Obra Cultural

Los «hermanos» de Jesús

Entre los antiguos judíos se acostumbraba a llamar hermanos a los parientes (Génesis, 13, 8; Tobías 7,15, etc.). Aún hoy día se conserva en muchas partes la costumbre de llamar her manos» y «hermanas» a todos los cercanos parientes. Cuando el Evangelio habla de los hermanos y «hermanas» que Jesús tenía en Nazaret, quiere decir que esos «hermanos» y «hermanas» de Jesús sólo son parientes de nuestro Señor. Los «hermanos» de Jesús a que se refiere el Evangelio son Santiago, José, Judas y Simón. Éstos eran hijos de María de Cleofás (Mateo 27, 56), parienta de la Santísima Virgen, pues San Mateo cita los nombres de Santiago y José (Mateo f3.56), y San Marcos dice que Santiago y José eran hijos de María de Cleofás (Marcos 15,40).

María de Cleofás era «hermana» de la Virgen; nos lo dice San Juan (19, 25): «Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la «hermana» de su Madre, María de Cleofás» Como dos hermanas no se pueden llamar iguales, esa «hermana» de la Virgen se interpreta como parienta de la Virgen. Entonces se deduce que los «hermanos» de Jesús son parientes de la Virgen y parientes de Jesús, pero no hermanos de Jesús en sentido natural.

Para demostrar que Jesús tuvo hermanos carnales por la frase «hermanos de Jesús», de que nos hablan los evangelistas, tendrían algunos engañados que aducir argumentos claros donde se manifestase que tales hermanos son hijos de María. No hallarán ninguno. Los católicos sí les demostraremos que esos «hermanos» no son hijos de María:

-Porque los supuestos hermanos menores de Jesús le dan consejos al primogénito, y eso no era costumbre judía (Juan 7,3).

– Porque en la Anunciación, María indica al Ángel su propósito de no quebrantar la virginidad (Lucas 1,34).

– Porque a la edad de doce años, Jesús aparece como hijo único (Lucas 2,41-43).

– Porque para los habitantes de Nazaret Jesús es conocido, al parecer de modo exclusivo, como el «hijo de María» (Marcos 6,3). Y es significativo que en los Evangelios se reserve este nombre solamente para Él, y aunque a otros se les llame sus hermanos, NUNCA se les llama hijos de María, etc.

María Santísima, Madre de nuestro Señor Jesucristo, afirma la Iglesia Católica que es SIEMPRE-VIRGEN, es decir, que permaneció virgen toda su vida. Esa fe de la Iglesia la han de recibir los católicos como verdad revelada por Dios, de tal modo que se apartan del camino de la salvación si no la creen.

María Santísima no dio a luz más hijos que Jesús, su primogénito. Y ningún hijo más tuvo aquella mujer judía, en cuya lápida del tiempo de Augusto, consta que «falleció al dar a luz a su hijo primogénito». A la objeción de algunos: los Evangelios están escritos en griego, y en griego hay palabras para discernir entre «hermano-pariente y hermano-hermano» (del mismo padre o madre) , la respuesta breve es la siguiente:

Es cierto que están escritos en griego, pero no por griegos (al menos tres de ellos no son griegos: Mateo, Juan y Marcos, y el cuarto, San Lucas, como dice él mismo en los versículos 2 y 3 del capítulo 1 de su Evangelio, ha compuesto su relato valiéndose del testimonio de testigos oculares, todos ellos judíos) .

La Sagrada Biblia, en muchas ocasiones, nos pide una lectura en que hemos de tener en cuenta el contexto. Y éste nos dice que los «hermanos» de Jesús no son hijos de María la Virgen.

La siempre-Virgen María

El Evangelio de San Lucas (1,26-38) nos presenta a María no solamente Virgen, sino también dispuesta a permanecer así. El Ángel se lo aprueba. Los hombres oyen la voz de Dios al oír a la Iglesia afirmar que María es la siempre-Virgen, la Virgen perpetua. Porque San Mateo diga que era Virgen HASTA QUE concibió a Jesús, no se puede deducir que después ya no lo fue. Distintos ejemplos bíblicos nos presentan cosas que pasan hasta un momento determinado sin contradecir a lo posterior a ese momento.

