Jesús es Maestro por su misma naturaleza; es la Verdad encarnada; Dios hecho hombre que enseña toda la verdad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Los hombres conocemos parte de la verdad. Jesús enseña la verdad que es el mismo por naturaleza; su enseñanza es única e infalible. A los fariseos, les dice el Señor: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. (Jn 8, 12).

Jesús es la luz verdadera que disipa las tinieblas de nuestra ignorancia. Los hombres tenemos necesidad de la luz que ilumina el camino que lleva a la felicidad eterna. ¡Jesús, luz verdadera! Que te ame de verdad, con un corazón sincero.

Santa Teresa de Jesús decía: “Haced piedad Criador, de estas vuestras criaturas. Mirad que no nos entendemos, ni sabemos lo que deseamos, ni atinamos en lo que pedimos. Danos Señor, luz… Ahora, Señor, no se quiere ver. ¡Oh, qué mal tan incurable! Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia”.

Intimidad con Jesús, amistad con Jesús en la oración, en el Sagrario, en el Evangelio. Santa Teresita decía: “Hallo en el Evangelio lo que necesita mi pobrecita alma. Siempre descubro en él nuevas luces, de sentidos ocultos” (Hi 8, 21).

No nos engañemos, ni dejemos engañarnos. La confusión reinante arrastra a muchos al error, el vicio y el pecado. Solo Cristo es nuestro Maestro. Chesterton decía: “El hombre libre no es aquel que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas, pues eso no es libertad, sino debilidad mental. El hombre libre es aquel que ve los errores con la misma claridad que la verdad. Tener la mente abierta es como tener la boca abierta: un síntoma de estupidez. (Chesterton).