Obra Cultural

Obras son amores

Descorazonador era el cuadro que ofrecía España en el siglo XIII. Los reinos de Valencia, Andalucía y Murcia gemían bajo la ominosa dominación sarracena. Muchos cristianos apostataban de su fe acobardados ante la perspectiva aterradora de la persecución más bárbara. Las costas estaban indefensas, los pueblos a merced de los corsarios que en las noches desembarcaban, incendiaban los poblados y se llevaban cautivos a sus moradores a las mazmorras del África. Causa pavor leer las atrocidades de los «baños» de Argel, Túnez, Trípoli y Orán, los tormentos indescriptibles que se infringían a las víctimas. No había más disyuntiva: o morían al poco tiempo o, vencidos por las torturas, renegaban de su fe. Tal era el fanatismo feroz y sanguinario de los musulmanes contra nuestro Credo. Lo expresó el califa Omar con este consejo bárbaro: «Debemos comernos vivos a los cristianos, y nuestros descendientes deben comerse a los suyos mientras dure el islamismo». Las apostasías eran pues numerosísimas. Sólo en Granada había treinta mil cautivos y cincuenta mil renegados. La situación no podía ser más trágica.  Mientras, allá por tierras catalanas, un hombre de corazón ardiente, Pedro Nolasco, buscaba la perla preciosa de la perfección y en Montserrat entregaba su vida a María. Sucede en las grandes calamidades que muchos se lamentan, algunos -los positivos- oran y actúan, y Dios, Misericordia eterna, socorre siempre.

Una obra necesaria

Así vemos la historia de la Iglesia tachonada de maravillosas obras sociales y heroicidades de vértigo. La Orden de la Merced es una manifestación clara del Amor misericordioso de Dios, que es «también ternura y sensibilidad», en palabras de Juan Pablo II, y que tiene su cauce ideal en María, «la elegida desde toda la eternidad para ser la primera e indispensable colaboradora del plan divino de salvación» (Juan Pablo II, 253-81). María, Corredentora con Cristo de la humanidad caída, no terminó al pie de la Cruz su colaboración en la obra de la Redención, sino que allí tomó la responsabilidad de Madre de todos los hombres. Así lo proclamó solemnemente Pablo VI en el «Credo del Pueblo de Dios»: «Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo su misión maternal con los miembros de Cristo, cooperando al nacimiento y desarrollo de la vida divina en las almas de los redimidos». En esta perspectiva el P. Miguel de Esplugues resume así la «sutil y delicada» teología de la Merced: «Un capítulo de la Redención escrito por la mano bondadosísima de Aquella que, siendo Corredentora del linaje, justísimamente se quiso aparecer como Redentora de cautivos cristianos y apellidarse con el nombre de Nuestra Señora de la Merced».

Y dieron la vida por sus hermanos

Era la noche del 1 al 2 de agosto de 1218, precisamente en la festividad litúrgica de la liberación de San Pedro de las cárceles de Jerusalén. En la ciudad de Barcelona, Pedro Nolasco velaba y oraba cuando recibió la visita de la Madre de Dios y le manifestó su voluntad de que fundara una Orden religiosa consagrada a la gran obra de caridad de rescatar a los cautivos cristianos de la dominación sarracena, bajo la advocación de Santa María de la Merced o de la Misericordia.

El 10 de agosto de 1218, el obispo don Berenguer de Palou celebraba la Santa Misa en la Catedral de Barcelona y con toda solemnidad vestía a Pedro Nolasco y a un pequeño grupo de caballeros el blanco hábito de la Merced. Su fin específico era la santificación de sus profesos por medio de un ministerio particular: redimir a los cristianos que gimen cautivos en poder de los infieles mediante rescate pecuniario. Y si éste no llega, quedándose en rehenes por los que peligran en su fe. Su nota peculiar y heroica: «el voto de sangre», el cuarto voto o juramento sagrado de redimir a los cautivos quedándose en rehenes por los que corrían el peligro de apostatar.

La epopeya mercedaria es una de las glorias más insignes de Cataluña y la más genuina barcelonesa. «La fe y la caridad cristianas que informaban a nuestra gente, trabajadora y atrevida -dice el obispo Torras y Bages-, habían de producir, bajo el impulso sobrenatural de San Raimundo, la admirable expansión de la Orden de la Merced, símbolo de un pueblo mercantil y creyente, de espíritu práctico y misericordioso.»

