cosicasIsabel

La Madre de Dios y de la Iglesia

La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también unida con la Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la calidad y de la unión perfecta con Cristo.

Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es también llamada madre y virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y singular como modelo tanto de la virgen como de la madre. Creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como una Eva, que presta su fe exenta de toda duda, no a la antigua serpiente, sino al mensajero de Dios. Dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rom. 8, 29), esto es los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno. (Lumen Gentium 63)

La mujer es más humilde que el hombre

La mujer es más humilde que el hombre. Es verdad que es vanidosa, les gusta las llamen “feas”, pero la vanidad no es soberbia, y se cura con agua bendita. El hombre es orgulloso, y si es español en grado superlativo. Los alemanes, cuando se enfadan dicen: “Ich bin stolz wie ein spanier, (yo soy orgulloso como un español)”; y nuestra historia, como la de ellos, está llena de desaciertos por orgullo. El “más quiero honra sin barcos que barcos sin honra”, lo llevarían a la práctica nuestros héroes Gravina, Churruca y Alcalá Galiano, que murieron como unos bravos en Trafalgar, cuando lo cuerdo hubiera sido no dar la batalla en condiciones desventajosa, como ellos habían visto y dicho. Y “Dios que resiste a los soberbios y da gracias a los humildes” (Prov. 3, 34; 1 Pe. 5, 5; Sant. 4, 6), a las mujeres, más humildes, da sus gracias más abundantemente. (P. Jesús González-Quevedo, s.i.)

Madre

Santa Teresa del Niño Jesús, doctora de la Iglesia, escribía en una carta: “Dios ha derramado en el corazón de las madres. . . algo del amor del que desborda del propio corazón de Dios”

En otra carta exponía: “La obra maestra más hermosa del corazón de Dios. . . es el corazón de una madre”.

“El amor auténtico y fiel. . . es el amor de madre”. (Benedicto XVI)

“Nadie tan Madre. . . como Dios. (San Agustín)

Arrepentimiento y misericordia  

El arrepentimiento con lleva también la confesión del o de los pecados, solicitando a Dios su perdón, lo cual, una vez logrado éste, obtendremos paz y tranquilidad de espíritu. Si hemos renunciado rigurosamente al pecado, nuestro corazón será benevolente y estará dispuesto a deshacer el mal cometido, a confesar el pecado, e incluso a humillarnos a causa del mismo, ya que el arrepentimiento implica humildad y también disponernos siempre a hacer lo correcto, confesando nuestras faltas a Dios.

Pues el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios. (Juan 3, 20-21). (Agustín Fabra – El Eco de la Milagrosa)

La mujer

Edith Stein

Esto es posible explicarlo de otro modo. Todo lo abstracto es finalmente parte de un concreto. Todo lo inerte sirve finalmente a lo vivo. La actividad abstracta está por eso al servicio de todo lo vivo. Quien puede abarcar este todo con la mirada y conservarlo vivo, se sentirá ligado a él aunque está absorbido en la ocupación más monótona y abstracta, y esta ocupación se le hará tolerable y en el mayor parte de los casos se obtendrá un resultado objetivamente mejor y más rico de significado que cuando se pierde de vista el todo por la parte. Cuando se debe elaborar una ley o un decreto, el hombre quizá se esforzará por la forma jurídica más perfecta y quizá descuidará un poco las relaciones concretas que se deben regular, mientras que la mujer, si permanece fiel a su carácter propio, también en el parlamento o en el servicio administrativo, partirá del fin concreto y buscará el medio para lograrlo.

La mujer y el amor

“Uno de los primeros compromisos – misión para la mujer es promover el orden de la amor sin el cual toda la familia humana se vería comprometida y empobrecida. Y hay que promoverlo a todos los niveles: en el matrimonio, en el celibato voluntario por el Reino, en la maternidad, en el compromiso social, en el campo de la vida nacional e internacional. Esta inclusión en los varios tejidos de la sociedad y de la Iglesia, por parte de las mujeres, del orden del  amor es ese “signos de los tiempos” indicado por San Juan XXIII como misión y toma de conciencia de la dignidad de la mujer, que no puede faltar donde el concepto del amor, como vemos a menudo hoy, frecuentemente está revestido de enfoques ambiguos y estéticos – utilitarias”. (Ettore Magnati)

Falta de autoridad

“Creo que dejar que un sacerdote o un obispo diga cosas que socavan o arruinan el depósito de la fe, sin interpelarle, es una falta grave. Como mínimo, hay que interpelarle y pedirle que explique las razones de sus comentarios, sin dudar en exigirle que los reformule de manera conforme a la doctrina y a la enseñanza secular de la Iglesia. No podemos dejar que la gente diga o escriba cualquier cosa sobre la doctrina, la moral, lo que actualmente desorienta a los cristianos y crea una gran confusión sobre lo que Cristo y la Iglesia siempre han enseñado”. (Cardenal Robert Sarah)