José Luís Orella

Placa de inaguración de Franco de pantanoLa aparición de los tecnócratas en la década de los sesenta, en España, fue un periodo de fuerte crecimiento económico, que llegó a denominarse como el “milagro español” y restauró al país a una posición de potencia media. La España imperial que había dominado los océanos durante los siglos XVI y XVII, y había mantenido su categoría de potencia en el siglo XVIII, perdió su referente durante un convulso siglo XIX que hundió España en confrontaciones civiles, que culminaron en la Guerra Civil de 1936. Una España, entonces, que proyectaba una imagen de atraso, hambre, pandereta y arcaicas reivindicaciones sociales. Sin embargo, la década de los sesenta, tendría el protagonismo de sustituir esa imagen subdesarrollada de España, por otra moderna, donde el país se intentaba codear con sus equivalentes de occidente, resurgidos con opulencia, de una difícil postguerra, en plena guerra fría. La incorporación a la primera línea de la política activa de Alberto Ullastres, Laureano López Rodó y Mariano Navarro, miembros entonces del instituto secular del Opus Dei, creó el interés de saber si se incorporaba una nueva familia al Movimiento. Para el general Franco y el almirante Carrero Blanco, la pertenencia al Opus Dei de algunos de sus colaboradores sirvió para asegurarles que tenían una buena formación católica y un alto nivel de profesionalidad. Estos nuevos miembros del gobierno, que no pertenecían a ninguna de las familias tradicionales de la derecha, empezaron a ser denominados tecnócratas, al haber sido seleccionados por su formación académica, y no estar adscritos a uno de los grupos primigenios del Movimiento nacional.

La fecha de 1964 fue la puesta de largo del nuevo equipo gubernamental, la ocasión la presentaba las celebraciones por los “25 años de Paz”. La España aislada después del final de la Segunda Guerra Mundial, y el régimen espartano de autarquía, eran un recuerdo. En plena Guerra Fría, España había firmado un Convenio Militar con Estados Unidos y el Concordato con la Santa Sede y, dos años más tarde, España ingresaba en la ONU. Tras un duro Plan de Estabilización establecido por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), los primeros técnicos llamados a formar parte del gobierno de 1957, iniciaron una serie de medidas que tuvieron como objetivo la liberalización de la economía, el recorte del gasto público, abrir la economía española al comercio internacional, y devaluar la moneda. La consecuencia fue, a partir de 1961, el inicio desenfrenado del desarrollo económico español.

El Banco Mundial y la OCDE aconsejaron a España que con una reserva de 1.000 millones de dólares podía pasar de la fase de Estabilización a la de Expansión. España, desde 1962 hasta 1965 crecería a un ritmo de 8-9 % del PNB. El turismo se fue transformando en la principal industria del país, traía divisas al país, y convertía la costa mediterránea en el objetivo de las constructoras. En 1949, España había tenido 1 millón de turistas; en 1960, se multiplicarían a 6 millones; y en 1970, serían 32 millones de turistas. Los ingresos en divisas obtenidos por el turismo compensarían con creces la balanza de pagos. España gastaba en importar bienes de equipo y modernizar con nueva tecnología la incipiente industria.

La producción de acero pasó de 1.823 millones de toneladas en 1959, a 11.136 millones en 1975; el cemento pasó de 10.577 millones de toneladas a 47.168, por la política de incentivo de la vivienda oficial; la de cinc, de 21.200 toneladas en 1950, a 45.000 diez años después. El incremento industrial demandó numerosa mano de obra que solventó sacándola del campo, donde se impuso la necesidad de mecanizar las labores de roturación, siembra y recolección. El paro se vio reducido a cien mil personas y la mujer hubo de entrar a trabajar, representando un 25 % de la mano de obra total. La necesidad de energía fue suplida por la construcción masiva de centrales hidroeléctricas que aprovechaban el agua embalsada en los numerosos pantanos inaugurados por Franco. La producción eléctrica pasó de 6.853 kilowatios/hora en 1950, a 18.600 en 1960.

España otorgaba ayudas a otros países, en el curso de 1964-65, más de 500 millones de pesetas se gastaron en becas a favor de estudiantes hispanoamericanos y árabes para que estudiasen en las universidades españolas. Estos estudiantes ocuparían más tarde puestos de relieve político, militar y económico en sus respectivos países.

Según Gonzalo Fernández de la Mora, ministro y principal teórico de los denominados tecnócratas: “El desarrollo económico dignifica al hombre, innumerables efectos secundarios, concentra la atención utilitaria de las masas en el trabajo productivo, despegándolas de la batalla política. Simultáneamente, aumenta la cifra de propietarios y el grado social de responsabilidad y de estabilidad; aburguesa a los proletarios y a las aristocracias; es decir, homogeneiza las clases y, consecuentemente, sus intereses, con lo que se solidarizan los grupos, se aproximan los programas y se supera la polaridad de las reivindicaciones. Todo ello apresura la agonía de las ideologías. Además, la elevación del nivel medio de vida coincide en todas las latitudes con una disminución del analfabetismo, un incremento de la escolaridad, una intelectualización de las actividades y una elevación general de la capacidad media de raciocinio. Pero cuando aumenta el grado de racionalidad disminuyen el pasional, el instintivo y el mágico. Decrecen la ingenuidad, la urgencia de consignas, y la docilidad mental; se desarrollan el sentido crítico, el espíritu de especialización y los conocimientos. Conclusión: el clima se torna amenazadoramente hostil a la proliferación de las ideologías”.

(AFÁN)