¡Si quieres amar al Corazón de Jesús debes comulgar su cuerpo muy frecuentemente!
30. – LA COMUNIÓN REPARADORA
Si quieres amar al Corazón de Jesús debes comulgar su cuerpo muy frecuentemente. ¿No eres digno? Y para hacerla una vez al año ¿te sientes digno? No eres perfecto. Pero la comunión no es un premio; es un medio para llegar a la perfección. ¿Tienes muchos defectos? Para corregirlos tienes necesidad de la comunión. No son los sanos los que tienen necesidad de curación, sino los enfermos. ¿No sabes que la comunión borra por sí todos los pecados veniales y preserva de los mortales?
La deslumbrante Iglesia de España. del tiempo del cardenal Cisneros, de San Juan de Dios, de San Pedro de Alcántara, de San Ignacio de Loyola, etc.
JEAN DUMONT, Historiador francés
ISABEL LA CATÓLICA, LA GRAN CRISTIANA OLVIDADA
LA EVANGELIZACIÓN DE AMÉRICA (III)
Las grandes iglesias de Europa
En primer lugar, la evangelización de América (que Isabel la Católica y sus sucesores se esforzaron no hacer un coto español, lo cual se ignora) fue obra de las grandes iglesias de España, Francia y Flandes de los siglos XV y XVI, en plena pre-Reforma católica. La deslumbrante Iglesia de España. del tiempo del cardenal Cisneros, de San Juan de Dios, de San Pedro de Alcántara, de San Ignacio de Loyola, etc. La Iglesia de Francia de la magnífica observancia franciscana de Olivier Maillard. La Iglesia de Flandes de la Devotio moderna. ¿Cómo iban a dejar estas iglesias de ser admirables, simplemente por el hecho de atravesar el Atlántico? Los hermanos españoles de San Juan de Dios, los primeros campeones de la caridad, tomaron a su cargo los hospitales de los indios de las minas peruanas. Los primeros evangelizadores de las Antillas y del continente mismo en Venezuela fueron hermanos franciscanos franco-borgoñeses, como Jean de la Deûle, Jean Cousin y Remy de Faulx, designados a petición expresa de Isabel la Católica, por Olivier Maillard, y después por su sucesor, Martial Boulier. El primer evangelizador de México fue el flamenco, hermano lego, Pedro de Gante. Así primero, la evangelización de América fue la gran aventura, el gran testimonio, la gran modernidad de una cristiandad sin fronteras, mucho antes que lo fuese la Europa de hoy.
* San Miguel cuenta con nosotros para luchar contra Satanás.
* No nos engañemos el materialismo liberal y el comunista marxista son iguales.
* La religión es el opio del pueblo, dijo Karl Marx. Yo digo: el marxismo es el laberinto que lleva al infierno.
* «No saber mostrarse bueno con los malos es una prueba de que uno no es del todo bueno» (San Francisco de Sales).
* Si la democracia es el menos malo de los sistemas políticos, con millones de asesinatos de niños cada año, que será el más malo.
* Santa Teresa de Calcuta decía que lo más fácil de este mundo es equivocarse. Hoy he leído: Solo acierta alguna vez quién sabe cambiar de opinión.
* Eso que llaman política, nada tiene que ver con el bien común que es la finalidad de la política. La democracia moderna es una lucha de intereses particulares.
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré».
29. – EL SANTÍSIMO SACRAMENTO
Una dulce palabra sale del sagrario: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré». ¿Quién habla así? El Corazón de Dios. ¿A quién habla? A la pobre criatura débil y enferma. ¿Para qué te llama? Para ser tu fuerza, tu consuelo. Jesús se ha hecho víctima en la Misa. Desea que tú lo recibas en la comunión. Quiere también ser visitado por ti, quiere hablar sólo con tu corazón.
¿Cómo practicas este deseo del Sagrado Corazón? ¿Vas cuando puedes a la iglesia a adorarlo, a ofrecerte a Él, a tomar fuerza, a hacer la comunión espiritual? ¿Le pides perdón por tus culpas pasadas, por los pecados de tu familia, de tus parientes? ¿Lo reparas por tantas almas ingratas, por tantos pecadores moribundos?
D. José Guerra Campos El octavo día Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973
Séptimo: Las normas de disciplina pueden variar, pero sólo por decisión de la autoridad de la Iglesia. La obediencia a las vigentes es voluntad de Dios y preserva la libertad contra las arbitrariedades.
Así, el Concilio Vaticano II dejó establecido que «nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia» (2). En algún caso, además las normas condicionan la validez de los sacramentos; y ningún sacerdote ni otro fiel se atreverá a infringirlas, si conserva la fe en el misterio de salvación que es la Iglesia.
Octavo: Es legítimo renovar los medios prácticos de acción pastoral, siempre que se haga al servicio de los fines permanentes de la Iglesia y sin excluir los medios tradicionales que continúen siendo provechosos.
Noveno: Cuando se está a la busca de nuevas expresiones, aplicaciones o desarrollos de la verdad, mientras que alguna no sea propuesta a toda la Iglesia por el magisterio, hay una zona de opiniones libres, que es necesario respetar. Y lo mismo sucede cuando se buscan medios de acción, mientras la autoridad competente no dicte una norma.
Se ha de evitar una gran tentación actual: la de imponer la dictadura en materias opinables, donde son libres las apreciaciones de los creyentes, mientras por otro lado se tolera todo atrevimiento contra los dogmas.
Décima: Rechazar a toda costa las ambigüedades. Si son fruto de impericia, no tenemos por qué padecerlas; si son fruto de malicia, no podemos implicarnos en una traición contra Cristo y su Iglesia. Fieles a la Iglesia, diremos con los Apóstoles: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (3). Como dijimos en otra ocasión, será inevitable atravesar más de una vez la niebla de nuestras propias dudas, pero es forzoso repeler, como agresores, a los que tienden alrededor de nosotros cortinas de humo.
Estos diez «mandamientos» se resumen en dos: Vigilar y orar, según la palabra de Jesús y en unión con la madre Iglesia.
(17 de julio de 1972).
Notas:
(2) Constitución Sacrosanctum concilium, sobre la liturgia, 22. Antes del texto citado había dicho: «La reglamentación de la sagrada liturgia es de la competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica; ésta reside en la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley, en el obispo. En virtud del poder concedido por el derecho, la reglamentación de las cuestiones litúrgicas corresponde también, dentro de los límites establecidos, a las competentes asambleas territoriales de obispos de distintas clases legítimamente constituidas”.