Micol no tiene hijos HASTA QUE muere, ¡y después tampoco! (2 Reyes 6,23). Si el Salmo 110,1 expresa que Jesús se sienta a la derecha de Dios Padre HASTA QUE sus enemigos le sirvan de escabel, no es para que después Jesús se tenga que «levantar», pues «para siempre se sentó a la diestra de Dios” (Hebreos 10,12). Porque Isaías 22, 14 diga: «No será perdonado este pecado HASTA QUE muráis», ¿hemos de entender que después Dios los perdona? Por eso la conclusión que puede deducirse de Mateo 1,25 es que «hasta que» es un hebraísmo que equivale a «nunca», o sea que José no tuvo parte alguna en la concepción de Jesús.

La Inmaculada Concepción

Si usted hubiese elegido a la mujer que iba a ser su madre, ¿no hubiese elegido la mejor posible? Ahora dígame: el Hijo de María existía eternamente ya que era Dios. Lo dice exactamente San Juan casi en la primera línea de su Evangelio: el Verbo era Dios.

Cuando se va a hacer hombre, puede elegir Madre. Mejor dicho, Dios lo, tiene todo elegido desde la eternidad. Tuvo un tiempo eterno para elegirla.

Vio eternamente que la libertad de Adán inyectaría el pecado original a todos los hombres y mujeres, que descendemos de Adán y Eva. Naturalmente, a Dios no pasaba el pecado por hacerse hombre, porque Dios y pecado son incompatibles. Pero, ¿iba a pasar a su Madre? No podemos creerlo. No les cabía tal idea a los cristianos. Pero fue el caso que pasaban siglos, y en la Iglesia se creía que a María no le había tocado el pecado original; sin embargo, los que en la Iglesia podían dar el carpetazo al asunto, seguían siglos y siglos callando la palabra final. Hasta que un Papa, Pío IX, con la autoridad que le da el Espíritu Santo, lo afirmó para siempre: La Virgen María no tuvo el pecado original, ni siquiera un solo instante.

Dice la Sagrada Biblia: «Pongo perpetua enemistad entre ti (demonio-pecado) y la mujer» (Génesis 3, 5). Esa mujer es la Virgen. «Perpetua enemistad» indica que jamás el demonio dominó a María con el pecado, ni el original. Porque si no, aunque fuera un momento, habría existido entre María y el demonio la amistad del pecado.

Entonces; ¿cómo será verdad que Jesucristo nos ha redimido a todos del pecado, incluso a María? Porque esa es una verdad de las que hay que creer para salvarse. Pues la solución no es difícil. ¿Quedaba la Virgen sujeta a contraer el pecado original, como todo descendiente de Adán? Pues sí, quedaba sujeta. ¿Tenía que librarla Jesucristo del pecado, ya que Él es el único Salvador de todo el género humano? Sí, tenía que salvarla Jesucristo. ¿Cómo nos salva a todos? Quitándonos el pecado que debíamos contraer, y que en efecto contrajimos, lavándonos por el Bautismo. ¿Y cómo salvó a la Virgen? La Virgen iba a ser su Madre, y a Ella la redimió, no borrándole el pecado contraído, sino liberándola de contraerlo. Haciéndola no maculada, no manchada, ya desde el momento en que empezó la existencia de María en el seno de su madre Ana.

Pero alguien objetará: «Todos» nacemos… Y respondo: Ni en San Pablo ni en el resto de la Biblia, la palabra «todos» (Romanos 5,12) ha de tomarse en sentido totalmente universal, sin hacer excepciones, pues el mismo Pablo dice: «Todo hombre es mentiroso» (Romanos 3,4).

Preguntamos: Luego, ¿también Jesús, que es hombre? «Todo me es lícito» (1.ª Corintios 10,23). Luego, ¿también el pecado «Obedeced a vuestros padres en todo» (Colosenses 3,20). Luego, ¿también cuando mandan algo contra Dios?

La singular mujer de la que nació Jesús es María, es la Inmaculada Concepción. Por eso los siglos han cantado y cantarán: AVE MARÍA PURÍSIMA, SIN PECADO CONCEBIDA. Todo lo que alabemos en María es alabanza de Dios. Ella anunció una alabanza por generaciones. No hacemos de María una diosa. Pero sí reconocemos en «la bendita entre todas las mujeres», las grandezas del Señor.

«TAL ES LA VOLUNTAD DE DIOS, QUE QUISO QUE TODO LO TUVIÉRAMOS POR MARÍA», dice San Bernardo. Por eso el que reza cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS obtiene de la Madre de Dios gracias singulares para su salvación. No lo olvidemos.