Semillicas 157

Padre Cano, m.C.R.

Ángeles Custodios* No se nace neutro, para después elegir, ser hombre o mujer. Elegimos ser santos o malvados.

* El poder político viene de Dios, por herencia o por elección, para legislar moralmente.

* El multiculterismo y el nuevo orden mundial son ídolos democráticos. La Unión Europea también.

* Los que odian son los promotores de la Falsa Europa. Son Cristofóbicos, monstruos y endemoniados.

* La verdad nos hace libres e inmortales. La verdad no puede morir, muere nuestro cuerpo y Cristo lo resucitará.

* La llamada civilización progresista es satánica. El asesinato del pequeño Alfie, cometido por los Poderosos de este mundo, es diabólico.

Hispanoamérica. La verdad 86

Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Sentido misionero de la conquista y colonización de América (6)

Las Leyes de Indias—imponente código formado por la monarquía española para el gobierno de América- son otro índice clarísimo de la solicitud misionera y apostólica de los llamados por Mendieta “padres de los indios”.

Nada realza tanto el celo de los reyes de España por sus posesiones de ultramar como el hecho de haber promulgado en los dos primeros siglos de colonización 6.218 leyes de Indias, distribuidas en 218 títulos, abarcados por 3 libros, para reglamentar toda la vida social en aquellos inmensos territorios.

Y, como puede observar cualquiera que las recorra, aunque no sea más que a la ligera, las Leyes de Indias benefician decididamente a los indígenas, a precio, a menudo, de los intereses de los mismos colonos.

Posesiones del Rey Felipe II“Todo el título X del libro sexto—como resume el americanista D. M. R. Navas—dispone que se castigue severamente a los individuos que de algún modo perjudiquen a los indios, y ordena que nunca se ocupe a los indios sin darles sus pagas; que no se les obligue a trabajar en cosa que beneficie a eclesiásticos o caciques; que los indios puedan quejarse a las Audiencias sin formalidades; que esas Audiencias deben darles plena satisfacción; que los delitos contra indios sean castigados con mayor rigor que los que se cometan contra los españoles (Felipe II, 19 de diciembre de 1593); que jueces especiales visiten las provincias de las Indias para corregir los malos tratos, etc.”

Ramiro de Maeztu comenta así la grandeza moral de la legislación indiana, testimonio perenne del celo y de la solicitud misionera de un país católico:

“Ninguna legislación colonial extranjera es comparable a nuestras leyes de Indias. Por ellas se prohibió la esclavitud, se proclamó la libertad de los indios, se les prohibió hacerse la guerra, se les brindó la amistad de los españoles, se les reglamentó el régimen de encomienda para castigar los abusos de los encomenderos, se estatuyó la instrucción y adoctrinamiento de los indios como principal fin e intento de los reyes de España, se prescribió que las conversiones se hiciesen voluntariamente y se transformó la conquista de América en difusión del espíritu cristiano”.

Y el escritor norteamericano Ch. F. Lummis concluye:

“El asombroso cuidado maternal de España por las almas y los cuerpos de los salvajes que por tanto tiempo disputaron su entrada en el Nuevo Mundo, empezó temprano y nunca disminuyó. Ninguna otra nación trazó y llevó a cabo un “régimen de las Indias” tan noble como él que ha mantenido España en sus posesiones occidentales por espacio de cuatro siglos”.

Pío XII alude al “espíritu universal y católico” de estas famosas leyes, realización práctica y concreta de los luminosos principios del Derecho de Gentes que Vitoria explicaba el primero en Salamanca.

“…Basta recordar el intento, en gran parte logrado, de aquellos grandes misioneros, secundados por el espíritu universal y católico de la legislación de sus monarcas, de fundir en un solo pueblo, mediante la catequesis, la escuela y los colegios de Letras Humanas, el elemento indígena con las clases cultas venidas de Europa o nacidas ya en tierra americana”.

(Radiomensaje al V Congreso de la Confederación Interamericana de Educación Católica, reunido en La Habana, 12-I-1954.)

Mostacicas 87

Don Manuel

Santa Teresita del Niño Jesús - Rosas* La ideología de género es una obsesión sexual; es lujuria.

* En el democratismo no existen las razones, impera el cinismo.

