La Madre María Félix y la educación (1)

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“Educar -como le gusta decir al Papa Francisco- es un acto de amor, es dar vida. Y el amor es exigente, pide utilizar los mejores recursos, despertar la pasión y ponerse en camino con paciencia junto a los jóvenes”. La Madre Félix supo responder a este reto, porque aprendió su estilo educativo en la escuela del Corazón de Cristo. Es lo que reflejan algunas de sus cartas a las religiosas, que ofrecemos en este boletín.

Como Superiora General de la Compañía del Salvador, la relación de la Madre Félix con los colegios fue siempre discreta, en la retaguardia. Procuraba delegar, supervisar, atender, etc., animando a todas y cada una de sus religiosas a dar lo mejor de sí a las personas que se le confiaban, a darles a Dios. Pero ella era quien infundía el espíritu, el sentido de la labor educativa que desarrollaban. La M. María Félix alentaba en todas las religiosas la conciencia de la gran misión que el Señor les encomendaba:

“Muy amada Madre y muy amadas todas: Sólo unas líneas para felicitar a todas la fiesta de la Resurrección de Nuestro Señor (…) Entre todos los ministerios y apostolados, el que ahora el Señor pone en sus manos, el de la docencia, es el más excelente, y así lo declaran Santo Tomás y otros muchos santos Doctores y Padres de la Iglesia. Agradezcan al Señor con toda su alma que las haga modeladoras y, en cierta manera, madres de almas; y modélenlas y nútranlas según el Corazón Divino. Un golpe nervioso sobre el buril puede echar a perder la mejor obra de un buen artista: una falta de equilibrio en la educadora puede desdibujar la imagen que pretende grabar en el alma de su educanda”.

(Madrid, 13 de abril de 1952)

Junto a la conciencia de esta gran misión, la Madre se caracterizaba por su capacidad para delegar. Esperaba mucho de las personas, porque toda su confianza estaba puesta en Dios, Maestro interior de las almas. Así lo refleja esta carta que escribía a una religiosa el 16 de febrero de 1969:

“Lo que me cuenta de las niñas no me maravilla. No hay nuevas crisis intrínsecas de juventud; lo que hay es crisis de educadores. Si estas crisis se vencen, la juventud volverá a ser la esperanza de lo grande y bello, porque lo realizará en virtud de la capacidad de sacrificio que Dios le ha dado, le da y le dará”. Esta mirada fija en Dios le permitía, además, ordenar las prioridades y ordenar sabiamente toda su actividad: “Téngame al corriente de este apostolado, que es lo que más me interesa. La instrucción de las niñas es medio y moralmente estamos comprometidas con estas, con sus familias, con la sociedad y con la Iglesia por los bienes que resultan del saber humano; pero la meta a la que aspiramos es la educación integral de una criatura racional de Dios, destinada a logros trascendentes y eternos. La instrucción debemos vigilarla y encontraremos profesores que lo harán bien bajo nuestra responsabilidad, pero la formación religiosa y moral del corazón y de la mente de las jóvenes es tarea preferentemente nuestra y esta tarea está ligada a nuestra consagración religiosa íntima y eclesial”.