Obra Cultural

La Eucaristía no es una imagen o retrato

custodia (3)La Santa Misa es el sacrificio oficial y el acto de culto por excelencia de la Iglesia. Y la esencia de la Misa está en la Consagración, que transforma la substancia de pan y vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. El Señor, por tanto, está en la hostia consagrada.

En nuestros templos y hogares, en los edificios públicos, calles y plazas de pueblos y ciudades conservamos y veneramos imágenes de Cristo Crucificado, del Sagrado Corazón, de la Virgen María, de los santos … Pero ya sabemos que en aquellas imágenes no están ellos.

Esos crucifijos, por ejemplo, de madera, metal, piedra, pasta…, representan al Redentor y son una imagen, un retrato suyo. Pero allí no están su carne, ni su sangre, ni sus huesos… Lo mismo digamos de una estatua de la Virgen. Ahora, el cuerpo, sangre y alma de María están en el cielo. Ella murió, como todos los hijos de Adán. Pero su carne virginal no conoció la corrupción del sepulcro. Resucitó también y fue llevada al cielo. Solamente está allí, y no están en esa imagen de la Virgen que veneras en tu casa, ya sea de madera, metal, pasta…, pero no de carne y hueso.

En tu hogar hay una estatua, un busto o una fotografía tuya. Tú no estás allí; estás ahora aquí con tu carne y sangre, con tus huesos… Allí está tu imagen, tu retrato, que puede ser de madera, de yeso, de cartón o papel.

Todo lo contrario: La Eucaristía no es una imagen o retrato, ni una representación de Jesucristo, sino Jesucristo en realidad. Una hostia consagrada no es de pan, sino de carne y hueso: bien podemos decir así. Porque bajo aquellos acciden­tes, especies o apariencias, que son de pan, no subsiste otra entidad substancial sino el cuerpo, sangre, alma y divinidad de Jesucristo, que están verdadera, real y substancialmente lo mismo en el cielo que en cualquier otra parte donde exista una hostia o un poco de vino consagrados.

El pan y el vino, convertidos en nuestra carne y sangre

Pero no solamente por la analogía de nuestra fe se armonizan todos los demás dogmas y creencias cristianas, sino que, al compararlos con otras verdades conocidas por la luz natural de nuestro entendimiento; se nos hacen más razonables; aunque el misterio queda en pie, inasequible siempre a la razón humana.

Por ejemplo, nosotros nos alimentamos con pan. Al poco tiempo convertimos ese pan en nuestra propia substancia. ¿De dónde vienen estos músculos y estos huesos y esta sangre sino de alimentos que ya ingiero? Y uno de estos alimentos es el pan, que así se convierte en carne.

Y de los alimentos contenidos en el vino que nosotros tomamos, indudablemente se formará nuestra sangre.

No sólo átomos y moléculas, sino los cloruros, fosfatos, sulfatos y aun compuestos más complicados de química orgánica que había en el pan y en el vino, pasan a formar parte de nuestra carne y sangre. Se convierten en eso mediante una verdadera transformación de substancias o transubstancias, aunque no debemos usar esta palabra, porque la hemos reservado para esa conversión substancial singular y única que deja intactos todos los accidentes, como es la Eucaristía.

El Señor transubstanciaba el pan y el vino

Del mismo modo, cuando nuestro Señor Jesucristo se alimentaba en este mundo, el pan y el vino tomados por Él se convertían en su cuerpo, en su carne, en su sangre, en sus huesos. Naturalmente para estas transformaciones necesitamos tiempo, y un metabolismo orgánico complicado y misterioso.

Pero si Dios con su omnipotencia quiere prescindir del tiempo, y otorga palabras, que dice el sacerdote en la Misa, esa virtud vinculada a las fuerzas del organismo humano que cambian el pan y el vino en nuestra propia substancia, ¿por qué no va a poder transformarlos en el cuerpo y sangre de Cristo?

Que sea capaz de eso y de mucho más la omnipotencia divina es evidente para el que cree en Dios. Que lo quiera y lo haya determinado así es evidentemente creíble para el que admita la revelación contenida en la Sagrada Escritura y en la tradición apostólica depositada en la Iglesia.

La reduplicación del cuerpo de Cristo

Otro misterio que aquí se encierra es la reduplicación o multiplicidad de presencia. Existen hostias consagradas en los templos de la tierra. Él está en Roma, y en tantos sitios cuantos templos con reservado hay en Roma; y en Jerusalén, en la iglesia de mi pueblo y en muchísimas otras partes. ¿Hay muchos Jesucristos? No. Hay uno solo. Un sólo cuerpo de Cristo, una sola cabeza, un solo Corazón de Jesús, que está presente en todas y en cada una de las hostias y en el vino consagrados. Él no multiplica su entidad, que sigue siendo una y única, sino un accidente modal que se llama su presencia, y es extraordinariamente múltiple; como en nosotros, si Dios por milagro quisiera reduplicamos. Para nuestro entendimiento, regido por los cánones espaciales de la naturaleza y encerrado en sus límites, esto es un misterio. Pero, ¿no vemos algo parecido en los fenómenos cosmológicos descubiertos por la ciencia?

Una reduplicación diaria y natural

El hombre, a través de la radio, deja oír su voz en todas las partes del mundo; y en muchísimas, muestra su imagen, por medio de la televisión. Y en otros tantos sitios captamos voz e imagen con aparatos receptores. No hay sino un locutor que habla y una sola es su voz y su imagen. Pero la presenta en muchísimas partes. Así también, no hay sino un solo cuerpo de Cristo. Mas por medio de las palabras de la Consagración, como si fueran una verdadera emisora, lo hace presente donde quiera que haya una hostia o vino consagrados. Si el hombre tiene el poder de multiplicar así su voz y su imagen, no neguemos a la omnipotencia de Dios el de colocar o hacer presente bajo las especies consagradas, dondequiera que estén, el cuerpo y la sangre de Cristo.

«La gran síntesis»

La Presencia real de Jesucristo es el corazón del cristianismo. Es -en frase del obispo don Manuel González- su GRAN SINTESIS. Porque «la Eucaristía Misa, Comunión y Presencia real, es todo el cristianismo, es el principio, fin y razón de sus dogmas, de sus sacrificios y de sus virtudes, de sus bellezas y de sus milagros». Es el gran «invento» de Dios, en el que su poder y bondad infinitos se aunaron para probar al hombre hasta qué extremo Dios lo ama. En el Sacrificio de la Misa Jesús multiplica y prolonga a través del tiempo y del espacio el prodigio de la Encarnación y de la Redención. En la Comunión, bien recibida y agradecida, nacen santos pensamientos, generosos afectos, valientes compromisos y empresas audaces, todo el maravilloso compendio de las Bienaventuranzas. Al pie del Sagrario aprendemos la ciencia de Dios, a amar como Dios nos ama, a sentir con su Corazón, a ver con sus ojos, a caminar y actuar impulsados por ardores divinos. En una palabra, la Eucaristía nos configura con Cristo. Y es vínculo de unión entre todos los cristianos. Con esta certeza, ¿podremos llamar «obligación pesada» a la Santa Misa? ¿Dejar porque sí de recibir la Comunión? ¿Pasar de largo, indiferentes, ante un Sagrario?

«¡OH MARÍA!, SI PONGO MI CONFIANZA EN VOS, ME SALVARÉ», dice San Juan Damasceno. Una manera de confiar de verdad en la Virgen es rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS. ¡Estos no se perderán!