* El pueblo va diciendo que hay mucho chorizo y choriza en el democratismo.

* Quiénes no siguen la tradición de su patria son traidores, zánganos y zánganas.

* Hace dos años se fundó la primera Asociación de Científicos Católicos. Ya son 750.

* Tires por donde tires, ves rostros que reflejan la belleza, la ternura y pureza de Dios.

* Bien, de acuerdo: «Separatismo e independentismo no es lo mismo». Pero los dos son hijos del mismo diablo.

Nación y romanticismo

Juan Manuel de Prada

Crucifijo y Bandera de EspañaEl pecado demoníaco por excelencia es el orgullo. Por orgullo se rebeló Lucifer y fue expulsado del Cielo; y por orgullo de querer ser como dioses probaron el fruto del árbol prohibido nuestros primeros padres. El romanticismo exaltó el pecado del orgullo y lo quiso convertir en virtud del hombre endiosado que sólo puede amarse a sí mismo, rezarse a sí mismo, adorarse a sí mismo. Inevitablemente, fue el endiosado hombre romántico el que se burló de los conceptos de patria y patriotismo, que son hijos del amor, y exaltó los conceptos de nación y nacionalismo, que son hijos del orgullo.

Santo Tomás consideraba que el patriotismo era una expresión de la piedad, que es la virtud de reverencia que se profesa a las cosas que consideramos especialmente valiosas, aunque sean pequeñas, feas y frágiles; pues, amándolas (y corrigiéndolas) en su pequeñez, fealdad y fragilidad, las mejoramos cada día. El patriotismo se nutre de vínculos afectivos ciertos, de amores palpables a nuestros ancestros, a los paisajes que nos vieron crecer, a las tradiciones que heredamos y reverdecemos, a los principios que compartimos. El nacionalismo, por el contrario, se nutre orgullosamente de lo que los románticos llamaban el “espíritu del pueblo” (Volkgeist), un principio subjetivo que se impone colectivamente a los hombres para unificarlos, a la vez que segrega a quienes se perciben como extraños. El Volkgeist fomenta la igualdad de hormiguero y segrega al extraño, excluye lo diferente y anhela una pureza que expulsa de su seno a quienes piensan distinto. Por supuesto, el nacionalismo romántico proclama la autonomía absoluta de la nación: frente al patriota que, sabiéndose necesitado de otros hombres, busca el auxilio de sus vecinos (y la ayuda de Dios), el nacionalista se cree autosuficiente, omnisapiente, infalible. Su amor a la nación no nace, como el amor del patriota, de una piedad abnegada, sino de una devoción ensoberbecida, ciega e idolátrica. Porque la nación es el espejo en el que se contempla orgullosamente, la creación que alimenta su conciencia de superioridad, la prueba de que su razón endiosada puede ignorar las enseñanzas de la Historia y la urdimbre de afectos e instituciones con que se amasan las realidades de la vida.

En el concepto romántico de nación se consagra el derecho de la razón de configurar la realidad a su antojo, en contradicción con los hechos ciertos, en contradicción con la carne y la sangre, en contradicción con lo que Chesterton llamó “la democracia de los muertos”. El nacionalismo se erige así en el hijo predilecto de una política prometeica, pura poiesis o arte de construir abstracciones, en rebelión contra una política aristotélica, que es praxis que parte de la realidad para introducirle correcciones y mejoras al servicio de la comunidad. El nacionalismo romántico desprecia orgullosamente la verdadera realidad existente y se afana por imponer hegemónicamente una salvífica realidad ilusoria que la desplaza y sustituye. Y, sirviéndose de todos los medios (desde la escuela a los medios de comunicación) , el nacionalismo romántico impone hegemónicamente esta realidad ilusoria (¡y salvífica!) a todos los individuos que aspiran a participar del Volkgeist; es decir, a todos los que quieran redimirse y elevarse orgullosamente sobre la chusma de incrédulos, tibios, traidores y enemigos del pueblo. A los que, por supuesto, se marcará y condenará al ostracismo; y a los que se controlará con métodos de vigilancia variopintos, a veces rebozaditos con el almíbar de la “fiesta democrática”. ¿Acaso hay algo más acorde con el orgullo romántico del nacionalismo que una convocatoria de referéndum?

(ABC, 7 de agosto de 2017)