Miguicas 314

San Justino, filósofo y mártir, el más importante de los Padres apologistas del siglo II. Con la palabra «apologista» se designa a los antiguos escritores cristianos que se proponían defender la nueva religión de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana de una manera adecuada a la cultura de su tiempo.

Padre Martínez m.C.R.

* El sacerdote es el medio ordinario para salvar a las almas.

* Las tentaciones vienen sin llamarlas. Debemos combatirlas como valientes soldados de Cristo.

* Aprended, aprendamos a seguir por el camino que nos enseñó Cristo. Sí, es estrecho, pero es el camino que lleva al Cielo.

* “Colón jamás partió al descubrimiento de tierras nuevas, sino en busca, por Occidente, del continente asiático, con el fin de ganar para la cristiandad, y por ende para Europa unos aliados potentes” (José Ungría).

* Cristo quiso derramar hasta la última gota de su sangre para manifestarnos su amor y mostrarnos la malicia del pecado.

* Jesucristo alcanzó para toda la Humanidad la salvación. Recuperó para nosotros los dones sobrenaturales, la amistad divina y la condición de hijos adoptivos de Dios y herederos del Cielo.

* Pero para que los frutos de la Redención se apliquen de hecho a todos los hombres es necesario que los hombres correspondan a Dios con su fe, su amor, su obediencia, el arrepentimiento de sus pecados, la oración y la frecuente recepción de los sacramentos que nos transmiten la vida divina.

* La Virgen de Fátima y sus hijos abarrotaron la Basílica de Nuestra Señora de la Merced. Muchos fieles no pudieron entrar. Pero marcharon contentos de haber acompañado a María Santísima por las calles de Barcelona.

DEFENSA de la HISPANIDAD 26

Ramiro de Maeztu

EL SENTIDO DEL HOMBRE EN LOS PUEBLOS HISPÁNICOS (V)

El humanismo moderno (1) 

Este sentido nuestro del hombre se parece muy poco a lo que se llama humanismo en la historia moderna, y que se originó en los tiempos del Renacimiento, cuando, al descubrirse los manuscritos griegos, encontraron los eruditos en las «Vidas Paralelas», de Plutarco, unos tipos de hombre que les parecieron más dignos de servir de modelo a los demás que los santos del «Año Cristiano». Como así se humanizaba el ideal, el humanismo significó esencialmente la resurrección del criterio de Protágoras, según el cual el hombre es la medida de todas las cosas. Bueno es lo que al hombre le parece bueno; verdadero, lo que cree verdadero. Bueno es lo que nos gusta; verdadero, lo que nos satisface plenamente. La verdad y el bien abandonan su condición de esencias trascendentales para trocarse en relatividades. Sólo existen con relación al hombre. Humanismo y relativismo son palabras sinónimas.

Pero si lo bueno sólo es bueno porque nos gusta, si la verdad sólo es verdadera porque nos satisface, ¿Qué cosas son el bien y la verdad? Una de dos: reflejos y expresiones de la verdad y el bien del hombre o sombras sin sustancia, palabras y ruidos sin sentido, como decían los nominalistas que son los conceptos universales. Ya en la Edad Media se discutía si lo bueno es bueno porque lo manda Dios o si Dios lo manda porque es bueno. La idea de Protágoras, de terciar en la disputa, sería probablemente que lo bueno es propiedad de ciertos hombres, y no de otros. En estos siglos últimos, este género de humanismo sugiere a algunas gentes, y hasta pueblos enteros, o por lo menos, a sus clases directivas, la creencia en que lo que ellas hacen tiene que ser bueno, por hacerlo ellas. El orgullo suele ser eso: lanzarse magníficamente a cometer lo que las demás gentes creen que es malo, con la convicción sublime de que tiene que ser bueno, porque se desea con sinceridad. Y como con todo ello no se suprimen los malos instintos, ni las malas pasiones, el resultado inevitable de olvidarnos de la debilidad y falibilidad humanas tiene que ser imaginarse que son buenos los malos instintos y las malas pasiones, con los que no tan sólo nos dejaremos llevar por ellos, sino que los presentaremos como buenos. El que crea que lo bueno no es bueno, sino porque lo hace el hombre superior, no sólo acabará por hacer lo malo creyéndolo bueno, sino que predicará lo malo. No sólo hará la bestia, creyendo hacer el ángel, sino que tratará de persuadir a los demás de que la bestia es el ángel.

El octavo día 109 – CRISTO, LUZ PARA LOS HOMBRES Y PARA LOS PUEBLOS (VIII)

SAN FRANCISCO ABRAZANDO A CRISTO EN LA CRUZ

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Precisamente porque conocemos el valor cristiano de la vida social, no podemos ocultarlo; tenemos que exponerlo, realizarlo, defenderlo, sean cuales fueren las situaciones de desconocimiento o de repulsa de hermanos nuestros. ¿Por qué hemos de tolerar con laxitud cualquier forma de vida social, aunque sea con menosprecio de su contenido religioso y de los más finos valores morales?

Cristo es un dato irreversible. No es algo accidental; es el sentido de la historia, y nada, ninguna concepción por brillante que fuese, aunque la expongan hombres de la Iglesia, puede justificar la traición a la presencia visible, profesada, de Cristo entre los hombres o, lo que es lo mismo, no hay amor a los hombres sin amor a la verdad. Recordemos, a este respecto, las palabras incisivas del Padre Santo, Pablo VI, en su encíclica Humanae Vitae, dirigiéndose a los sacerdotes: «No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo, es una forma de caridad eminente hacia las almas», y continúa diciéndoles que imiten al Señor, «intransigente con el mal, misericordioso con las personas»; al Señor que dijo: «La verdad es la que os hará libres» (Jn. 8, 32).

El mismo Papa, hablando, el pasado día 5 de este mes, a todos los obispos del mundo, en conmemoración de la clausura del Concilio Vaticano II y exhortándonos a que presentemos constantemente pura e íntegra la verdad de la fe al pueblo, que tiene imprescriptible derecho de recibirla, nos dice: «Sepamos caminar fraternalmente con todos los que, privados de esa luz que nosotros gozamos, tratan de llegar a la casa paterna a través de la niebla de la duda. Pero si nosotros compartimos sus angustias, que sea para tratar de curarlas; si les presentamos a Jesucristo que sea el Hijo de Dios hecho hombre para salvarnos y hacernos participar de su vida, y no una figura totalmente humana, por maravillosa y atrayente que sea.»

Sin este amor a la verdad (que por ser amor es ya plenamente respetuoso de la intimidad y la libertad de los hermanos), la vida social, so pretexto de lograr la unidad por abajo, mediante un humanismo recortado, da necesariamente paso libre al ateísmo.