Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Cátedra de San Pedro - 1Sabemos que la única iglesia fundada por nuestro Señor Jesucristo es la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. La Iglesia Católica es el lugar del encuentro de los hombres con Dios; proyecto visible del amor de Dios a la humanidad; el Cuerpo Místico de Cristo. Su Ley es el nuevo mandamiento de Jesús amaros los unos a los otros como Yo os amo; su misión es ser la sal y luz del mundo para salvación eterna del género humano.

En la Iglesia se realiza la unión de los hombres con Dios por medio de la virtud de la caridad… La Revelación divina expresa clarísimamente la voluntad de Dios de formarse un pueblo que le ame, le sirva y le rinda culto; este pueblo, en el Antiguo Testamento, es Israel; en el Nuevo Testamento es la Iglesia, fundada por Nuestro Señor Jesucristo.

La Sagrada Escritura, la Tradición divina y la Iglesia Católica están tan estrechamente unidas que no puede existir una sin las otras dos.

La Iglesia fundada por Jesucristo es una sociedad religiosa formada por obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y seglares, bajo la autoridad soberana del Papa.

La unión moral de la Iglesia de Cristo está fundada en la profesión de la misma fe y moral, en la participación en los mismos ritos sagrados y sacramentos y, sobre todo, en la obediencia a la misma autoridad jerárquica, el Papa.

La Iglesia Católica, por su fundador, por su Espíritu, por su organización y por sus elementos constitutivos es una sociedad esencial y principalmente divina.

La Iglesia Católica, por sus miembros, que somos todos los bautizados, es una sociedad humana.

Dios habló a su pueblo. Con la elección de Abraham, aparece clara la intención de Dios de fundar un pueblo que será el depositario de sus grandes promesas y con el que establecerá una alianza perpetua. De la descendencia de Abraham saldrá Aquél (Jesús) en quien serán benditas todas las generaciones.

El Pueblo de Dios se organizó en una unidad jurídica y espiritual bajo la dirección de Moisés, con quién se establece el pacto de la Alianza entre Dios y su pueblo. Moisés recibió la palabra del Señor y su Ley en el monte Sinaí.

Con el rey David el Pueblo de Dios se constituyó en reino, un reino en el cual el trono de David no tendrá fin.

Los profetas anunciaron que el Pueblo de Dios había de ser universal, único, espiritual, temporal y eterno; en el que el Mesías prometido sería sacerdote, maestro y rey.

El Mesías prometido (Nuestro Señor Jesucristo) reunió y preparó numerosos discípulos de los que eligió doce para que fueran sus Apóstoles y fundamento de su Iglesia como nuevo Pueblo de Dios. Los hizo representantes suyos y les dio autoridad jerárquica en su Iglesia.

Jesús confió a los apóstoles la revelación divina y la predicación de su doctrina y les encomendó la administración de los sacramentos.

De entre los doce Apóstoles, Jesús eligió a San Pedro como cabeza y jefe de todos ellos, le hizo Vicario suyo y Pastor supremo de toda la Iglesia.

Fundada y organizada la Iglesia como nuevo Pueblo de Dios, fue solemnemente inaugurada en Jerusalén el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo vino de manera extraordinaria sobre los Apóstoles, como leemos en los Hechos de los Apóstoles.

Para poder llevar a cabo su misión divina, Jesús, entregó a su Iglesia tres poderes: enseñar, santificar y gobernar. Estos poderes fueron ejercidos por los Apóstoles y sus sucesores desde el origen de la Iglesia.

La misión de enseñar la entregó Jesús a su Iglesia para protegerla de las desviaciones y garantizarle la seguridad de profesar sin error la auténtica fe. El Magisterio de la Iglesia vela para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad divina y eterna.

La Iglesia ejerce la misión de enseñar por medio de su Magisterio ordinario y extraordinario.

La Iglesia santifica a sus fieles con la oración y el culto litúrgico, la administración de los sacramentos, la dirección espiritual, etc…

La Iglesia gobierna a sus fieles por medio de los obispos, párrocos y vicarios en sus diócesis, bajo la autoridad suprema del Papa.