Obras son amores
Descorazonador era el cuadro que ofrecía España en el siglo XIII. Los reinos de Valencia, Andalucía y Murcia gemían bajo la ominosa dominación sarracena. Muchos cristianos apostataban de su fe acobardados ante la perspectiva aterradora de la persecución más bárbara. Las costas estaban indefensas, los pueblos a merced de los corsarios que en las noches desembarcaban, incendiaban los poblados y se llevaban cautivos a sus moradores a las mazmorras del África. Causa pavor leer las atrocidades de los «baños» de Argel, Túnez, Trípoli y Orán, los tormentos indescriptibles que se infringían a las víctimas. No había más disyuntiva: o morían al poco tiempo o, vencidos por las torturas, renegaban de su fe. Tal era el fanatismo feroz y sanguinario de los musulmanes contra nuestro Credo. Lo expresó el califa Omar con este consejo bárbaro: «Debemos comernos vivos a los cristianos, y nuestros descendientes deben comerse a los suyos mientras dure el islamismo». Las apostasías eran pues numerosísimas. Sólo en Granada había treinta mil cautivos y cincuenta mil renegados. La situación no podía ser más trágica. Mientras, allá por tierras catalanas, un hombre de corazón ardiente, Pedro Nolasco, buscaba la perla preciosa de la perfección y en Montserrat entregaba su vida a María. Sucede en las grandes calamidades que muchos se lamentan, algunos -los positivos- oran y actúan, y Dios, Misericordia eterna, socorre siempre.
Una obra necesaria
Así vemos la historia de la Iglesia tachonada de maravillosas obras sociales y heroicidades de vértigo. La Orden de la Merced es una manifestación clara del Sigue leyendo




