+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

La semana pasada reflexionábamos sobre la paciencia a partir de la experiencia del teólogo dominico P. Yves Congar. Seguimos hoy con la cuestión porque es preciso aprender a cultivar la paciencia en un mundo tan impaciente como el nuestro. Recordemos, en primer lugar, que con esta palabra se describe la capacidad para tolerar y superar una determinada situación adversa sin alterarse y también representa la capacidad de llevar a cabo diferentes tareas o proyectos sin permitir que la ansiedad arruine el objetivo; se refiere asimismo a la calma con la que se desarrolla una actividad que exige precisión y minuciosidad. Por otra parte, guarda una relación estrecha con la paz y tranquilidad. La persona paciente es tolerante, y sobrelleva las diferentes situaciones de la vida sin perder el control, manteniendo la serenidad.

A veces se confunde la paciencia con la pasividad, pero esto es absolutamente incorrecto. La pasividad es falta de compromiso frente a los obstáculos y problemas de la vida que es preciso resolver; la paciencia, en cambio

, es sinónimo de fortaleza, de perseverancia, y es indispensable para el desarrollo personal y profesional. La paciencia no es evadirse ante las dificultades y las contrariedades, sino afrontarlas sin nerviosismo. Es una virtud imprescindible para pensadores, artistas, literatos, investigadores, y no hablemos ya en el caso de los educadores. Como decía santa Teresa de Jesús, “la paciencia todo lo alcanza”; con ella es posible llegar al final de un proyecto sin fracasar presa de la ansiedad. Lo mismo sucede cuando una tarea requiere mucha concentración o esfuerzo, en estos casos se necesita ser paciente para no cometer errores o acabar abandonando antes de finalizar el trabajo.

Las dificultades forman parte de nuestra existencia; en ocasiones nos encontramos ante problemas importantes que debemos

afrontar y resolver. Cada problema tiene su solución, ciertamente, y es cuestión de encontrarla, porque las dificultades y problemas del camino de la vida son retos, desafíos, oportunidades de superación y de crecimiento. A veces nuestra reacción es mirar hacia otro lado y no enfrentarlos de cara; a veces huimos, aunque sea para adelante. En otras ocasiones intentamos resolverlos con precipitación, y también nos equivocamos. La paciencia nos ayuda a afrontar las situaciones, los problemas, a sanar las heridas profundas, a estar atentos a la realidad, a la vida, a superar los miedos. La paciencia es aguante, fortaleza, perseverancia.

La parábola de la semilla que crece por sí misma (cf. Mc 4, 26-29) nos enseña que hemos de adaptarnos al ritmo que sigue la vida. La semilla que se deposita en la tierra tiene su ritmo, brota y crece por sí misma, tanto si el agricultor está tranquilo como si se impacienta; del mismo modo, dará su fruto siguiendo su propio dinamismo y sin que el labrador sepa cómo. En todo caso, es importante saber esperar con paciencia, perseverancia y fortaleza. San Pablo exhorta a los cristianos de Colosas (cf. Col 3, 12) a que se revistan de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Más aún explica a los cristianos de Roma que por medio de la paciencia llegamos a ser signos del amor del Dios compasivo, y nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia y la paciencia produce esperanza (cf. Rom 5, 3-5).