Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (7)

Espíritu misionero de los descubridores y conquistadores

“Era la hora de Dios, cuando en la cota más alta de la nave campeaba siempre una cruz, y cuando junto al descubridor no faltaba nunca el misionero”.

(Pío XII, 17-XI-1955.)

“El español, hasta el aventurero, llevaba a Jesucristo en el fondo de su alma y en la medula de su vida, y era por naturaleza un apóstol de su fe”.

(Cardenal Gomá, 12-X-1934.)

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Enviados a América por los reyes para posesionarse del Nuevo Mundo, con título de Piloto Mayor, Adelantado, Capitán general, Gobernador, etc., los descubridores y conquistadores realizaron el ensueño apostólico de sus monarcas.

Es, por de pronto, un hecho indiscutible que aquellos célebres capitanes y soldados, que pasaban a explorar y conquistar las Indias, lo primero que hacían al pisar tierras desconocidas era plantar la cruz. También es conocido de todos su común afán de bautizar las nuevas tierras con nombres religiosos, lo cual daría ya por sí solo a la conquista de América un marcado tinte espiritual. Pero, además, es cierto que muchos de ellos se proponían, ante todo, en sus expediciones abrir nuevos campos a la luz del Evangelio. Y, finalmente, todos, cualquiera que fuese el estado de pureza de su alma, deseaban sinceramente la conversión de los pueblos indígenas a nuestra santa fe católica. Gente de recios principios religiosos y de sólida piedad tomaron a pechos el sembrar en América las primeras semillas del Evangelio. Y Dios bendijo su piadoso anhelo con una lluvia de gracias, presagio de la copiosa recolección.

Muchísimas son las noticias que nos han llegado sobre el temple cristiano de aquellos campeones que abrieron la puerta de los imperios de ultramar para que pasase tras ellos la Cruz de Cristo. Los mismos contemporáneos nos han dejado pintado en sus cartas y relaciones el carácter misionero de los conquistadores. Así, un fraile franciscano, gran apóstol de los aztecas, que conoció personalmente a Hernán Cortés, escribe al emperador Carlos V, después de la muerte del conquistador de Méjico:

Fray Toribio De Benavente“Aunque como hombre fuese pecador, tenía fe y obras. de buen cristiano, y muy gran deseo de emplear la vida y hacienda por ampliar la fe de Jesucristo y morir por la conversión de estos gentiles; y en esto hablaba con mucho espíritu, como aquel a quien Dios había dado este don y deseo, y le había puesto por singular capitán de esta tierra de Occidente… Desde que entró en esta Nueva España trabajó mucho para dar a entender a los indios el conocimiento de un Dios verdadero, y de les hacer predicar el santo Evangelio; y les decía cómo era mensajero de V. M.; mientras en esta tierra anduvo cada día trabajaba de oír misa, ayunaba los ayunos de la Iglesia y otros días por devoción. Depárale Dios en esta tierra dos intérpretes: un español, que se llamaba Aguilar, y una india, que se llamó doña Marina; con estos dos predicaba a los indios y les daba a entender quién era Dios y quiénes eran sus ídolos, y así destruía los ídolos y cuanta idolatría podía. Trabajó de decir verdad y de ser hombre de su palabra, lo cual aprovechó mucho a los indios; traía por bandera una cruz colorada en campo negro, en medio de unos fuegos azules y blancos, y la letra decía: “Amigos, sigamos la Cruz de Cristo, que, si en nos hubiere fe, en esta señal venceremos”. Dondequiera que llegaba, luego levantaba la Cruz. Cosa maravillosa del esfuerzo y ánimo y prudencia que Dios le dio en todas las cosas que en esta tierra emprendió, y muy de notar es la osadía y fuerza que Dios le dio para destruir y derribar los ídolos principales de México, que eran unas estatuas de más de quince pies en alto; y armado de mucho peso de armas, tomó una barra de hierro, y se levantaba tan alto hasta llegar a dar en los ojos y en la cabeza de los ídolos; y estando para derribarlos, envióle a decir el gran señor de México, Moctezuma, que no se atreviera a tocar sus dioses, porque a él y a todos los cristianos mataría luego; entonces el Capitán se volvió a sus compañeros con mucho espíritu, y medio llorando les dijo: “Hermanos, de cuánto hacemos por nuestras vidas e intereses; ahora muramos aquí por la honra de Dios y porque los demonios no sean adorados”. Y respondió a los mensajeros que deseaba poner la vida, y que no cesaría de lo comenzado, y que aquéllos no eran dioses, sino piedras y figuras del demonio, y que viniesen luego; no siendo con el gobernador, sino ciento treinta cristianos, y los indios eran sin número; así los atemorizó Dios y el ánimo que vieron en su Capitán, que no se osaron menear. Destruidos los ídolos, puso allí la imagen de Nuestra Señora.

Aquel tiempo faltaba agua y secábanse los maizales; y trayendo los indios muchas cañas de maíz que se secaban, dijeron al Capitán que si no llovía que todos perecerían de hambre. Entonces el Marqués les dio confianza, diciendo que ellos rogarían a Dios y a Santa María para que les diese agua; y a todos sus compañeros rogó que todos se aparejasen y aquella noche se confesasen a Dios y le demandasen su misericordia y gracia; al otro día salieron en procesión, y en la misa se comulgó el Capitán; y como estuviese el Cielo sereno, súpito vino tanta agua, que antes que llegasen a los aposentos, que no estaban muy lejos, ya iban todos hechos agua. Esto fue grande edificación y predicación a los indios.

Siempre que el Capitán tenía lugar, después de haber dado a los indios noticia de Dios, les decía que lo tuviesen por amigo, como a mensajero de un gran rey, y en cuyo nombre venía, y que de su parte les prometía serían amados y bien tratados, porque era grande amigo del Dios que les predicaba… Amonestaba y rogaba mucho a sus compañeros que no tocasen a los indios ni a sus cosas, y estando toda la tierra llena de maizales, apenas había español que osase coger una mazorca, y porque un español, llamado Juan Polanco, cerca del puerto entró en casa de un indio y tomó cierta ropa, le mandó dar cien azotes, y a otro llamado Mora, porque tomó una gallina a indios de paz, le mandó ahorcar, y si Pedro de Alvarado (lugarteniente de Hernán Cortes) no le cortase la soga, allí quedara y acabara su vida. No quería que nadie tocase a los indios ni los cargase so pena de cuarenta pesos… Por este Capitán nos abrió Dios la puerta para predicar su Santo Evangelio; y éste puso a los indios que tuviesen reverencia a los Santos Sacramentos, y a los ministros de la Iglesia en acatamiento; por esto me he alargado, ya que es difunto, para defender en algo su vida. La gracia del Espíritu Santo more siempre en el ánimo de V. M. Amén.

De Tlaxcala (Méjico), 2 de enero 1555 años: humilde siervo y mínimo capellán de V. M., Motolinia” (172).

(172) Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento de las antiguas posesiones de América y Filipinas, t. XX, pág. 213. Motolinia, nombre indio de Fray Toribio De Benavente, gran misionero de Méjico, que llegó a bautizar por su mano, según Mendieta, más de 400.000 indios.