
Publicado por manuelmartinezcano | Filed under Artículos - Contracorriente
04 jueves Oct 2018
03 miércoles Oct 2018
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Domingo de Ramos, 3 de abril 1977
Solamente Dios conoce realmente la infinita distancia entre El, El que es, y la nada de la criatura. Es Dios quien se ha inclinado a mí para sacarme de la nada y redimirme del pecado. Todo es obra suya. El pecado destruyó desde los comienzos la armonía de la naturaleza humana, y con nuestros pecados personales la seguimos destruyendo. La consecuencia es el dolor y la muerte. Pero Cristo viene y toma sobre sí el dolor y la muerte, y convierte así, lo que es consecuencia del pecado, en el camino para el reencuentro con Dios; en medio de salvación, de santificación, de verdadera liberación… La humillación de Cristo, la obediencia de Cristo, el dolor físico, moral y espiritual de Cristo, nos redimen y santifican, y redimen nuestros propios sufrimientos haciéndolos divinamente fecundos. Lo que importa es entrar de lleno por este camino; dejamos invadir por Cristo con su Cruz, su santidad, su amor, su sacrificio; que El solo quede en nosotros. En la medida que esto se realiza, somos verdaderamente libres.
Y toda la dignidad humana está ahí, está en esto, en transformarnos en Cristo, en ser y vivir como hijos de Dios. Y esta dignidad no nos la puede arrebatar ninguna “humillación”, ni insulto, ni malos tratos, ni injusticias o lo que sea, sino sola y exclusivamente el pecado. Este sí que degrada. Lo demás, no. Tal como a Cristo ni todas las injurias y humillaciones de la Pasión le pudieron arrebatar ni menguar un ápice su incomparable dignidad de Hijo de Dios hecho Hombre, tampoco a nosotros nada ni nadie, si no es el pecado, puede realmente degradamos. Esta incomparable dignidad que nos da la gracia santificante, que nos hace hijos de Dios, está por encima de cuanto puedan hacer contra nosotros los hombres.
A la conciencia profunda de mi nada y mi pecado pasado, se une el santo orgullo de hija de Dios, redimida por Cristo pero, al mismo tiempo, el santo y profundísimo temor y temblor de quien sabe que puede perderlo, si Dios no me preservara de caer por puro y gratuito amor. Solamente Dios puede salvarme, es El quien viene a mí; por mí misma estoy fuera de todo perdón.
02 martes Oct 2018
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Antonio Gibello
Y posiblemente sea verdad dada la inflacionaria estructura del «pesebre político partidista» en el que pacen los más de quinientos mil «enchufados» que forman los diecinueve gobiernos autonómicos y sus respectivos parlamentos, más las asociaciones políticas y sindicales que, lejos de financiarse con las cuotas de sus miembros, esquilman las rentas de trabajo de todos y cada uno de los ciudadanos, pertenezcan o no a tales organizaciones.
(AFÁN)
02 martes Oct 2018
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Javier Barraycoa
Y sigue Gomá comparando la labor de España con la labor de Roma: «Esto es la suma de la civilización, y esto es lo que hizo España en estas Indias. Hizo más que Roma al conquistar su vasto imperio; porque Roma hizo pueblos esclavos, y España les dio la verdadera libertad. Roma dividió el mundo en romanos y bárbaros; España hizo surgir un mundo de hombres a quienes nuestros Reyes llamaron hijos y hermanos. Roma levantó un Panteón para honrar a los ídolos del Imperio; España hizo del panteón horrible de esta América un templo al único Dios verdadero» (11).
(11). Si Roma fue el pueblo de las construcciones ingentes, obra de romanos hicieron los españoles en rutas y puentes que, al decir de un inglés hablando de las rutas andinas, compiten con las modernas de San Gotardo; y si Roma pudo concentrar en sus códigos la luz del derecho natural, (205) España dictó este Cuerpo de las seis mil leyes de Indias, monumento de justicia cristiana, en que compite la grandeza del genio con el corazón inmenso del legislador.
Casi cada frase de Gomá merece un tiempo para ser meditada, lo cual no le quieta que sepa reconocer las miserias propias que se suceden en España: «Yo no hablaría con la lealtad que os he prometido si no resolviera otra objeción. ¿Por qué, diréis, nos habla España de unificación en la hispanidad, cuando los hijos de España desgarran su propia unidad? Aludo, claro, al fenómeno de los regionalismos más o menos separatistas, que se han agudizado con nuestro cambio de régimen político y que pudiera dañar el mismo corazón de la hispanidad» (12).
(12). Pero éste es pleito doméstico; pleito que tiene su natural razón de ser en lo que se ha llamado hecho diferencial, no de las razas hispanas, que no hay más que una, producto de veinte siglos de historia en que se han fundido todas las diferencias étnicas, de sangre y de espíritu, de los pueblos invasores, sino de cultura, de temperamento, de atavismos históricos; pero que se han agudizado por desaciertos políticos pasados y presentes y tal vez por la acción clandestina de fuerzas internacionales ocultas, que tratan para sus fines de balcanizar a España, rompiendo a la vez el molde político y religioso en que se vació nuestra unidad nacional.
De ahí que España deba ser la primera en aprender del ideal de Hispanidad: «La raza, la hispanidad, es algo espiritual que trasciende sobre las diferencias biológicas y psicológicas y los conceptos de nación y patria. Si la noción de catolicidad pudiese reducirse en su ámbito y aplicarse sin peligro a una institución histórica que no fuera del catolicismo, diríamos que la hispanidad importa cierta catolicidad dentro de los grandes límites de una agrupación de naciones y de razas» (13).
(13). Entendida así la hispanidad, diríamos que es la proyección de la fisonomía de España fuera de sí y sobre los pueblos que integran la hispanidad. Es el temperamento español, no el temperamento fisiológico, sino el moral e histórico, que se ha transfundido a otras razas y a otras naciones y a otras tierras y las ha marcado con el sello del alma española, de la vida y de la acción española. Es el genio de España que ha incubado el genio de otras tierras y razas, y, sin desnaturalizarlo, lo ha elevado y depurado y lo ha hecho semejante a sí. Así entendemos la raza y la hispanidad”… «En el Cielo, dice el Apocalipsis, gentes de toda nación y raza bendicen a Dios con este himno: “Nos redimiste, Señor, con tu sangre, de toda nación, y has hecho de todos un solo reino”. Alejando toda profanidad en la aplicación, ¿por qué todas las gentes de Hispanoamérica no podrían bendecir a la Madre España y decirla: “Señora, nos sacaste un día de la idolatría y la barbarie y nos imprimiste una semejanza tuya, que aún perdura después de más de cuatro siglos? Somos la hispanidad, señora, porque si no formamos un reino único de orden político, pero tenemos idéntico espíritu, y ese espíritu es el que nos une y nos señala una ruta a seguir en la historia”.
La hispanidad -insiste literalmente Gomá- es la proyección de la fisonomía de España fuera de sí y sobre los pueblos que integran la hispanidad. Y para reafirmarlo y poner su esperanza en la resurrección del alama Hispana, por un lado, cita al ecuatoriano Montalvo: «¡España! Lo que hay de puro en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos. El pensar grande, el sentir animoso, el obrar a lo justo, en nosotros son de España, gotas purpurinas son de España. Yo, que adoro a Jesucristo; yo, que hablo la lengua de Castilla; yo, que abrigo las afecciones de mi padre y sigo sus costumbres, ¿cómo haría para aborrecerla?» y por otro la filípica de Rubén Darío contra todo poder extranjerizante: «Tened cuidado: ¡Vive la América española! Y pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!”.
01 lunes Oct 2018
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