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¿Cómo funcionan?

El llamado vul­garmente «cerebro electrónico», la com­putadora, el ordenador electrónico, marca nuestro tiempo dando nombre a la era en que vivimos; un centro de cálculo, ¡qué maravilla! Aquí una impresora está listando los saldos de las cuentas a 13.000 líneas por minuto; allí están las conexiones de cientos de líneas telefónicas por las que circulan impulsos electrónicos, que significan a su manera los cambios que hay que hacer en los da­tos que se guardan en aquellos discos magnéticos; cen­tenares de millones de letras y números almacenados en cada paquete de discos; más allá, los carretes de unas cintas magnéticas giran a gran velocidad.

De repente, un muchacho desmonta un carrete de cinta que se había detenido, después de rebobinarse. Le preguntamos:

-¿Por qué guardas esa cinta? -Por si hay que recuperar los da­tos en el caso de que falle la corriente eléctrica a medio hacer un proceso. -Pero, ¿es que el ordenador funciona con electricidad?

-Claro, ¿cómo quiere que funcione si no?

Y pensamos: ¿Quién produce la corriente? Una central hidráulica, térmica o nuclear. Y seguimos pensando: ¿Quién da el peso al agua que cae del salto a la turbina? ¿Quién da al fuel su atracción por el oxígeno? ¿Quién provoca en los núcleos, atómicos su tendencia a la desintegración?… Después, entra un señor con bata blanca, un bote de líquido con etiquetas extrañas y un trapo en las manos y se pone a limpiar las ca­bezas lectoras y grabadoras de los armarios de las cintas; después abre una impresora, enchufa un tubo en un agujero y empieza a pasear el otro extremo por los rincones de la máquina. -¿Qué hace? -Estoy quitando el polvo con el aspirador que lleva incorporado esta impre­sora. Unos jóvenes están arrodillados en el suelo, junto a una máquina abierta de la que salen muchos cables, y están mirando la pantalla de un oscilógrafo. -¿Qué hacéis? -Estamos reparando un dispositivo de esta unidad de control de teleproceso. Otro señor con bata blanca está sentado frente a una mesita con una pantalla que parece un te­levisor, en la que van apareciendo continuamente unos números segui­dos de unas frases muy raras. -¿Para qué sirve esto?, le pregunta­mos. -Yo soy el operador. Aquí la máquina me va diciendo todo lo que pasa. Algunas veces se produce una condición en la que debo decidir; entonces la máquina se espera hasta que tomo la decisión que le indico por medio de una respuesta escrita en este teclado parecido al de una máquina de escribir, y entonces sigue el trabajo en el ordenador.

Mantenimiento, reparaciones, control, gobierno. Pensamos: ¿Qué ocu­rriría sin todo ello? Este pulcro, dinámico y efectivo centro de cálculo se convertiría en un caos. Los trabajos irían llegando a condiciones no solubles por el programa y, sin el control del operador, quedarían esperando una respuesta para siempre. ¡Para siempre no! Las máqui­nas irían dejando de funcionar una a una; el polvo lo invadiría todo; el óxido lo desharía todo; quedaría irreconocible, ininteligible para el explorador que en una civilización futura descubriera los restos del hermoso centro de cálculo convertido en ruinas.

Y seguimos pensando…

¿Es el mundo un caos? Cada día sale el sol, ni demasiado caliente ni demasiado frío. Llueve, cambian las es­taciones, los animales tienen comida, los hombres vestido, el mar mantiene sus límites, los montes su estabilidad, todos los elementos químicos cooperan para la vida, la configuración del mundo es un pa­lacio para los animales. ¿Puede estar tal universo sin mantenimiento, sin control, sin gobierno?…

Nos acercaremos a otra máquina abierta. Un hombre está mirando un cuadro de lucecitas. -¿Qué es esta pieza tan robusta? -Es robusta pero ligera; es el brazo que sostiene las cabezas lectoras del disco; hay una cabeza que sirve para leer los datos de una pista que indica la posición del disco que gira, y además hace que el brazo se sitúe exactamente sobre el lugar donde están los datos. Si se queda corto se produce una señal eléctrica que le impulsa más allá; si se pasa, otra que le frena. –¡Qué ingenioso! -Sí; es un servomecanismo, parecido al que invento Watt para regular la velocidad de la máquina de vapor: aquí se regula una posición en vez de una velocidad.

