padre canoManuel Martínez Cano, mCR

La vida cristiana es amar a Dios con todo el corazón, con todo el alma, con todas nuestras fuerzas. En el Antiguo Testamento, Dios dice varias veces: “Sed santos como yo soy santo”. Esa es la vida cristiana: ser santos.

Nuestro Señor Jesucristo dijo lo que el Concilio Vaticano II ha recordado a todos los bautizados: “Sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto”. La vida cristiana es un continuo perfeccionarse, hasta llegar a perfecta imitación de Cristo. “Vivo yo, mas ya no yo, es Cristo quien vive en mi”. Dice el antiguo perseguidor de los cristianos, San Pablo.

En esta vida terrena, sólo podemos alcanzar una perfección cristiana relativa, limitada; en tanto en cuanto, nos acercamos cada día a la unión íntima con Dios, haciendo en todo su santísima voluntad. Jesús nos va preparando en la tierra para vivir eternamente felices en el Cielo, donde veremos “cara a cara” a la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Dios Nuestro Señor, al crearnos, nos dio una vida natural, un alma y un cuerpo con sus potencias, virtudes y sentidos. Pero sobre todo, nos dio la vida sobrenatural, que es la vida de la gracia divina, que nos hace participar de la vida misma de Dios. El sacramento del Bautismo nos hace Hijos adoptivos de Dios y herederos del Cielo. ¡Hijos de Dios! ¡Hijos de María Santísima! Los mundanos están ciegos y sordos, viven en un mundo de corrupción y pecado que lleva al infierno.

Por medio de los sacramentos, la oración y los sacrificios vamos aumentando nuestra vida sobrenatural, de hijos adoptivos de Dios. En la tierra nunca llegaremos a la perfección absoluta, que sí alcanzaremos en el Cielo, porque en la vida eterna seremos de verdad semejantes a Dios, ya que le veremos tal y como Él es. Le amaremos con amor purísimo y nuestra vida sobrenatural llegará a su pleno desarrollo. Siempre felices, eternamente felices.

Esta es la ciencia que predican con sus vidas los santos, santas y mártires que viven en el Cielo. A ellos hemos de imitar y acudir para que nos ayuden a vivir la vida sobrenatural plena, a todo pulmón, a todo corazón.

Pidámosle que seamos hombres y mujeres espirituales; animados por la vida sobrenatural. La vida de auténticos Hijos de Dios en la Tierra. Que seamos sal y luz del mundo, como Cristo, como los santos, como los mártires que, en nuestros días, están dando testimonio de Cristo hasta la tortura y la muerte.

Claro que nosotros solos no podemos ser santos. Es imposible. Pero nunca nos faltarán las gracias actuales de Cristo para que siempre y en toda ocasión, cumplamos la voluntad de Dios, nuestro Padre del Cielo.

Convertido San Pablo, comprobaba en sí mismo el misterio y poder de la concupiscencia. “Veo el bien que debo hacer y hago el mal que no quiero hacer”. Salió de este miedo y temor cuando Cristo le dijo: “Pablo, te basta mi gracia”.

Todos los santos se han sentido miserables y pecadores. Y el demonio aprovecha estos estados de ánimo para desanimar y poner impedimentos y dejar así la vida de santidad. Nosotros, ni hablar. Con nuestra compatriota, Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia, en la vida de perfección cristiana, le decimos al demonio: “Teresa sola no puede nada, Teresa con Jesús lo puede todo”. Yo, con Jesús voy a ser santo.