Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (8)

Espíritu misionero de los descubridores y conquistadores

Cristobal Colón - CarabelasPor lo demás el poder real, celoso del futuro espiritual de sus nuevos dominios, no encomendaba las expediciones de exploración y de conquista sino a personas de confianza. En este sentido, las Leyes de Indias prescriben: “Las personas a quienes se hubieren de encargar nuevos descubrimientos, sean aprobadas en cristiandad, buena conciencia, celosas y de la honra de Dios y servicio nuestro, amadoras de la paz y deseosas de la conversión de los indios”.

Hermoso recuerdo dedica Pío XII a algunos de aquellos heroicos navegantes y conquistadores.

El gran Almirante y primer descubridor, Cristóbal Colón, abre la serie. De sus afanes por llevar la fe a nuevos pueblos —afanes que no eran más que el primer arranque del celo que iba a desplegar toda una nación, arrojándose al inmenso mar en busca de las almas—da testimonio el Santo Padre:

“Entre los devoradores del espacio, los unos, misioneros y exploradores, estaban movidos por un irresistible espíritu de conquista: conquista de almas para hacerlas herederas del Reino de Dios; conquista de naciones para extender este Reino hasta los extremos de la tierra. ¿Es necesario recordar los viajes heroicos de San Pablo y de San Francisco Javier; los de Colón, de Vasco de Gama, de Champlain, ansiosos de llevar a los pueblos no iluminados aún por la luz del Evangelio los beneficios de la civilización cristiana?”.

(Discurso a las delegaciones italianas del turismo, 30-III-1952.)

Pío XII no hablaba a la ligera. La historia ha probado ampliamente el intento principalmente apostólico del gran navegante al emprender su arriesgada travesía. El mismo Colón nos ha dejado rasgos no dudosos de su profundo cristianismo, que influyó en toda su genial obra de descubridor, dándole un cariz inconfundible de misión evangélica. Así, por ejemplo, al llegar Colón en forzoso arribo a Lisboa, después de su primer viaje, escribe a Rafael Sánchez, tesorero de los Reyes Católicos:

“Celébrense procesiones, háganse fiestas solemnes, llénense los templos de ramos y flores, gócese Cristo en la tierra cual se regocija en los cielos, al ver la próxima salvación de tantos pueblos entregados hasta ahora a la perdición”.