La semana pasada reflexionábamos sobre la paciencia a partir de la experiencia del teólogo dominico P. Yves Congar. Seguimos hoy con la cuestión porque es preciso aprender a cultivar la paciencia en un mundo tan impaciente como el nuestro. Recordemos, en primer lugar, que con esta palabra se describe la capacidad para tolerar y superar una determinada situación adversa sin alterarse y también representa la capacidad de llevar a cabo diferentes tareas o proyectos sin permitir que la ansiedad arruine el objetivo; se refiere asimismo a la calma con la que se desarrolla una actividad que exige precisión y minuciosidad. Por otra parte, guarda una relación estrecha con la paz y tranquilidad. La persona paciente es tolerante, y sobrelleva las diferentes situaciones de la vida sin perder el control, manteniendo la serenidad.
A veces se confunde la paciencia con la pasividad, pero esto es absolutamente incorrecto. La pasividad es falta de compromiso frente a los obstáculos y problemas de la vida que es preciso resolver; la paciencia, en cambio

Cardenal Juan José Omella

