Padre Cano, m.C.R.

Del deseo de ser aplaudido, líbrame Señor.

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La presencia de la Niña Hermosa de Nazaret, María Santísima, todo lo purifica, todo lo santifica.

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El fundamento de la santidad es la renuncia a todo lo que no es Dios. Empecemos por nuestro propio yo.

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La democracia es una máscara, una careta, tras la que se esconden los tronos y potestades de este mundo.

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Todos morimos: seglares, diáconos, religiosos, sacerdotes, obispos, cardenales, papas. Y todos seremos juzgados por Dios.

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El pecado original y nuestros pecados personales desataron nuestros instintos. Para ser santos debemos purificar el corazón.

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El hombre se hace semejante a Dios, participa de la vida divina, cuando vive en gracia santificante.

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Los sufrimientos y dolores llevados con amor se convierten en conversiones de pecadores y más felicidad eterna.

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Pobres despistados. Se hacen un Dios a su medida. Por eso se irritan tanto contra la doctrina de la Iglesia. Dios nos ama infinitamente.