Cumplieron el «voto de sangre»

Más de quinientas redenciones, todas ellas numerosas, se registran en las Crónicas de la Merced desde la inaugural, en 1218, hasta la considerada como la última, en Túnez y Argel, en 1779. Y otras muchas que únicamente constan en el Libro de la Vida. En los arenales de África centenares de mercedarios derramaron su sangre en defensa de la fe de sus compatriotas esclavizados. De las mazmorras sacaron más de ochenta mil devolviéndolos a sus familias. Si arriesgado era salir de la Patria, cruzar los mares infectados de piratas, meterse indefensos entre enemigos e ir comprando uno a uno a los cautivos, no lo era menos el retorno a los hogares con el preciado botín de su heroísmo. Emociona la lectura de la obra del P. Garí, «Las redenciones». Con veneración contemplaban las gentes a aquellos religiosos sin ojos, o con los labios taladrados, como San Ramón, sin manos, sin orejas, con el cuello torcido, como San Pedro Armengol: Todas señales de su martirio en cumplimiento del cuarto voto de caridad.

Intrepidez femenina

Y en una obra de María, ¿había de faltar el papel esencialmente maternal y caritativo de la mujer? Una barcelonesa intrépida, María de Cervelló, nacida en la alta aristocracia medieval y dirigida por el mercedario Beato Bernat de Corbera, abandona galas y galanes para seguir a Jesucristo en la pobreza y socorrerle en sus miembros. En junio de 1256 Santa María de Cervelló o del «Socors» fundaba la rama femenina de la Orden de la Merced. Las mercedarias añadían a los tres votos fundamentales el cuarto de trabajar con todas sus fuerzas para liberar a los cautivos. Arrostrando todos los riesgos, socorrían y curaban a los cautivos que llegaban enfermos y en estado lastimoso. Por ellos pedían caridad de puerta en puerta. Auxiliaban a sus familias… Este es el lenguaje y sabiduría que vence y convence: el lenguaje del amor. Para cooperar con Jesucristo a la nueva redención de la humanidad, para imitar a la Madre de Dios y Madre de los hombres, vivieron y trabajaron como esclavas con ternuras de Madre.

Actualidad mercedaria

El congreso de Viena, reunido el 9 de junio de 1815, prohibía oficialmente el corso y abolía la esclavitud. ¿Ha caído entonces por su peso la obra de redención de cautivos? «La misión de la Merced, decía el Cardenal Prefecto de Religiosos en una carta a la Orden mercedaria, es urgente y nueva, mientras haya esclavitudes espirituales y materiales que redimir». Y no hay duda que las hay.

Esclavitud significa privación de la libertad. Y la libertad es algo inherente a la naturaleza humana, un don de Dios que podemos utilizar para el bien o para el mal. Es privativa de los seres que tienen inteligencia o razón, y hace al hombre responsable de sus actos. Jesucristo dijo: «La Verdad os hará libres». Pero no puede adherirse libremente a ella quien la desconoce. Por tanto, evangelizar, que significa poner al hombre en condiciones de elegir y conseguir el máximo bien, el supremo fin para el que ha sido creado: Dios, es redimirlo de la esclavitud del error. Tiranía es el pecado. La posibilidad de pecar no es una libertad, sino una esclavitud que arrastramos a causa de nuestra naturaleza caída. «El que comete pecado es siervo del pecado», dice Jesús (Jn. 8,34). Esclavizan también al hombre las múltiples manipulaciones que sufre: «Las manipulaciones ideológicas o políticas que se hacen a través de la opinión pública; las que tienen lugar a través del monopolio o del control, por parte de las fuerzas económicas o de los poderes políticos, de los medios de comunicación social» (Juan Pablo II, 2-6-80, dirigiéndose a la UNESCO). La droga, que obnubila la razón. La corrupción de costumbres, que debilita la voluntad y degrada la persona humana. La persecución que sufre la Iglesia, declarada en algunos países, solapada en otros. Y, en fin, tantas conculcaciones de derechos humanos que están a la vista de todos.

Los mercedarios, bajo el manto de su Reina, trabajan para redimir al hombre de las antiguas y nuevas formas de esclavitud. Que María, Madre de la Iglesia y Redentora de Cautivos, les encienda más y más en el fuego de la caridad para cumplir su misión, y a todos los pueblos obtenga la verdadera libertad en Cristo Jesús.

«NADIE ME ARRANCA LA IMAGEN QUE TENGO GRABADA EN MI CORAZÓN», dice San Luis María de Montfort. Esta imagen de María está en todos los corazones de los cristianos que cada mañana y cada noche rezan las TRES AVEMARÍAS a la Virgen, para conseguir la salvación eterna.