Cardenal Alexis-Henri-Marie Lépicier
Dios, que es el Ser perfecto por excelencia, es también, para sus criaturas, la fuente de todo bien. Pero, como es infinitamente sabio, distribuye sus bienes según los preceptos que Él mismo tiene determinados desde toda la eternidad en sus consejos supremos. Esta clara visión de los acontecimientos del mundo, unida a la voluntad de hacerlos cumplir en el tiempo, es lo que llamamos la Providencia; pero, cuando se trata de una criatura racional, dotada de libre albedrío y destinada por Dios a gozar de Él en el Cielo, se llama predestinación.
En el lenguaje teológico, la predestinación, expresión de la caridad infinita de Dios por el ángel y por el hombre, se define así: “La preexistencia en Dios del orden o del plan que regula el acceso de las criaturas racionales a este fin especial que se llama la vida eterna” (Santo Tomás de Aquino). La predestinación comprende, en su concepto formal, no solamente la gloria celestial, que es su término, sino también todo lo que, en la vida de un individuo, puede conducir a tal fin.
Así, pues, como la elección de San José a la dignidad de Esposo de María y Padre nutricio de Jesús debía ser la razón formal de su gloria futura, se sigue que, desde toda la eternidad, fue predestinado a esta dignidad, así como Jesucristo mismo había sido predestinado a ser Hijo de Dios, y María a ser la Madre del Verbo Encarnado. San José tendrá, pues, entre los elegidos un lugar de preferencia al lado de la Virgen María y este lugar no le será quitado por nadie, porque lo que está establecido en los designios divinos no puede ser alterado. El orden de la predestinación no cambia.
La predestinación de San José a la dignidad de Esposo de la Madre de Dios fue enteramente subordinada al decreto de la Encarnación del Verbo, no de cualquier manera, sino precisamente en tanto en cuanto la Encarnación estaba ordenada a la salvación de la humanidad.
De hecho, según la enseñanza de Santo Tomás de Aquino, que concuerda admirablemente con la Sagrada Escritura y la liturgia, si el hombre no hubiera pecado, el Verbo no se habría encarnado. Por eso, la predestinación de San José, como la de Cristo y la de su Madre, tuvo por objeto formal la redención del género humano.
Ahora bien, aquí es donde aparece, en toda su belleza, la aureola que, desde toda la eternidad, estaba destinada a ceñir la cabeza del glorioso Patriarca.
En la Redención, que no debía cumplirse sino por el sacrificio de Jesucristo en la Cruz, San José fue predestinado, primeramente para ser el testigo auténtico del nacimiento sobrenatural del Salvador e inmediatamente después para convertirse en el guardián de la Virgen y de su Hijo, cuidando de ellos con una fidelidad a toda prueba, proporcionándoles el alimento y satisfaciendo sus necesidades mediante el trabajo de sus manos.
Por eso se puede decir que San José fue predestinado por Dios para ser, de una manera especial, el cooperador del Salvador y de su Madre en la obra de la Redención y es esa precisamente la misión tan sublime que realza a nuestros ojos la dignidad de nuestro santo Patriarca.
Nosotros nos regocijamos, ¡oh glorioso Patriarca! por la elección que el Altísimo hizo de vos para una dignidad tan sublime. Porque, siendo pecadores, nosotros osamos acudir a vos con confianza, pensando que nuestras faltas han sido, en cierta forma, el motivo de vuestra predestinación, porque habéis sido elegido para ser el «ministro de nuestra salvación» (Himno de Laudes de la fiesta de San José). Sed nuestro guía hacia Jesús, el príncipe de los predestinados, e interceded por nosotros cerca de Aquella que posee la llave de todas las gracias y que llamáis con toda verdad vuestra Esposa muy amada.


Cabe destacar de este intenso texto dos apreciaciones. Por un lado el carácter idolátrico del nacionalismo al desviarse el sano amor a la patria tal y como queda reflejado, por ejemplo, en la Suma teológica. De ello se derivaría en boca del propio Canals en una especie de narcisismo colectivo. Por otro lado, el carácter inmanentista, idolátrico y por lo tanto panteísta del nacionalismo, que ha sido detectado por muchos autores. Respecto al panteísmo hay que decir que las condenas sobre el nacionalismo -que algunos teólogos niegan que se hayan producido nunca-, precisamente por ser un inmanentismo, las encontramos en los siguientes puntos de la Mit brennender Sorge. “Venerables hermanos, ejerced particular vigilancia cuando conceptos religiosos fundamentales son vaciados de su contenido genuino y son aplicados a significados profanos. Revelación, en sentido cristiano, significa la palabra de Dios a los hombres. Usar este término para indicar las sugestiones que provienen de la sangre y de la raza o las irradiaciones de la historia de un pueblo es, en todo caso, causar desorientaciones. Estas monedas falsas no merecen pasar al tesoro lingüístico de un fiel cristiano (…). La inmortalidad, en sentido cristiano, es la sobrevivencia del hombre después de la muerte terrena, como individuo personal, para la eterna recompensa o para el eterno castigo. Quien con la palabra inmortalidad no quiere expresar más que una supervivencia colectiva en la continuidad del propio pueblo, para un porvenir de indeterminada duración en este mundo, pervierte y falsifica una de las verdades fundamentales de la fe cristiana y conmueve los cimientos de cualquier concepción religiosa, la cual requiere un ordenamiento moral universal. Quien no quiere ser cristiano debería al menos renunciar a enriquecer el léxico de su incredulidad con el patrimonio lingüístico cristiano”. 
Mirad ese gentío que llega, es una peregrinación. 