Otro muchacho está cambiando una pieza muy grande en una impreso­ra. -¿Qué haces? -Estoy cambiando la cadena. En esta cadena están todos los signos que puede imprimir esta máquina; detrás de la cadena hay más de cien martillos que cuando la letra que toca imprimir en cada posición de la línea pasa por delante de dicha posición, dan el martillazo y estampa contra el papel la cinta de tinta, dejando la letra o el número impresos. -¡Qué estupendo! Y, ¿a qué velocidad se im­primen las líneas? -A dos mil por minuto. -¡Qué barbaridad! -¡Pues si le contara cómo funcionan las impresoras de rayos laser que van a trece mil líneas por minuto!…

Preguntamos a un joven que viene a interesarse por el estado del trabajo que hace un rato ha encargado al ordenador: -Teniendo que controlar estas impresoras, ¿le quedará tiempo a la máquina para dedicarse al trabajo que usted le ha pedido? -Naturalmente; la máquina es tan rápida que durante el tiempo en que esta impresora salta una línea, le queda potencia de cálculo para dedicarse, no sólo a mi trabajo, sino a siete u ocho más, y a servir las transacciones que le lle­gan por los cientos de líneas telefónicas que unen el ordenador con más de mil terminales.

¿Cómo puede ser eso?

La máquina va ejecutando las instruc­ciones de un programa; cuando éste llega a un punto en que tiene que ordenar el funcionamiento de un dispositivo considerado lento, como estas impresoras, se interrumpe el programa, y otro programa de con­trol, llamado supervisor, cede la vez a otra tarea; cuando el dispositivo lento ha terminado, interrumpe la nueva tarea y el programa que es­peró sigue avanzando; esto lo hace la máquina para decenas de trabajos y cientos de tareas. -¿Todo esto lo han pensado ustedes? -¡Qué va! Es el fruto de muchos años de trabajo de cientos de hombres en los laboratorios de la casa constructora. -Con la perfección alcanzada ya no quedará ningún secreto del mundo por descubrir, ¿verdad? -No sea tan optimista. Hace pocos años; cuarenta biólogos y varios infor­máticos, bajo los auspicios de la Smithsonian lnstitution de Washing­ton, trataron de escribir un programa que simulara las interrelaciones existentes entre las especies animales que pueblan la Gran Barrera de arrecifes de coral del noreste de Australia. Con tal programa se pretendía saber qué le ocurriría a determinada especie si se extin­guía otra; cómo evolucionarían las poblaciones relativas debido a los desequilibrios ocasionados por la caza y la pesca. Pero fracasaron; al cabo de dos años abandonaron el proyecto. Según palabras del doctor Frank H. Talbot, director del museo australiano, «tan complicadas y sin­gulares son las interrelaciones existentes que harían palidecer al or­denador electrónico más complejo».

Y, sin embargo, no sólo en los arrecifes de coral, sino también en los desiertos, los océanos, los continentes antárticos, en los trópicos, en el Ecuador, durante siglos y siglos se mantiene tal equilibrio entre las especies, que permite la existencia de todas ellas, sin problemas, excepto cuando el hombre, con sus cacerías y sus pescas incontroladas rompe el equilibrio.

Ningún ordenador, dotado de los sensores más sensibles que pueda fabricar la industria química o electrónica, es capaz de decir si por entre las máquinas del centro de cálculo ha pasado una liebre y, sin embargo, un galgo es capaz, no sólo de conocer si ha pasado, sino incluso de saber en qué dirección se ha marchado, para salir en su persecución.

El mundo más sencillo que el ordenador.

Cosas tan sen­cillas como el agua que aumenta el volumen al solidificarse, contra toda lógica y al revés de todos los demás cuerpos, para que el hielo de los lagos y ríos flote sobre las aguas, permitiendo así la vida in­vernal de los peces en el fondo, nos demuestran que el mundo es mucho más ingenioso que un ordenador. Si admiramos fácilmente el ingenio de los inventores de los dispositivos de un ordenador, ¿por qué no admiramos también la inteligencia suprema que se llama Dios? Dijo Samuel Taylor: «Toda ciencia, así la imperfecta e incipiente como la más perfecta, empieza y termina con la admiración; pero la admi­ración primera es hija de la ignorancia, y la segunda es madre de la adoración».

Si el mundo no es un caos, y en caos se convierte todo lo que queda sin control ni gobierno, ¿por qué no creer también en la Providencia Divina? Si sabemos buscar fuentes de energía para mover nuestras máquinas, y sabemos también que sin motor no se mueven las cosas, ¿por qué no queremos ver la necesidad de aquel motor inmóvil que la filosofía llama Dios?

Realmente hay Dios, y lo sabe el hombre que piensa. Ayer, hoy -en la era del ordenador electrónico- y mañana. Pero el hombre que no quiere pensar porque recuerda que, cuando pensaba, el gusano de su conciencia le remordía. Ese hombre, puede decir que no hay Dios y puede tener quien le escuche y quien le alabe, pero en el fondo de su ser sabe que se engaña.

Por eso no encontrará la paz sin resolver sinceramente el problema principal. No se puede ser sincero sin la Gracia de Dios, pero esa Gracia se da a todos, lo único que hay que hacer es no rechazarla.

«ES IMPOSIBLE QUE SE SALVE QUIEN VIVA ALEJADO DE MARÍA», enseña San Buenaventura. Y vive unido a la Virgen el que cada mañana y cada noche le reza de verdad las TRES AVEMARÍAS. No las olvides.