Guerra-Campos.5Ateísmo-Hoy
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Fe Católica-Ediciones, Madrid, 1978

II NECESIDAD DE ABRIR LOS OJOS ANTE LOS SIGNOS DE DIOS

  1. No eludir los interrogantes hondos y permanentes.

En el apartado anterior traté de resumir con la máxima precisión cuál es el pensamiento de la Iglesia Católica, según ha sido formulado por el Concilio Vaticano II y por el Papa actual, en relación con las personas de los ateos, con el valor humanista o no del ateísmo en cuanto doctrina, en cuanto conducta, en cuanto inspiración programática de la vida social; y también en relación con las obligaciones de la misma Iglesia en el orden testimonial y doctrinal, en relación con la responsabilidad de los creyentes y finalmente, en relación con la intransferible responsabilidad de los mismos ateos. Desde este punto vamos a continuar; es quizá el punto clave de toda la cuestión.

Ya hemos avisado, de acuerdo con las orientaciones de la Iglesia, que si hay algo deformador de criterios y perspectivas, es tratar este tema sin su método propio. Esta es una cuestión religiosa, tanto si se mira por el lado positivo como por el lado del vacío o de la ausencia. Una cuestión religiosa exige ineludiblemente un planteamiento religioso. Ahora bien, nada hay más alejado de un planteamiento religioso que limitarse a situar las consideraciones o los diálogos en un plano meramente social, en un nivel de confrontaciones horizontales, en el que -como dijimos- se entrecruzan acusaciones, defensas, reconvenciones, comprensiones, concordias y discordias. Todo ello, con ser importante, es bastante secundario y estéril si cada uno no se enfrenta consigo mismo, con la última intimidad de su propia conciencia, allí donde se asoma precisamente el misterio de la libertad y la responsabilidad y, por lo mismo, la orientación religiosa de la cuestión, al menos incoada, aunque sea en formas confusas. De esto se trata. Puesto a hacer sus observaciones al ateo, el creyente -excluido naturalmente el talante del juzgador, más bien con una actitud fraterna, que nace de compartir en principio las oscuridades y dificultades- se propone llevar a los hermanos la ayuda de la luz, no una luz propia, sino sencillamente la indicación de una luz que está ahí ofreciéndose a todos, amando a todos, juzgando a todos.

La atención debida a los indicios, signos o manifestaciones de Dios es lo más importante de todo el tema del ateísmo. Sin esto toda la exposición que hemos hecho sólo serviría para satisfacer una curiosidad o para solazamos en un análisis más o menos filosófico. Pero no puede haber la debida atención a los signos de Dios -y no hay un comportamiento auténticamente racional por parte de los ateos, quienes en muchos casos, como les recuerda el Papa actual, se precian de su racionalidad- si falta la atención a la ineludible presencia de las cuestiones más fundamentales y permanentes. Tienden fácilmente a rehuirlas los que esperan del solo esfuerzo humano la satisfacción de todos los deseos, o los que desesperan del sentido de la vida o le dan sentidos puramente subjetivos (84). La Constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II nos da, en su número 10, un breve catálogo de preguntas que considera como los interrogantes hondos a los cuales hay que llegar siempre, bien sea en el diálogo interhumano bien sea en la reflexión íntima de cada uno:

“¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor del mal, de la muerte, que a pesar de tantos progresos hechos subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?” (85).

  1. Atención a los indicios de Dios en el mundo: origen y finalidad.

Baste aludir, sin detenernos, a los indicios que presenta el .mundo, en el que estamos situados, por razón de su origen y de su finalidad. Es fácil comprobar que los ateos modernos dejan de hacer las preguntas que la realidad impone. Por ejemplo: se parte del hecho de la existencia del hombre, considerado como algo cualitativamente superior a las formas anteriores de la naturaleza. (Cualitativamente superior: en esto consiste la oposición del materialismo de tipo marxista contra el materialismo mecanicista, al que aquel aborrece por su pretensión simplista de reducirlo todo a datos cuantitativos). Pero nadie, entre los ateos, se pregunta seriamente cuál es la causa cuáles son los factores causales suficientes para explica; ese salto cualitativo, que conduce al hombre.

Ya hemos visto que en el siglo XIX y primeros decenios del actual, en virtud del espíritu monista, era cómodo para muchos dIspensarse de examinar esa pregunta. Bastaba responder: “eso se explica por la evolución”. Respuesta sin contenido, porque la “evolución” connota un modo de producirse las cosas, pero no determina sus factores causales; es una petición de principio repetir el modo genético cuando se pregunta por la causa. Después de la depuración metodológica de la Ciencia positiva, esa evasión cómoda ya no es posible.

Ciñéndonos a considerar la dimensión histórica y genética del mundo, con la aparición sucesiva de sus formas, nos impresiona el hecho de que casi todos los investigadores científicos han abandonado la vieja tesis de los ciclos eternos. La evolución del universo aparece ahora como un proceso limitado, que se desarrolla en tiempo o en tiempos finitos. La cuestión del origen, antes eludida y nunca explicada, se presenta de nuevo de modo apremiante. Porque la misma visión científica del proceso evoca nada menos que el misterio de la Creación, puesto que nos hace asomarnos enigmáticamente a un punto cero (86). Cuando se rehúye este misterio -que, como todo misterio, es luz en medio de las sombras- caemos en el absurdo: nos encontramos, como se ha dicho, ante la imagen de un “universo cuyos dos extremos (el extremo del origen y el de la finalidad) penden lamentablemente en el vacío o la nada” (87).

Y así topamos con lo más significativo: las preguntas sobre la finalidad y el sentido. Todas ellas llevan siempre a Dios. No son preguntas de fácil respuesta, pero menos fácil es rehuirlas. Hemos presentado ya el caso del biólogo Jacques Manad que, sin desconocer los aspectos finalistas y proyectivos que caracterizan al hombre y se manifiestan también en otras formas de vida, propone sin embargo prescindir de ellos y optar en favor de una interpretación mecanicista del todo por la ley del azar y la necesidad (88). Lo cual no es ciertamente una solución conforme a la realidad; es más bien cortar el nudo, a la desesperada, para sacarse de encima un problema acomodándose a una perspectiva arbitrariamente elegida y trazada.

A los que reflexionan sobre el mundo, éste les ofrece un contraste incómodo entre la abundancia de manifestaciones de la finalidad (la maravilla del ojo, etc., etc.) y la abundancia de apariencias de azar. Están tan entrelazadas unas y otras que es difícil obtener una visión racional que las unifique. Pero, vuelvo a repetirlo, mucho más difícil es eliminar la complejidad de lo real. La finalidad brilla en cada una de las partes del universo, en cada uno de los vivientes, en cada una de las operaciones humanas. Es más oscuro el sentido total del universo, que a algunos parece un enigma sin sentido. En todo caso, el conocimiento profundo de la Naturaleza, sobre todo en lo biológico, descubre una “ordenación finalista” tan espléndida, en medio de las mismas apariencias de azar, que no permite eludir la referencia a un Poder inteligente y sobrehumano. Quizá la verdadera dificultad preocupante es la que apuntamos al comienzo de estas lecciones: saber si esa finalidad está ordenada a mi bien, si el poder que rige el universo es amor. La Revelación cristiana ilumina precisamente esta cuestión; pero los que tratan de resolverla por solo razonamiento o por análisis de experiencias o de situaciones del mundo físico no logran salir de una enojosa incertidumbre. Por esta razón en los tiempos recientes muchos tienden a desinteresarse de lo cosmológico como camino hacia Dios.

Notas

(84) GS 21.

(85) GS 10.

(86) Cf. los Autores citados en las notas 47, 48 Y 49, en especial los Discursos del Papa Pío XII Y las obras de Tresmontant, Wittaker, Ciurana. Resultan aleccionadores los esfuerzos de ciertos autores marxistas por escapar del misterio al que ahora conduce la ciencia física, tan lejana de los planteamientos que utilizaba un Engels para sus tesis anticreacionistas. Engels se apoyaba en la certeza física astronómica del eterno movimiento circular de la materia. La astronomía y cosmogonía recientes tienen que renunciar a esa visión estacionaria Y se encuentran ante la necesidad de reconocer el inicio de un proceso (ef., por ejemplo, las obras del astrónomo P. Couderc: L’expansion de l’Univers, P.U.F., Paris., 1950; L’Univers, Paris, 1955). Aunque la idea de creación no está ligada a un comienzo temporal, naturalmente la nueva visión de los hechos físicos ha suscitado el tema de modo muy sensible. Sobre la cuestión científica y las reacciones de algunos autores ante sus implicaciones teológicas (que el mismo Couderc deja a un lado), ver la obra citada de Tresmontant, págs. 11-39, 109-134, págs. 403406; y la obra también citada de Ciurana. J. M. Riaza, El comienzo del mundo. Exposición a la luz de los avances científicos actuales. BAC, nº 179, Madrid. Ofrece muchos datos, expuestos con sencillez, J. Loring, Para salvarte: Compendio de las verdades fundamentales de la Religión Católica y normas para vivirlas, Edit. Sal Terrae, Santander, págs. 9-49 de la 36ª ed. (1972); hay ediciones posteriores, en conjunto más de un millón de ejemplares. Ver también los escritos de A. Dué Rojo citados en dicha obra de Loring, y en especial: Vida y muerte del Cosmos, Ed. Razón y Fe, Madrid, 1962. J. E. Charon, Los grandes enigma de la astronomía, Plaza y Janés, Barcelona, 1970. Indicaciones sobre. la teoría de la “expansión del universo”, en el manual de Ignacio Puig, La astronomía contada con sencillez, Ed. Escelicer Madrid-Cádiz, 1960, págs. 369-389. Ver Nota final.

(87) P. Couderc, L’Architecture de l’Univers, Paris, 1947, pago 126 (CItado por De Solages, ob. cit., pág. 97; y por Tresmontant, ob. cit., pág. 35).

(88) Véanse cita y textos de J. Monod, supra, en las notas 22 y 23: Cf. L. Cuénot, Hasard ou finalité -L’inquiétude métaphysique, Ed. du Renouveau, Bruxelles, 1946; L’Évolution biologzque, Paris, 1951. Sobre el “azar” como intento de explicar el origen de la vida, ver entre otros textos las observaciones críticas del físico Guye y del famoso autor ruso Oparine: en la ob. cit. de Tresmontant, págs. 189-208. Sobre la finalidad en biología cf. también: H. Rouviere, Vie et Finalité, Paris, 1947; L. Bounoure, Déterminisme et Finalité, Paris 1957; J. Haas, Biología y Fe, Ed. Eler, Barcelona, 1966. Bibiiografí~ copIosa en: Aurelio Fernández, Filosofía de la Libertad. Ver Nota final.