Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (23)

La Virgen, clave de América cristiana y testigo amoroso de la piedad y espíritu misionero de los civilizadores del Nuevo Mundo

virgen maría - hispania“Esta devoción profunda de América a la Madre de Dios, en especial bajo la advocación de Guadalupe… ¿qué otra cosa es más que argumento invicto de que la forma sustancial de la obra de España en América fue la fe católica?”

(Cardenal Gomá, 12-X-1934.)

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Es una gloria para España—dirá Radio Vaticano en la emisión ya citada—“el hecho colosal de que al siglo del descubrimiento, América era virtualmente católica”.

Hecho colosal, y único en los anales de las misiones católicas, el que un conglomerado de razas y pueblos tan heterogéneos como el que poblaba las nuevas tierras, abrace tan rápidamente el cristianismo. Un mundo más de cincuenta veces mayor que la península que lo había de evangelizar, con millones de habitantes infieles, entra de lleno en la primera centuria de la conquista en las vías de una total asimilación y transformación a la vida cristiana: he ahí la realidad que nos atestigua la Historia.

¿Cómo explicar esa sorprendente facilidad con que la fe penetró en tierras hasta entonces salvajes e idólatras? El mismo Pío XII nos descubre el sublime misterio en un bello pasaje de su discurso al Congreso Mariano de Colombia: ¡Fue María! Ella sola puede dar razón cabal del “hecho indudable y admirable” que la historia nos atestigua. ¡La Virgen es la clave de la conversión y civilización de la América pagana!

“Y los que quieran profundizar un día en el hecho indudable y admirable de la difusión y conservación de nuestra santa fe en las regiones colonizadas por la Madre España, tendrán que confesar que, para obtener tan gran fruto, el Espíritu Santo inspiró a aquellos heroicos misioneros que con una mano enarbolasen la Santa Cruz y con la otra mostrasen a aquellos pueblos la imagen de Nuestra Señora, plantando allí profundamente aquel triple amor, que ha resistido a todos los huracanes: amor a la Eucaristía, amor a la Madre de Dios y amor al Sumo Pontífice”.

(Radiomensaje al Congrego Mariano Nacional de Colombia, celebrado en Bogotá, 16-VII-1946.)

A la verdad, extiéndase el mapa de América y examínese la nomenclatura de su geografía: se encontrará en todos los rincones el dulce nombre de la Señora; en las cumbres montañosas, en el centro de las islas, en el borde de las playas y en el corazón de las ciudades.

Abrase la Historia del Nuevo Mundo y, en cualquiera de sus capítulos, el alma se enternecerá al contemplar a los bizarros conquistadores postrados ante María antes de comenzar sus campañas, y a esta Virgen piadosa, reinando soberana sobre el pueblo y sobre las jerarquías, en el campo y en las ciudades, en la intimidad de los hogares y en medio de las audiencias y asambleas. María presidía, en una palabra, el ser todo y la vida de la nueva cristiandad.

En España se llamaba Guadalupe, Pilar, Covadonga, Montserrat; para los hijos de América será Luján, Coromoto, Guadalupe, Copacabana, Cahacupé y otras tantas. Pero siempre Ella, la dulce Madre, velando por sus hijos de allá lo mismo que velaba por los de acá. No hacemos más que exponer ideas del gran Papa de la definición dogmática de la Asunción, a quien Dios dotó de un carisma especialísimo para hablar de María con unción y suavidad.

“Imposible sería ni pergeñar siquiera, prescindiendo de su dulcísimo Nombre (de María), la historia de vuestro inmenso continente, cuya ruta encontró con gesto audaz la ruda proa de una nao que se llamaba precisamente “Santa María” y en su día consagrado a la Virgen del Pilar, cuyo primer nombre, en la piadosa e ingenua lengua de sus descubridores, fue “Archipiélago del mar de Nuestra Señora”, y cuyas playas hollaron por primera vez aquellos esforzados campeones que bajo el hierro de las armas escondían un corazón tiernísimo, amante de su Madre celestial, como lo fue vuestro Alonso de Ojeda, el hombre que llevaba siempre consigo una imagen de la Reina de los Ángeles y que iba dejando su recuerdo—al incorporarla al mundo—en las denominaciones de los pueblos y ciudades, de las cimas de las montañas y de los puertos de vuestra nación, una nación eminentemente mariana”.

(Radiomensaje a Venezuela, en la coronación de la Virgen de Coromoto, 12-IX-1952.)