La feminidad debe ser inmutable: Lo moderno en el hombre y la mujer

María - Niño Jesús abrazadoConcretando en la mujer los principios básicos de la modernidad, también en ella hay cosas inmutables y cosas susceptibles de variación. Es inmutable en la mujer, no debe cambiar lo que es característico de su sexo. Ni el hombre debe afeminarse; ni la mujer debe masculinizarse. Cada cual en sus costumbres debe proceder como reclama su naturaleza y los fines específicos para los cuales ha sido hecho. Y hay que reconocerlo: la mujer tiene hoy el peligro de perder su feminidad, por un feminismo mal entendido que la lleva a imitar las costumbres masculinas en todo. Esta aberración femenina, se quiere defender con el título de modernidad. Se llama joven moderna a la que viste pantalones, a la que fuma como los hombres, a la que bebe hasta poder competir en resistencia con los hombres, a la que toma actitudes hombrunas.

Se llama joven moderna a la que ha perdido algo muy femenino, como es el pudor. Alterna con los chicos en traje de baño; sostiene las mismas conversaciones atrevidas que ellos, los persigue y asalta, como antes hacían ellos con ellas; compite con ellos, si es que no los supera, en el descaro al pasear con actitud vergonzosa por los paseos públicos. Toda la perversión femenina se defiende con una palabra: modernidad. Esto es lo moderno y la joven que no lo practica son anticuada.

Se llaman esposos modernos a los que cambian el hogar por las salas de diversión; a los que pasan el tiempo pensando en las invitaciones que tienen durante la semana y en las que han de organizar ellos para corresponder, a los que en esas invitaciones rompen las vallas de la dignidad humana en la bebida y en el campeonato de chistes picantes; a los que de común acuerdo se dicen: tú baila con aquél y yo bailaré con aquélla, si no es que los pactos llegan mucho más allá todavía; los esposos, en fin, que para llevar esta vida intensa de relajación moral, consideran una carga insoportable los hijos.

Todo esto es lo moderno; y la mujer que no se acomoda a esta vida, tiene que sufrir el abandono y la rechifla de las gentes de buena sociedad; y acaso, la del mismo marido que se avergüenza de tener una esposa a quien sus amistades motejan de anticuada. No, la mujer no puede dejar de ser mujer en las costumbres; como el hombre no puede dejar de ser hombre. La feminidad en sus notas características debe subsistir mientras haya mujeres en el mundo. El hombre mismo debería protestar que la mujer invada el campo masculino.

No lo hace, por una razón muy sencilla: cuanto más salga la mujer del terreno femenino y más se acerque al hombre, más fácilmente podrá explotarla éste para el logro de sus bajos apetitos. Por eso la aplaude, la lisonjea; y la mujer halagada, cae en la red.