Obra Cultural

San Juan de ÁvilaUna cosa he deseado, no sé si por ser esta ciudad tan grande se podría hacer, mas no se pierde nada en decirlo. Muchos muchachitos de diez y más años se quedan ordinariamente sin oír Misa los domingos y fiestas, y se están jugando o haciendo otros peores recaudos, y como tengan edad para ser obligados al precepto de la Iglesia, que manda oír Misa, es cosa de lástima verse cometer tantos pecados mortales públicamente. Decir a sus padres que los lleven a Misa es por demás, de ahí que quedan con indevoción cuando grandes, y dispuestos para hacer otros muchos pecados. Sería cosa conveniente que los llevasen los maestros de las escuelas a oír Misa, de algún sacerdote diputado para ellos, el cual les hiciese una plática de buenas costumbres, con algún buen ejemplo, y cómo se ha de oír Misa y lo que se ha de rezar. Y para ello era menester encomendar a los padres de los hijos que aprenden en la escuela, que los enviasen a dicha escuela para cumplir el «Mandamiento de Dios», pues los envían de entre semana para que sepan leer y escribir.

San Juan de Ávila

Reflexionemos un poco

Este párrafo del gran santo manchego, que tanto celo demostró toda su vida por la salvación de las almas, nos da la clave de la importancia que daba al hecho de que los niños y adolescentes, «los muchachos», pudieran oír la Palabra de Dios en la Santa Misa, para que, cuando mayores, no quedasen «con indevoción» y «dispuestos para hacer otros muchos pecados.»

Estos conceptos son actualísimos hoy, en que vemos tan pocos niños asistir a la Santa Misa y tantos adolescentes y jóvenes en la ciénaga de la inmoralidad y las drogas, o a punto de caer en ella.

¡Cómo deberían inducir a reflexión las palabras del Maestro Ávila a los padres de hoy, que con todo y tenerse por cristianos, no dan demasiada importancia a la obligación que tenernos todos, como hijos de la Iglesia, de oír Misa los domingos y fiestas de precepto, y de la responsabilidad en que incurren si no acostumbran a sus hijos a cumplir con esta práctica!

¡Cuántas lágrimas de impotencia y de desesperación se hubieran podido ahorrar si a muchos jóvenes de hoy en día, rockeros, sin modales, matones e insolentes, que ponen la nota discordante entre la pobre gente pacífica, cuando tenían «diez y más años» -como dice el Padre Ávila- alguien les hubiera inclinado a cumplir con el mandamiento de oír Misa, en vez de decirles que, si no les apetecía, mejor era no asistir! ¡Y cuántos que desdichadamente andan hoy con la metralleta y la goma-dos en las manos asesinando a mansalva, hubieran podido ser hombres de provecho si en su adolescencia alguien le hubiera guiado a la iglesia a escuchar la Palabra de Dios en vez de envenenarlos con doctrinas deletéreas!

Aquilatar valores

El mensaje de los santos siempre es actual, si se sabe interpretar bien a la luz de lo sobrenatural. El Padre Ávila, que tanto conocía la Sagrada Escritura, que decía a sus sacerdotes que el Nuevo Testamento «sería bien sabello de coro», que preparaba sus sermones por la noche, abrazado a los pies de un Crucifijo, aquilataba el valor de la Palabra de Dios y el perjuicio que se sigue a las almas de no saberla. Él, que tan sobriamente vivía, alimentándose de granadas y alguna otra fruta, sabía el alimento espiritual que perdían las almas de los que no asistían a Misa los domingos y fiestas. Por eso enseñaba a los padres que, ya que entre semana los mandan a la escuela «para que sepan leer y escribir», también los enviasen a cumplir el «Mandamiento de Dios» oyendo la Santa Misa.

San Juan de Ávila se maravillaba de la dignación de Dios; y le decía a Fray Luis de León que «no se desprecia de hablar, siendo Dios, por una lengua de carne». Y consideraba unidas la verdadera predicación de la Palabra con la Cruz de Cristo y escribía: «Y pues en nuestra Cabeza primero hubo pasión que resurrección, no deben los miembros huir pasar por la ley que la Cabeza pasó». A un amigo sacerdote le escribe: «¡Oh, padre, si de verdad nos quemase las entrañas el celo de la Casa de Dios!» Y se dolía: «Si los enseñadores son tibios, pegan su tibieza a los otros y aun les apagan el fervor». «¡Oh Iglesia cristiana, -escribe- cuán caro te cuesta la falta de aquestos tales enseñadores, pues por esta causa está tu faz tan desfigurada!»

