Una Epopeya misionera
Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R
Sentido misionero de la conquista y colonización de América (24)
La Virgen, clave de América cristiana y testigo amoroso de la piedad y espíritu misionero de los civilizadores del Nuevo Mundo
Pío XII llama benévolamente España, la nación colonizadora, “tierra de María Santísima” y al pasar revista a los episodios de la historia patria encuentra el nombre de Nuestra Señora mezclado siempre a sus hazañas gloriosas. Y entre ellas claro está, la Virgen aparece dominando todo el horizonte de la “epopeya misionera”.
“Porque España ha sido siempre, por antonomasia, la “tierra de María Santísima” y no hay un momento de su historia, ni un palmo de su suelo, que no estén señalados con su nombre dulcísimo”.
“Y si es un Rey Santo el que cabalga para conquistar Sevilla, irá con Nuestra Señora en el arzón (203).
(203) Fernando III, el Santo, Rey de Castilla y de León, conquistador de Córdoba y de Sevilla. Era –como es sabido- gran devoto de la Inmaculada, cuya imagen llevaba siempre en su caballo de guerra.
Y si son proas castellanas las que, precisamente tal día como hoy, violan el secreto de las tierras americanas, sobre una de ellas irá escrito necesariamente el nombre de “Santa María”, ese nombre que luego el misionero y el conquistador irán dejando en la cima inaccesible, en el centro de la llanura sin fin o en el corazón de la selva impenetrable, para que sea también allí fuente de gracia y de bendición”.
(Radiomensaje al Congreso Mariano Nacional de España, celebrado en Zaragoza el día de Nuestra Señora del Pilar, 12-X-1954).
Acerquémonos, pues, siguiendo a Pío XII, a la España del siglo XVI, a la España del descubrimiento y de la conquista. Contemplemos, en los diferentes puertos de la península, la ilusión de los preparativos para los largos viajes de exploración. Sevilla, Cádiz, Bilbao son hervideros de bronceados marineros y soldados que anhelan lanzarse al mar en busca de nuevas tierras que colonizar. Aquí se almacenan materiales, allí se reparan los aparejos del bajel; los unos aprestan municiones, los otros templan las espadas. Pero hay una cosa que ninguno de esos hombres, curtidos por mil batallas y aventuras, en todos los puntos de Europa, puede olvidar: ¡Es María! Quién de ellos ha ido de romería a Guadalupe antes de partir de la patria chica; quién ha ofrecido un cirio al Pilar de Zaragoza; quién ha encargado que le borden en sus banderas la efigie adorada de Begoña. Este último gesto es el que el gran Papa recuerda a los vascos, cuyos antepasados se destacaron—junto con los extremeños—en las heroicas empresas de Indias.
“Y así como hubo un tiempo en que lo mismo el valeroso guerrero vizcaíno que penetraba audaz en las selvas: americanas, portador de la civilización y de la fe; que el navegante osado que salía de vuestros puertos para proteger vuestro litoral, lanzarse a lo desconocido o tomar parte en las grandes empresas hispánicas, todos llevaban escritos en sus pendones o en sus proas el nombre de Begoña e impreso en sus corazones el amor a su Madrecita querida; así ahora todo hijo de esa hidalga tierra, de esa nobilísima villa, sea siempre un cristiano fervoroso que sepa incluso llevar al campo apostólico el empuje, la constancia, la amplitud de miras, que en las empresas humanas os han dado tantos y tan justos triunfos”.
(Radiomensaje a Vizcaya, en el 50 aniversario del patronazgo de Nuestra Señora de Begoña sobre esta provincia, 15-XI-1953).
“Esta devoción profunda de América a la Madre de Dios, en especial bajo la advocación de Guadalupe… ¿qué otra cosa es más que argumento invicto de que la forma sustancial de la obra de España en América fue la fe católica?”
Y si la vigorosa devoción al Santísimo forma el legado común de toda la Hispanidad, ¿qué decir del Perú, “uno de los más claros retoños del recio y catolicísimo tronco hispánicos”, según el mismo Pío XII?
Si la devoción a Jesús Sacramentado brilló tan esplendorosamente en las tierras americanas al sonar la primera hora de la vida histórica para el continente colombino, ¿qué de particular tiene que hoy podamos contemplar a las naciones hijas de aquella labor y a sus más importantes ciudades, postradas a los pies de la Hostia Inmaculada? Ciudades y naciones dignas de haber sido llamadas por Pío XII “eucarísticas”.
Piedad eucarística de conquistadores que, en pocos decenios, cubrió América de templos señoriales y de sagrarios riquísimos, fieles custodios de artísticos vasos sagrados, preciados ostensorios e imágenes y pinturas sacramentales. Piedad eucarística de una civilización, creadora de monumentos inapreciables, que han sido la admiración de los siglos posteriores. Quienes desapasionadamente contemplan hoy las producciones de aquellas épocas, a la vista de tanta magnificencia habrán de confesar que la generación que realizó obras de tanta envergadura artística, de tan relevante mérito, necesariamente iba animada de un alto espíritu civilizador y cristiano. Si el afán explotador y lucrativo hubiera dominado a los hombres de la conquista, las tierras de América no podrían ofrecer a nuestros ojos sino restos de factorías, defendidas por bastiones y ciudadelas formidables, y unidas entre sí por estratégicas vías que facilitarán el transporte de los productos “coloniales”. En lugar de esas obras de lucro y guerra, América ha conservado, como precioso tesoro, obras de paz y de justicia.