

25 jueves Abr 2019
Posted in Artículos - Contracorriente


24 miércoles Abr 2019
24 miércoles Abr 2019
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Y veamos las hermosas alabanzas que concede a España el Santo Padre Juan Pablo II en 1982 por su fidelidad a la fe católica:
*15/10/82 en Roma: «¡Hasta pronto, España, tierra de santos, tierra de Teresa! Te bendigo con toda mi alma, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
*31/10/1982, en Barajas: «Vengo atraído por una historia admirable de fidelidad a la Iglesia y de servicio a la misma, escrita en empresas apostólicas y en tantas grandes figuras que renovaron esa Iglesia, fortalecieron su fe, la defendieron en momentos difíciles y le dieron nuevos hijos en enteros continentes».
*31/10/1982, en Barajas: «España siempre ha querido entrañablemente al Papa».
*31/10/1982, en Madrid: «Pertenecéis a una tierra que supo defender siempre con la fe, con la ciencia y la piedad las glorias de María: desde su Concepción inmaculada hasta su gloriosa Asunción a los cielos, pasando por su perpetua Virginidad».
*3/11/1982, en Orcasitas: «Entre todos los pueblos que no rechazaron, sino que hicieron de la fe en Jesús el centro de su historia, está la querida España, profundamente cristiana».
*6/11/1982, en Zaragoza: «El Pilar de Zaragoza ha sido siempre considerado como el símbolo de la firmeza de los españoles».
*9/11/1982, en Santiago: «La fe cristiana y católica constituye la identidad del pueblo español»… «Estamos en tierras de España, con razón denominada tierra de María».
23 martes Abr 2019
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Concretando en la mujer los principios básicos de la modernidad, también en ella hay cosas inmutables y cosas susceptibles de variación. Es inmutable en la mujer, no debe cambiar lo que es característico de su sexo. Ni el hombre debe afeminarse; ni la mujer debe masculinizarse. Cada cual en sus costumbres debe proceder como reclama su naturaleza y los fines específicos para los cuales ha sido hecho. Y hay que reconocerlo: la mujer tiene hoy el peligro de perder su feminidad, por un feminismo mal entendido que la lleva a imitar las costumbres masculinas en todo. Esta aberración femenina, se quiere defender con el título de modernidad. Se llama joven moderna a la que viste pantalones, a la que fuma como los hombres, a la que bebe hasta poder competir en resistencia con los hombres, a la que toma actitudes hombrunas.
Se llama joven moderna a la que ha perdido algo muy femenino, como es el pudor. Alterna con los chicos en traje de baño; sostiene las mismas conversaciones atrevidas que ellos, los persigue y asalta, como antes hacían ellos con ellas; compite con ellos, si es que no los supera, en el descaro al pasear con actitud vergonzosa por los paseos públicos. Toda la perversión femenina se defiende con una palabra: modernidad. Esto es lo moderno y la joven que no lo practica son anticuada.
Se llaman esposos modernos a los que cambian el hogar por las salas de diversión; a los que pasan el tiempo pensando en las invitaciones que tienen durante la semana y en las que han de organizar ellos para corresponder, a los que en esas invitaciones rompen las vallas de la dignidad humana en la bebida y en el campeonato de chistes picantes; a los que de común acuerdo se dicen: tú baila con aquél y yo bailaré con aquélla, si no es que los pactos llegan mucho más allá todavía; los esposos, en fin, que para llevar esta vida intensa de relajación moral, consideran una carga insoportable los hijos.
Todo esto es lo moderno; y la mujer que no se acomoda a esta vida, tiene que sufrir el abandono y la rechifla de las gentes de buena sociedad; y acaso, la del mismo marido que se avergüenza de tener una esposa a quien sus amistades motejan de anticuada. No, la mujer no puede dejar de ser mujer en las costumbres; como el hombre no puede dejar de ser hombre. La feminidad en sus notas características debe subsistir mientras haya mujeres en el mundo. El hombre mismo debería protestar que la mujer invada el campo masculino.
No lo hace, por una razón muy sencilla: cuanto más salga la mujer del terreno femenino y más se acerque al hombre, más fácilmente podrá explotarla éste para el logro de sus bajos apetitos. Por eso la aplaude, la lisonjea; y la mujer halagada, cae en la red.
23 martes Abr 2019
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Francisco Elías de Tejada
La manera catalana de lo español que vamos a estudiar en estas Jornadas Culturales responde así a la realidad de un pueblo cuya Tradición se manifiesta en una lengua, primogénita entre las latinas para la poesía y para la dicción del pensamiento filosófico; en un derecho, donde fue alcanzada la más perfecta sistemática de fórmulas de concretas libertades; de un quehacer expansivo de la fe de Cristo, tan descomunal en sus hazañas que mejor que tarea de hombres hubo de antojarse resultado de la Providencia de Dios; de un manojo de instituciones creadas, sostenidas y vigorizadas por una dinastía que transformó a la realeza en motor al par que guardián de los Fueros venerables; y de una convicción permanente de que el destino histórico de Cataluña, era parte irrevocable del destino común de las Españas.
Cualquiera de tales aspectos es inseparable de los otros, so pena de destruir el armónico orden que es gloria y prez de las conquistas culturales de Cataluña. Si la recortamos al idioma, habremos labrado esquemas hueros de erudición vacía; si la reducimos a la tabla foral de libertades, empequeñeceremos en detalles la magna proyección imperial que la engrandece y magnifica; si por pruritos de exquisitez vaticanista achicamos la genialidad del providencialismo histórico señero de su historia, olvidamos la personalidad institucional de Cataluña con ofensa de memorias que para todo catalán bien nacido han de ser dignas del amor más entrañable; si confundimos al alma catalana con el sentir monárquico, y mucho más si lo despeñamos en la sima de las discusiones dinásticas, confundiríamos al instrumento con la idea motriz, con peligros de negar el mesurado esquema que justifica a los reyes en la medida en que abanderan los ideales de la Tradición, según la doctrina de la legitimidad en el ejercicio, por todos vosotros sobradamente conocida; y si contempláramos exclusivamente la cara española de Cataluña, o sea su exacta integración en las Españas, incurriríamos en los errores del absolutismo centralista del siglo XVIII o del liberalismo centralista de nuestras decadencias decimonónicas.
Nosotros queremos comprender a Cataluña en su integridad plena, en su literatura seductora, en su derecho aplastado por la europeización enemiga, en su ambición de brazo armado de Cristo, en la vigencia del poder condal del Rey común de las Españas, en el españolismo apasionado que fue emblema de sus gestas imperiales. Y por proceder así, por amar a Cataluña en la integridad de sus hermosuras todas, porque la juzgamos con el del Punyalet “terra beneyta, poblada de leyaltat”, vamos a alzar en estas Jornadas la bandera del empeño de interpretar catalanamente a Cataluña en este nuestro anhelo de reanudar la Tradición perdida.
(VERBO)