
Corría el año de 1792. No se habían cumplido siquiera veinte años desde la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos, y la recién nacida nación contaba ya con su primer obispo católico: el jesuita John Carroll, quien habría sido nombrado prefecto de los Estados Unidos apenas la iglesia católica comenzaba –muy discretamente- a tomar raíces en el noreste del país, y quien en 1789 pasó a ser el obispo de la primera diócesis católica estadounidense: la diócesis de Baltimore, en Maryland, que abarcaba prácticamente todo el territorio de las antiguas colonias inglesas. Luego, sería nombrado también administrador apostólico de Florida y Lousiana.
No parece casual que el obispo de Maryland (la “Tierra de María”, si lo tradujésemos al castellano), quien fue además –como buen jesuita- el fundador de la universidad de Georgetown haya decidido poner al naciente país bajo la protección de la Virgen María, consagrando la nación a la Inmaculada Concepción, e iniciando además la construcción de la primera catedral de los Estados Unidos, la Catedral de la Asunción de María, que fue diseñada por el arquitecto Benjamín Henry Latrobe, el mismo que diseñase el Capitolio estadounidense, considerado el padre de la arquitectura del país. El obispo Carroll, quien murió en 1815, no vivió lo suficiente para ver terminada la catedral, que se habría comenzado a construir en el año de 1806.
Años después de la muerte de Carroll, en 1847, el séptimo concilio de provinciales de Baltimore reiteró el gesto con el que el obispo Carroll había iniciado su episcopado, declarando a la Virgen María, con el título de “sin pecado concebida”, como la patrona principal de aquella tierra. De allí en adelante, tres Papas se encargarían de edificar un santuario para la patrona de la nación: el Papa Pío IX formalizaría definitivamente el patronazgo de la Inmaculada sobre los Estados Unidos el 7 de febrero de 1847. Pío X iniciaría, en 1913, la construcción del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington, D.C., dando incluso una contribución monetaria personal (simbólica), y Pío XI donó un mosaico, al mismo Santuario, con la imagen de la Inmaculada, en el año de 1923.

Según la tradición popular, la Virgen María salió de viaje a través de toda América y el Niño se durmió cuando llegaron a Guatemala por lo que allí se quedó. En 1821 los líderes del movimiento de independencia la proclamaron Patrona de la nueva nación e hicieron el juramento ante su imagen que no descansarían hasta que liberaran Guatemala.
La historia se remonta al siglo XVI cuando los frailes dominicos realizaban expediciones de evangelización en la región del centro del país. Un caballero proveniente de España, Antón de Santana, en 1560 obtiene la encomienda de la región para levantar una casa dotada con diferentes dependencias, apropiada para la administración de los colonos, los indígenas y esclavos; además debía construir una capilla para oficios religiosos en Suta. Posteriormente de España llega un fraile colaborador en las misiones, fray Andrés Jadraque que ve la necesidad de dotar la capilla con un lienzo o cuadro de la Virgen del Rosario, advocación promulgada por la Orden Dominicana a la que pertenecía el religioso. De esa manera acuden a un pintor también español Alonso de Narváez, quien vivía en la ciudad de Tunja, en Boyacá, cercana a la región, para pedirle que pintara a la Virgen del Rosario. Todos acuerdan poner al lado de la Virgen a sus santos de devoción, san Antonio de Padua y san Andrés por ser el primer patrono del encomendero que solicitaba la imagen y el segundo, del fraile que la había mandado a hacer.
La crónica histórica (elaborada al año siguiente de los acontecimientos) señalan que en el año 1586 María Ramos, una mujer del lugar, sabiendo que el lienzo había guardado la imagen de la Virgen María, decide reparar el viejo oratorio y el lienzo maltratado, otorgándole el mejor lugar de la capilla. Diariamente oraba y pedía a la Virgen del Rosario que se manifestara, hasta que el 26 de diciembre de 1586 cuando María salía del oratorio, una mujer indígena llamada Isabel junto a su pequeño hijo, al pasar por el lugar, le gritaron a María: «mire, mire Señora…». Al dirigir su mirada a la pintura, ésta brillaba con resplandores y la imagen, que estaba irreconocible, se había restaurado con sus colores y brillo originales; los agujeros y rasguños de la tela desaparecieron. Desde entonces empezó la devoción a la advocación conocida como «Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá».