Javier Navascués entrevista a Miguel Ángel Bernáldez
La Edad Media es una época muy denostada por los enemigos de la Iglesia que la presentan con saña con visos oscurantistas cuando en realidad es un período lumínico en donde florece como un vergel esplendente la cristiandad. El cristianismo impregna del buen olor de Cristo todo el orden temporal y con sola su figura vestido lo deja de su hermosura.
Florece el arte por doquier engalanando las catedrales góticas, majestuosas, filigranas pétreas aderezadas de vitrales fascinantes, frescos celestiales y tallas exquisitas. Florece la cultura con exuberancia, los monasterios son manantiales de espiritualidad y sapiencia que conservan, como vino en barrica, la sabiduría clásica. Emergen pujantes las principales universidades del mundo como la de París o Salamanca, grandes luminarias de la cristiandad. El tomismo vigoroso irradia el orbe cristiano y pulveriza la herejía contumaz. Muestras diamantinas de un botón rutilante que culmina con la conquista y evangelización de América, según muchos historiadores brillante colofón y broche áureo del Medievo.
Miguel Ángel Bernáldez es miembro de la Junta de Gobierno de la Comunión Tradicionalista Carlista como Secretario de Formación y Programa e integrante del consejo de redacción de la revista Ahora Información. En esta entrevista nos da una visión global de la cristiandad a lo largo de la Historia, uno de los temas que le apasiona y ha estudiado a fondo.
¿Qué entendemos por Cristiandad?
Estamos hablando de una cultura muy especial y distinta a todas aquellas otras que han existido y existen en el mundo. Según Elías de Tejada, la Cristiandad fue organicismo social, visión cristiana y limitada del poder, unidad de fe católica, poderes templados, cruzadas misioneras, concepción del hombre como ser concreto, parlamentos o cortes representativas de la realidad social entendida como corpus mysticum, sistemas legales o «forales» de libertades concretas.
La Cristiandad no tiene una fecha exacta de nacimiento, como suele ocurrir con la mayoría de los hitos históricos, sino que se va construyendo poco a poco a lo largo de los siglos. Más, sin embargo, se pueden ir marcando fechas significativas en la evolución de la Cristiandad.
El edicto de tolerancia de Nicomedia del 30 de abril del año 311 fue promulgado por el emperador Galerio y fue el precedente del más conocido edicto de Milán en el que en 313 el emperador Constantino amplió a todo el Imperio la tolerancia para el cristianismo. Posteriormente, el emperador Teodosio promulgó en 380 el Edicto de Tesalónica, en el que hacía del cristianismo la religión oficial del Imperio Romano. Era la primera unidad católica de la historia y hacia del Imperio una verdadera unidad, no sólo política, sino también religiosa. Ahí podemos decir que se empieza a fraguar la futura Cristiandad.
A partir de entonces, los cristianos, van desarrollando todo un corpus doctrinal y a la postre hacen nacer toda una doctrina cristológica que ha llegado hasta nuestros días y que podemos decir que está resumida en el Credo Niceno-constantinopolitano. Es a la vez, la época de los Padres de la Iglesia y que por su trascendencia posterior podríamos citar a San Agustín.
Este narcisismo flota por todos los textos catalanistas desde finales del siglo XIX hasta los discursos más burdos del independentismo actual. Nuevamente recurrimos a La nacionalitat catalana, donde se señala que, una vez recuperada la conciencia nacional: “va pasando ante nuestros ojos un rosario de grandes hombres de nuestra tierra”. Aunque el discurso racialista en Prat de la Riba es meramente nominal, poco a poco el racismo moderno se va instalando en el argumentario catalanista como reflejo de ese narcisismo. En el análisis del racismo que realiza el profesor Francisco Caja, tenemos infinidad de datos y argumentos para descubrir el narcisismo colectivo catalán, bajo apariencia de una raza llamada a no estar sometida por otras inferiores. Entre afamados (aunque escondidos) racistas catalanes, tenemos al que fuera diputado de ERC durante la República, Pere Rossell. En una de sus obras afirma que: “El dominio de hombre a hombre es indigno, pero más de raza a raza, cuando no las separa a ambas la distancia que va de barbarie a civilización”. 

