Ildefonso Rodríguez Villar
Puntos breves de meditación
sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgica
de la Santísima Virgen María
26ª edición, Valladolid, 1965

Santa María Madre de DiosEn el año 1931, el Papa Pío XI, al celebrar el décimoquinto aniversario de la proclamación dogmática de la divina maternidad de María hecha en el Concilio de Éfeso contra Nestorio y sus secuaces, determinó que esta fiesta de la Divina Maternidad se celebrara en todo el orbe católico con gran solemnidad el día 11 de octubre. —Con este motivo se compuso un precioso Oficio Litúrgico, del que tomamos las siguientes ideas que vamos a meditar.

Alegría universal. —Así quiere la Iglesia que se celebre esta fiesta…, con alegría, universal… porque esta Maternidad Divina ha traído el gozo verdadero a toda la creación. Y así es…, gozo infinito y eterno en el mismo Cielo…, ya que por esta maternidad, María es lo que es. —Toda su dignidad y grandeza brotan de ella…, si en cierto modo María al ser Madre de Dios parece que deja de ser una pura criatura… y aunque no se convierte en una divinidad,.., pero adquiere tales relaciones con Dios… que casi se sale de la esfera de lo creado para meterse en la región de lo infinito.

Esto es lo que la Iglesia misma reconoce prácticamente al tributar a María un culto especial…, el culto de hiperdulía…, distinto, es cierto, del de latría que se debe a solo Dios…, poro también elevado y separado del culto ordinario, que se reserva a los demás Santos.—Ella sola, aparte, porque Ella sola es la Madre de Dios.—Mira, pues, el gozo y la alegría que eternamente producirá en todo el cielo…, en el mismo Dios…, en la Santísima Virgen…, en todos los Ángeles y bienaventurados… Párate a imaginar como puedas esta alegría de la Iglesia.

Y la de la tierra, ¿no debe ser mayor…? Esta Maternidad, sigue diciendo la Iglesia, anunció el gozo verdadero a todo el mundo…, porque de ella brotó el Sol de justicia, Cristo nuestro Señor… Sin María…, sin su Maternidad Divina…, no habría razón ni fundamento para el gozo ni la alegría en esta tierra miserable…, sería sólo un mar de lágrimas…, un valle de amarguras…, un erial lleno de espinas y abrojos.—Si cambia totalmente la faz de la tierra, es por ese Sol que la alegra y que brotó como fruto riquísimo de esa Maternidad de la Santísima Virgen.—Mira, pues, con cuánta razón podemos decir que es María la «Causa de nuestra alegría»…, pero fíjate que esta causa es solamente por esta Maternidad.

Su excelencia. —San Bernardo, en las lecciones del tercer Nocturno, se detiene a profundizar en lo excelsa que es la Virgen por ser Madre de Dios. —¿Qué Ángel, dice él, por muy elevado que sea, se atreverá a llamar con el nombre de hijo a Dios?… Si los Ángeles se dan por muy contentos con ser los espíritus puestos al servicio del Señor… y nada más…, ¿cómo se va a comparar ninguno… ni todos juntos con aquélla que al Dios y Señor del Cielo le llama con toda verdad hijo suyo?… Y sigue diciendo: Por tanto, si es hijo, a su madre estará sometido…, a su madre obedecerá como lo hacen los buenos hijos… y así es, aunque parezca mentira, que Aquel a quien obedecen temblando los ángeles… esté sujeto y sometido a obediencia a su Madre. —¿Qué admiraremos aquí más…, la dignación del Hijo o la excelsitud de la Madre?… Por ambas partes el estupor y el milagro inaudito… ¡¡¡Dios obedeciendo a una mujer!!! No hay humildad como ésta… ¡¡¡Una mujer elevada sobre el mismo Dios!!! No hay sublimación comparable con ella… Si para todas las Vírgenes habrá una excelsitud especial en el Cielo…, ¿cuál será la reservada a la que va delante de todas…, a la Virgen de las Vírgenes?…

Admirable conjunto. —Es el que según San Bernardo se da en este grandioso misterio…, con-junto de humildad…, de virginidad…, de fecundidad. —Una virginidad singular…, única…, no reñida, sin embargo, sino unida íntimamente a otra singularísima… y también única fecundidad… Y uniendo a ambas… o como el fundamento de las mismas, una humildad también singular…, también única. —Y todo esto es la Maternidad de María.

Detente muy despacio a considerar cada uno de los elementos de este bellísimo conjunto…: aquella virginidad que el Señor exige en la que ha de ser su Madre…, el amor de María a esta virtud que tantas veces has considerado ya…, el modelo que en esta virtud ha servido a tantas almas que por María y con María han conocido… y se han enamorado de esta virtud. —¿Quién más Virgen que María?… Y no obstante, ¿quién más fecunda que Ella?… ¿’Quién más Madre que la Virgen?… Y a la vez, ¿quién más humilde que esta Virgencita que ‘ es elevada a esta dignidad tan excelsa… y que Ella la recibe con tanta humildad?… Dime sigue diciendo el santo, ¿qué crees que es más digno de admiración en este tan admirable conjunto…, la estupenda fecundidad de esta Madre…, la integridad de esta Virgen…, la sublimidad de su prole… o la humildad que se junta con tanta sublimidad?… Cada una de estas cosas era suficiente para que no cesáramos de admirarla…—Pues ¿qué será el conjunto de todas ellas?…

Por tanto, si Dios es admirable en todos sus actos, ¿qué será en su Madre, donde se dan cita todas las virtudes y todas las grandezas y sublimidades de la santidad?… Abísmate ante esta figura de María Madre de Dios… Gózate y alégrate en ella…, dala la enhorabuena y dásela a toda la creación, pues toda ella participa de los frutos de esta Divina Maternidad.

Tu imitación. —También en este misterio puedes sacar motivos de imitación a la Virgen. —A la vista de ese conjunto que acabas de meditar piensa si tú deseas ser y tener en tu alma un conjunto que se asemeje a ese de María… ¿Qué conjunto hay en ti de humildad…, de pureza y castidad…, de fecundidad en obras de perfección y santidad?… ¿Te das cuenta de que en ti también esta fecundidad ha de depender de aquel conjunto…, esto es, qué no darás frutos de virtud y santidad si no adquieres antes una pureza delicada y exquisita?…

Suplica a la Santísima Virgen que te dé la gracia especial en este día, al celebrar con tanto gozo su Maternidad excelsa…, de imitarla en esas virtudes en las que tú también llegues a engendrar espiritualmente en tu corazón, a Aquel que sólo se goza en nacer…, vivir y morar en las almas humildes…, puras y castas.