Valor inmenso de la Palabra de Dios

Y anima siempre a sus predicadores a que consideren el valor inmenso del bien que puede hacer la Palabra de Dios a los hombres. Dice a otro sacerdote: «El ejercicio de predicar hade ser muy contiguo; que, pues los lobos no cesan de morder y matar, no debe el prelado dormir ni callar». «Sudores de muerte se han de pasar algunas veces en los negocios de Dios». Y en el lecho de agonía, para corroborarlo, exclama como un eco de aquel otro español, místico medieval «foll d’amor» Ramón Llull: «Señor, crezca el dolor y crezca el amor, que yo me deleito en padecer».

El Apóstol de Andalucía

Este Santo de Almodóvar del Campo, que inflamado de amor de Dios, quería pasar a las Indias a predicar la Palabra de Cristo a los indígenas mejicanos, por designio divino se convierte en «el Apóstol de Andalucía», que recorre de parte a parte, fundando Colegios y Escuelas, organizando misiones y movimientos sacerdotales, cofundando Universidades como la de Granada y la de Baeza; manteniendo correspondencia y relación con todos los grandes santos de aquella España en cuyo Imperio no se ponía el sol, que era señora del Mundo porque era sierva fiel de Dios.

Al pensar en su condición de sacerdote, le aterrorizaba su responsabilidad «que haría temblar a los mismos ángeles» según decía. Continuamente meditaba en el misterio de la Santa Misa y aun en sueños se deleitaba en la inmensa gracia que concede el Señor a los sacerdotes, de perdonar los pecados, predicar la Palabra de Dios. Y realizar el misterio inconmensurable de convertir lo que primero era pan y era vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. No es de extrañar que, poseído de la grandeza de la Santa Misa y su valor inmenso, tuviera tanto interés en que los fieles cumpliesen con el precepto de oírla. Y preveía, con previsión de Santo, que los que a ella no acudían, quedaban «dispuestos para hacer otros muchos pecados».

Nuestro Santo vivió en el Siglo de Oro español, fue coetáneo del Concilio de Trento -aquel Concilio que fue semillero de grandes santos- y animó con sus palabras y escritos y su ejemplo a gigantes de la santidad corno Ignacio de Loyola, Juan de la Cruz, Francisco de Borja, Juan de Dios, Pedro de Alcántara Tomás de Villanueva, Teresa de Jesús, Juan de Ribera, que bebieron en su espiritualidad y ejemplarísima vida. También en nuestros días pueden sus enseñanzas ser fruta sabrosa para nosotros, que tanto necesitamos de doctrina clara y refrescante.

Fue providencial que su celo apostólico, en vez de ejercitarlo entre los aborígenes de la Nueva España, lo derramase por la Andalucía de su época «infectada de costumbres paganas, de brujerías y supersticiones, de confusión e ignorancia religiosa».

Frutos de la Santa Misa

¡Qué bien nos vendrían, para remediar nuestra situación, unos cuantos Padres Ávila, con su mismo celo para salvar almas y su afición a la Santa Misa! Y evoco ahora la memoria de un santo de nuestros días, el Dr. lrurita, obispo mártir de Barcelona, que no dudó en confesar ante sus captores que le juzgaban, en plena persecución: «El Mundo se sostiene por el Sacrificio de la Misa» y les manifestó que, si le dejaban, él la seguiría celebrando. Muchísimos Santos han sido de este parecer.

Necesitamos la Santa Misa para que muchos jóvenes que entre ruidos aturdidores y luces de vértigo van abocados al abismo de los vicios y pasiones más degradantes, puedan detenerse al borde ya del precipicio y entregar sus fuerzas viriles, no al crimen ni al desenfreno sensual, sino al bien de su Patria y de sus hermanos. Porque el día que veamos de nuevo nuestros templos llenos de niños y jóvenes que cumplen con el precepto dominical, que frecuentan el sacramento de la Penitencia y reciben con devoción el Pan de los Fuertes, el panorama actual cambiará radicalmente. Y habrá esperanza de que el porvenir de nuestros nietos, será mejor que el de nuestros hijos.

«¡QUÉ COSA MÁS INCÓMODA ES LA COMPLICACIÓN Y COMO GUSTAMOS LOS HOMBRES DE COMPLICARNOSLO TODO!», dice el Hno. María Rafael. Pero el que descubre el secreto de las TRES AVEMARÍAS cada mañana y cada noche no tiene nada complicado ¡Dios a la vista!