Padre Manuel Martínez Cano, mCR
Es bien sabido que la democracia moderna parte del principio fundamental de la “soberanía del pueblo”, de J.J. Rousseau. Las democratistas dicen que sólo la voluntad general del pueblo es la fuente del poder político. El pueblo no es soberano, ni hay una voluntad general. Las voluntades son particulares. El origen y fundamento de la autoridad política de los gobernantes es Dios. Es cierto que el pueblo y, sobre todo, el pueblo organizado puede designar o elegir sus gobernantes, pero, el poder político, de los gobernantes, debe de estar de acuerdo con la Ley de Dios, norma suprema que ningún régimen político puede infringir. En 1944, decía Pío XII: “Según las enseñanzas de la Iglesia, no está prohibido el preferir para el Estado una forma de gobierno popular, salvo siempre la doctrina católica acerca del origen y ejercicio del poder público” (Benignitas et humananitas, 10). Sigue leyendo



