Juan Manuel de Prada

Virgen María aplasta la cabeza del malignoLo denunciaba Julián Besteiro en una fecha tan lejana como junio de 1923: -Los regionalistas catalanes han venido a este Congreso en más de una ocasión a formular peticiones autonomistas y han cedido ante la concesión de ventajas económicas.

Esta acusación de cohecho que Besteiro lanzaba al gobierno conserva hoy toda su vigencia. Pues, en efecto, el procedimiento empleado durante las últimas décadas para aplacar al nacionalismo no ha sido otro sino la concesión de ventajas no sólo económicas, sino también otras formas de cohecho todavía más inmorales, como la entrega de competencias educativas. De este modo, los nacionalistas pudieron sembrar el odio en el pueblo catalán hasta convertir a varias generaciones en jenízaros del independentismo. Y esto no fue una labor clandestina: ocurrió a la vista de todos, con el beneplácito de gobernantes dimisionarios que ahora tienen la desvergüenza de posar de patriotas. Durante décadas, el nacionalismo se dedicó a exasperar a su conveniencia el odio contra España, mientras en Madrid favorecía la “gobernabilidad” (o sea, mientras su codicia sin límites se aprovechaba de los cohechos pactados con los sucesivos gobiernos de España). Pero, en este juego de doble personalidad, al nacionalismo acabó ocurriéndole lo mismo que al personaje de Stevenson que liberaba o reprimía su naturaleza más salvaje ingiriendo un bebedizo. Llegó un momento en que el nacionalismo ya no pudo controlar sus metamorfosis y dio rienda suelta a sus peores instintos. Pero esta conversión definitiva del nacionalismo en un monstruo insaciable no debe hacernos olvidar que el bebedizo que durante décadas ingirió se lo suministraron los sucesivos gobiernos de España.

Así se ha llegado a una triste jornada como la de ayer, en la que una proporción muy significativa de catalanes ha roto definitivamente amarras con España. A un caballo se le puede arrastrar hasta el río; pero no se le puede obligar a beber agua. Y hay muchos, muchísimos catalanes, sobre todo entre las nuevas generaciones, que ya nunca van a beber el agua que les brinde España, porque están convencidos que está envenenada. Además, en la jornada de ayer han conseguido el hito que necesitaban para crearse una mitología que galvanice su odio y lo convierta en una antorcha llameante, contemplada con admiración por el papanatismo mundial.

Mienten quienes afirman que esta situación puede arreglarse con “diálogo”. Pues el diálogo sólo es posible cuando existe una premisa común que las partes dialogantes aceptan y a partir de la cual pueden desarrollar razones que limen asperezas. Pero aquí no existe tal premisa compartida, sino dos premisas irreconciliables (unidad e independencia); por lo que el diálogo resulta imposible o, en todo caso, sólo podrá fundarse en el cambalache (esa milonga del “referéndum pactado”). Esta situación terrible sólo la podría arreglar un gobernante abnegado y valeroso, capaz de inmolarse sin mirar por el rabillo del ojo las encuestas, capaz de poner bálsamo en las heridas abiertas y de integrar en España la realidad distintiva de Cataluña, envenenada por siglos de errores que comenzaron con la abolición de los fueros y se han culminado con los sobornos de las últimas décadas. Pero ese gobernante no existe; y, si existiera, el clima corruptor de nuestra política lo ahogaría. De modo que nos aguardan tiempos sombríos; pues, como nos advertía Cervantes en el Persiles, los catalanes, cuando están pacíficos, son suaves; pero enojados son terribles.

(ABC, 2 de octubre de 2017)