Juan Manuel de Prada
Suele repetirse que el independentismo es una “religión sustitutiva”. Pero habría que precisar que todas las ideologías modernas son sucedáneos religiosos, hijos de lo que Péguy llamó “la degeneración de la mística en política”. Las energías que el hombre sano destinaba a la adoración de Dios, que le había prometido el Paraíso, el hombre infectado de ideologías las destina a la adoración de sí mismo, confiado en la ilusión de que su ideología traerá mediante sufragio democrático el paraíso a la Tierra.
¿Por qué, entonces, el independentismo resulta mucho más pugnaz e “ilusionante” que otras degeneraciones de la mística? Mientras el conservadurismo o la socialdemocracia son degeneraciones modorras, corroídas de rutina y escepticismo, que se dedican a administrar el falso paraíso alcanzado, el independentismo es una degeneración bullente, que puede vender un ideal todavía no alcanzado. Mientras las ideologías modorras sólo pueden ofrecer a sus adeptos un paraíso de materialismos chatos (estabilidad económica, bienestar, seguridad, confort, etcétera) que acallen con un frágil barniz de tranquilidad exterior la licuefacción de los espíritus, el independentismo puede todavía agitar el espíritu con trampantojos que lo enardecen. Digamos que las degeneraciones políticas modorras se han limitado a injertar, sobre los añicos del ser que provocaron al matar la fe religiosa de los hombres, una concupiscencia del tener que a la postre genera hastío. En cambio, el independentismo sigue apelando astutamente a ese ser hecho añicos, para exaltarlo con un ideal febril. Donoso Cortés afirmaba que el socialismo contenía una teología satánica en la que, “si hay mucho de falso, hay algo de gigantesco y grandioso, digno de la majestad terrible del asunto”, frente al liberalismo, que le parecía “antiteológico y escéptico” y, por ello mismo, mucho menos atractivo a la larga para las gentes. Algo parecido podría decirse hoy del independentismo, frente a las ideologías modorras incapaces de combatirlo.
El independentismo se halla en la primera fase de la degeneración de la mística en política, en la que el ser hecho añicos, sordo a los llamamientos religiosos, aún necesita alimentarse con una fe falsa (que le brinda la quimera de la Nación) y aferrarse a un absoluto (el sufragio divinizado); necesidad que sus astutos líderes saben satisfacer. En cambio, las ideologías modorras que combaten al independentismo, inmersas en la rutina y el escepticismo, sólo saben oponer remedios inoperantes: a veces, cerrar el grifo de los materialismos chatos (éxodo de empresas de Cataluña); a veces, dejar caer “el peso de la ley” sobre los infractores. Pero, si se cierra el grifo de los materialismos chatos, el independentista se crece en sus ideales seudorreligiosos, que así puede presentar ante el mundo como una supervivencia heroica del ser frente a la tiranía de los que sólo alimentan la concupiscencia del tener. Y si se deja caer “el peso de la ley” sobre los infractores, el independentismo no sólo se crece, sino que se enardece y multiplica, a la vez que nutre su martirologio. Si la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, como nos enseñó Tertuliano, el enchironamiento de líderes independentistas -sobre todo cuando es tan torpe e inoportuno como el que se acaba de hacer- se convierte en semilla de nuevos adeptos.
Al hombre místico se le pedía que fuese cándido como paloma y astuto como serpiente. El independentismo, como degeneración en primera fase de la mística, sabe al menos ser astuto como serpiente, aquí y en Bélgica. Las degeneraciones modorras que tratan de combatirlo no son, lastimosamente, ni una cosa ni la otra.
(ABC, 6 de noviembre de 2017)
En artículos anteriores, hemos señalado algunas incongruencias gruesas que anidan en el (pido perdón por el oxímoron) pensamiento político contemporáneo y hacen inevitable la tragedia catalana. Así, por ejemplo, hemos advertido que es contradictorio (amén de demencial) consagrar un derecho de autodeterminación individual (para cambiarse de sexo, por ejemplo) y a la vez pretender reprimir un derecho de autodeterminación colectiva. También hemos advertido en otro artículo anterior del peligro que supone pretender defendernos del separatismo aferrándonos a textos legales nefastos que antes le dieron alas, pues es tanto como querer sanarnos con lo que antes nos enfermó. Como somos amigos de Platón, pero más amigos aún de la verdad, hoy quisiéramos señalar otra aporía que anida en nuestro (pido perdón por la hipérbole) orden jurídico, amparador de todas las ideas políticas -¡incluso de las que atentan contra la supervivencia de la comunidad política!-, con tal de que se defiendan “por vías democráticas”. Un orden jurídico, en fin, que ampara la existencia de partidos y asociaciones separatistas que postulan la ruptura con España. Pero, una vez amparada esta perversión (pues permitir aquello que atenta contra el bien que supuestamente se defiende es, en efecto, una perversión filosófica y moral), nuestro orden jurídico pretende que esos partidos separatistas no puedan llevar a cabo su anhelo, arbitrando unos procedimientos legales que hacen imposible su realización. 
Podríamos decir que el sexo es la genitalidad determinada por la naturaleza o la biología, es decir, es lo que está marcado por el genotipo (el contenido genético cromosómico). El sexo es la genitalidad inmodificable y determina -o al menos debería- la sexualidad y el comportamiento sexual del sujeto, ya que se trata de un dato objetivo y dependiente de la naturaleza. La Ideología de género es una construcción artificial, ideológica, según la cual el sexo no determina la sexualidad o comportamiento sexual de la persona, ya que ésta, independientemente del dato objetivo de la biología o naturaleza, puede vivir su sexualidad según le parezca y no según lo determine la biología o sexología. En la ideología de género hay una anulación total del dato objetivo-biológico y una primacía -artificial- del dato ideológico. Para la ideología de género, los roles que tradicionalmente se atribuyen al varón y a la mujer -basados a su vez en la biología- son meras «construcciones sociales» o «culturales» que hay que «deconstruir» para construir un nuevo paradigma -la ideología de género- que rechaza de plano el dato biológico para tener en cuenta solo lo ideológico. Con el término «género» se hace referencia, por lo tanto, no a la sexualidad de alguien, sino a «roles socialmente construidos», roles que dependen de la voluntad y de la libertad omnímodas del hombre.