Obra Cultural

Ante todo establezcamos el fundamento doctrinal en el punto de la moral del matrimonio. Esta doctrina está expresada claramente en la encíclica Humanae vitae, del Papa Pablo VI, el 25 de julio de 1968, anunciada ya por el Papa Juan Pablo II, entonces Monseñor Wojtyla. Unos pocos años antes de que Pablo VI publicara dicha encíclica, mucho, muchísimo se combatió tal doctrina; hasta entonces nunca se había hablado contra ella en la Iglesia. Pero todavía después de la encíclica se combatió más, muchísimo más. Comparemos la doctrina de Pablo VI con la de Monseñor Wojtyla, expresada en su libro Amor y Responsabilidad, publicado en 1960.

Doctrina de la Humanae Vitae

«En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma, los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos, y constantemente enseñada por la Iglesia» (n.º 10).

«Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son honestos y dignos y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que, por sí mismos, distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (n.º 11).

«Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador. Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero, y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad» (n.º 12).

«Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aun sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus más íntimas relaciones, y, por lo mismo, es contradecir también el plan de Dios y su voluntad» (n.º t3).

Monseñor Wojtyla, precursor de la Humanae Vitae

Siendo obispo auxiliar de Cracovia, Monseñor Wojtyla publicó en 1960, ocho años antes de la Humanae vitae, su libro Amor y Responsabilidad, que expone la misma doctrina que enseñará Pablo VI, en 1968:

«En las relaciones conyugales del hombre y de la mujer, dos órdenes se entrecruzan: el de la naturaleza, cuyo fin es la reproducción, y el orden de personas que se expresa en el amor y tiende a su más completa realización. No pueden separarse estos dos órdenes porque el uno depende del otro; la actitud respecto de la procreación es la condición para la realización del amor» (p. 255).

«Las relaciones sexuales del hombre y de la mujer en el matrimonio no tienen el pleno valor de una unión de personas más que cuando suponen una aceptación de la posibilidad de la procreación. Tal resulta de la síntesis de estos dos órdenes: de la naturaleza y de la persona. En sus relaciones, el hombre y la mujer no se hallan en una relación limitada a ellos solos: por fuerza de las cosas, su relación engloba a la nueva persona que, gracias a su unión, puede ser procreada» (p. 257).

«Cuando falta esta actitud (“Yo puedo ser padre”, “yo puedo ser madre”), las relaciones sexuales ya no encuentran significación plenamente objetiva a los ojos de los esposos. Si se excluye de las relaciones conyugales radical y totalmente el elemento potencial de paternidad y de maternidad, se transforma con eso la relación recíproca de las personas. La unión en el amor, insensiblemente pasa a ser un placer común, o, por así decirlo, el de los copartícipes… Esta transformación de la recíproca relación de las personas que se realiza en el momento en que éstas excluyen por completo de sus relaciones conyugales la posibilidad de la paternidad o de la maternidad, hace su actitud incompatible con las exigencias de la norma personalista. Cuando el hombre y la mujer excluyen artificialmente la paternidad o la maternidad, corren el peligro de limitar sus relaciones -objetivamente- al goce cuyo objeto sería la persona» (pp.258-259).

«Las relaciones sexuales (conyugales) poseen un carácter y constituyen esa unión en la medida solamente en que contienen la disposición general a la procreación» (p. 259).

«En el orden del amor, el hombre no puede permanecer fiel a la persona más que en la medida en que permanece fiel a la naturaleza. Violando las leyes de la naturaleza, «Viola» también la persona convirtiéndola en objeto de placer en vez de hacerla un objeto de amor» (p. 260).

Un Papa precursor de la Humanae Vitae

Juan XXIII en su encíclica Mater et Magistra ( 15 de mayo de 1961): «La transmisión de la vida humana está encomendada por la naturaleza a un acto personal y consciente, y, como tal, sujeto a las leyes sapientísimas de Dios: leyes inviolables e inmutables, que han de ser acatadas y observadas. Por eso no se pueden usar medios ni seguir ciertos métodos que podrían ser lícitos en la transmisión de la vida de las plantas y de los animales».

Valor máximo

Hemos de estar contentos de la moral católica. Porque sólo ella da sentido verdadero al amor matrimonial. Porque sólo ella abarca la plenitud que significa la procreación. Porque sólo ella explica y enaltece la alegría y el sufrimiento. Porque sólo ella, más allá de la muerte, con esperanza cierta hace divisar la eternidad de un amor que no tendrá quebranto alguno. Hay que defender el amor de todos sus enemigos: la indiferencia, el divorcio, el aborto, el adulterio. No, la moral católica no es una traba, ni una cadena. Es la liberación de todos los egoísmos, la normalización de la vida sexual, un camino sacramental para vivir el Evangelio. Un autor escribe así: «Esposos cristianos, ¿se os ha dicho bastante toda la grandeza sobrenatural de vuestro magnífico misterio: sabéis que por ese Sacramento, hechos ya el principio conjunto de la transmisión de la vida, engendráis hijos que, por la Gracia santificante, serán incomparablemente más hijos del Padre Celestial que vuestros; multiplicáis los hermanos, los coherederos de Cristo, cuya gloria sobresaldrá un día hasta sobre sus cuerpos espiritualizados, edificáis al Espíritu Santo templos en los cuales Él mora y reparte sus divinas larguezas, templos que penetra con sus virtudes, colma de sus dones y llena de sus frutos… Reparáis suficientemente en que por ese acto santo de vuestra unión conyugal extendéis el misterio de la Encarnación de Cristo y que, como en otro tiempo María contribuyó a revestir al Verbo con las vestiduras humanas de sus miembros físicos, vosotros contribuís a revestirle con las vestiduras humanas de sus miembros místicos?» (Croegaert, «La Liturgie Nuptiale»).

Defensas

Para vivir el ideal matrimonial se necesita una piedad sólida. La oración en común de los esposos, la confesión frecuente, la recepción de la Eucaristía, el Rosario familiar. Cuando no se olvidan esos medios, el matrimonio funciona perfectamente. La psicología de los sexos se completa y es una fuente de dicha. Porque en aquel matrimonio reina Dios. Y entonces, como dice el P. Enrique Rondet, «la gracia sacramental del matrimonio les es dada para ayudarles a formar en su alma la imagen de Cristo, el Jefe de la Iglesia…»

«SI QUERÉIS PERSEVERAR, SED DEVOTOS DE MARÍA», decía San Felipe Neri. Perseverar significa acabar bien la vida, o sea, morir en gracia de Dios. Rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS es un cable irrompible que nos lleva a este objetivo: la salvación eterna.