P. Manuel Martínez Cano mCR.

Sangre de Cristo, necesaria para el perdón, ten misericordia de nosotros.

Id, malditos al fuego eterno. Son palabras de Nuestro Señor Jesucristo, nuestro único Redentor. Él sufrió, murió y resucitó para la salvación de nuestras almas. Y dijo: “Apartaos de mí malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41).

Jesucristo habló frecuentemente del infierno. Le llama gehenna de fuego donde el gusano no muere, ni el fuego se extingue (Mt 9, 46), fuego eterno (Mt 25, 41), fuego inextinguible (Mc 9, 42), horno de fuego (Mt 13, 42), suplicio eterno (Mt 25, 46). Allí hay tinieblas (Mt 13, 22), aullidos y rechinar de dientes (Lc 13, 28).

Los condenados “tendrán su parte en el estanque que arde con fuego y azufre” (Apoc 21, 8); los condenados, junto al diablo, la bestia y el falso profeta, “serán atormentados por los siglos de los siglos” (Apoc 20, 10).

El infierno es la privación de la unión gozosa de Dios para siempre y la desesperación y sufrimiento que nacen en el condenado de esa misma privación y del fuego que atormenta alma y cuerpo.

Dios quiere que todo el mundo se salve y perdona siempre al que se arrepiente de sus pecados, pero Dios no puede salvar al que no quiere arrepentirse, Dios respeta la libertad de las personas, y los que quieran, en su soberbia, condenarse irán al infierno.

Morir en pecado mortal, sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Dios para siempre por nuestra propia y libre elección.

¡Castigo tremendo! “¿Qué somos, Señor, para que nos améis hasta el punto de amenazarnos con el infierno si no os amamos?” (San Agustín).

“Las puertas del infierno son los pecados, pues por ellas se precipitan los hombres a él, y quienes abren esas puertas del infierno son las ocasiones de pecar, las malas compañías, malos ejemplos, malas lecturas, escándalos… No te fíes de la virtud pasada, ni de los buenos propósitos presentes… Sólo en la huida de las ocasiones está el verdadero remedio para no caer en pecado” (San Enrique de Ossó).

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia, a propósito del infierno, son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar su libertad en relación con su destino eterno.

“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición; y son muchos los que entran por ella; mas, ¡qué estrecha la puerta y que angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran” (Mt 7, 13-14).

“Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandará ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes” (Vaticano II).

El Cielo de los bienaventurados no es el espacio que rodea a la tierra y que ordinariamente lo vemos de color azul, al que llamamos cielo atmosférico, ni tampoco se trata del firmamento cuajado de estrellas en una noche serena. El Cielo es el lugar y estado de los bienaventurados que gozan de una felicidad sin límites porque sacia todas las apetencias del corazón humano por los siglos de los siglos. ¡Eternamente felices!

“¿En qué juicio cabe querer más arder con Lucifer que reinar con Cristo?” (San Juan de Ávila).