

08 lunes Abr 2019
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07 domingo Abr 2019
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El templo expiatorio de Barcelona, el Cerro de los Ángeles, en Madrid y el Santuario de la Gran Promesa, en Valladolid, son jalones gloriosos que se alzan en el suelo del querido pueblo español, expresando sus sentimientos de amor y reparación con el Corazón de Jesús. Testigos son esos lugares de los raudales de misericordia y de gracia que el Señor derrama y de cuántas personas encuentran un remanso de paz y refugio de salvación, respondiendo a la dulce llamada de: “Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré” “¡Que este fluir de almas hacia el Corazón de Jesús continúe ininterrumpido en estos santuarios…!”
06 sábado Abr 2019
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«Es muy natural que la nación entera y con ella nuestra ciudad se sienta sacudida por este fallecimiento y que todos nosotros, como ciudadanos españoles, llenemos los templos, primero para orar por el alma de Francisco Franco, cuya persona ha estado tan vinculada a todas las nuestras, y luego para implorar a Dios una asistencia especial sobre nuestro pueblo».
Producciones Armada
Tenerife
05 viernes Abr 2019
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“Educar -como le gusta decir al Papa Francisco- es un acto de amor, es dar vida. Y el amor es exigente, pide utilizar los mejores recursos, despertar la pasión y ponerse en camino con paciencia junto a los jóvenes”. La Madre Félix supo responder a este reto, porque aprendió su estilo educativo en la escuela del Corazón de Cristo. Es lo que reflejan algunas de sus cartas a las religiosas, que ofrecemos en este boletín.
Como Superiora General de la Compañía del Salvador, la relación de la Madre Félix con los colegios fue siempre discreta, en la retaguardia. Procuraba delegar, supervisar, atender, etc., animando a todas y cada una de sus religiosas a dar lo mejor de sí a las personas que se le confiaban, a darles a Dios. Pero ella era quien infundía el espíritu, el sentido de la labor educativa que desarrollaban. La M. María Félix alentaba en todas las religiosas la conciencia de la gran misión que el Señor les encomendaba:
«Muy amada Madre y muy amadas todas: Sólo unas líneas para felicitar a todas la fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor (…) Entre todos los ministerios y apostolados, el que ahora el Señor pone en sus manos, el de la docencia, es el más excelente, y así lo declaran Santo Tomás y otros muchos santos Doctores y Padres de la Iglesia. Agradezcan al Señor con toda su alma que las haga modeladoras y, en cierta manera, madres de almas; y modélenlas y nútranlas según el Corazón Divino. Un golpe nervioso sobre el buril puede echar a perder la mejor obra de un buen artista: una falta de equilibrio en la educadora puede desdibujar la imagen que pretende grabar en el alma de su educanda».
(Madrid, 13 de abril de 1952)
Junto a la conciencia de esta gran misión, la Madre se caracterizaba por su capacidad para delegar. Esperaba mucho de las personas, porque toda su confianza estaba puesta en Dios, Maestro interior de las almas. Así lo refleja esta carta que escribía a una religiosa el 16 de febrero de 1969:
«Lo que me cuenta de las niñas no me maravilla. No hay nuevas crisis intrínsecas de juventud; lo que hay es crisis de educadores. Si estas crisis se vencen, la juventud volverá a ser la esperanza de lo grande y bello, porque lo realizará en virtud de la capacidad de sacrificio que Dios le ha dado, le da y le dará». Esta mirada fija en Dios le permitía, además, ordenar las prioridades y ordenar sabiamente toda su actividad: «Téngame al corriente de este apostolado, que es lo que más me interesa. La instrucción de las niñas es medio y moralmente estamos comprometidas con estas, con sus familias, con la sociedad y con la Iglesia por los bienes que resultan del saber humano; pero la meta a la que aspiramos es la educación integral de una criatura racional de Dios, destinada a logros trascendentes y eternos. La instrucción debemos vigilarla y encontraremos profesores que lo harán bien bajo nuestra responsabilidad, pero la formación religiosa y moral del corazón y de la mente de las jóvenes es tarea preferentemente nuestra y esta tarea está ligada a nuestra consagración religiosa íntima y eclesial».
05 viernes Abr 2019
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Personas con atracción por el propio sexo con frecuencia abusan de alcohol, y de drogas legales e ilegales. (Fifield 1977-112; Saghir 1973-113) Tal abuso puede debilitar la resistencia a las tentaciones sexuales. El sacerdote puede recomendar ingresar a un grupo de apoyo que se preocupe de tales problemas.
Pensamientos de desesperación y de suicidio son también frecuentes en la vida de individuos afectados por atracción por el mismo sexo. (Beitchman 1991-114; Herrell 1999; Fergusson 1999) El sacerdote puede asegurar al penitente que hay muchas razones para esperar que la situación va a cambiar y que Dios los ama y quiere que vivan una vida plena y feliz. Nuevamente, perdonar a los demás puede ayudar mucho.
Personas que experimentan atracción por el mismo sexo pueden sufrir de problemas espirituales tales como envidia (Hurst 1980) o autocompasión. (Van den Aardweg 1969) Es importante que el individuo que experimenta atracción por el mismo sexo, no sea tratado como si las tentaciones sexuales fueran su único problema.
La inmensa mayoría de hombres y mujeres que experimentan atracción por el mismo sexo reportan una pobre relación con sus padres (véanse las notas 17 a 23) El sacerdote, como figura paterna que los quiere y los acepta, puede a través de los sacramentos comenzar la labor de reparar el daño y facilitar una relación curativa con Dios Padre. El sacerdote puede también estimular la devoción a San José.
El sacerdote necesita estar al tanto de la profundidad de la curación que necesitan estas personas que tienen un conflicto muy serio. Tiene que ser una fuente de esperanza para los que desesperan, perdón para los que yerran, fortaleza para los débiles, ánimo para los pusilánimes, a veces una figura de padre amante, para los heridos. En suma, debe ser Jesús para estos hijos amados de Dios que se encuentran en una situación muy difícil. Debe ser pastoralmente sensible, pero también pastoralmente firme, imitando como siempre a un Jesús compasivo que curaba y perdonaba setenta veces siete veces, pero que siempre recordaba, «Vete y no vuelvas a cometer este pecado».
Declaración sobre la homosexualidad de la Asociación Médica Católica