vida religiosaPadre Jesús González-Quevedo, S.I.
Salamanca, 1971

  1. -Por lo que respecta a la responsabilidad de los, religiosos y religiosas españoles, tampoco conviene exagerarla. En muchos su salud es magnífica. Su estado floreciente: en la observancia de los votos y constituciones, no hay grandes ni frecuentes quiebras.

Su vida sobrenatural, su «participación en la vida de la Iglesia en materia bíblica, litúrgica, dogmática, pastoral, ecuménica, misional y social» (P.C., 2, c); su afición a la oración y pujante vida interior, fomentada con las grandes devociones de la Iglesia: Eucaristía, Sagrado Corazón, Santísima Virgen, conjugando armónicamente el culto público con el culto privado, pues la sagrada liturgia no agota la actividad de la Iglesia (35), es riquísima.

La beatificación o canonización de sus fundadores y los procesos de sus mártires y otros miembros, muertos recientemente en olor de santidad, así como los ejemplos actuales de almas totalmente entregadas al Señor en la vida religiosa y profana, pero formadas en contacto con los corazones religiosos, son incesantes estímulos de entusiasmo.

La adaptación pedida por la Iglesia en la formación de sus miembros y en la estructuración de sus obras, como queda dicho, se ha venido haciendo contrabajo incesante y metódico. Las innovaciones sugeridas últimamente, aunque a veces convenga darles cabida en la legislación, sobre todo para casos especiales, otras muchas, por las distintas circunstancias de España y por el buen resultado de los antiguos métodos, no habrán de adoptarse.

Sobre el postulantado, por ejemplo, se hacen una serie de indicaciones en la Instrucción última del 6 de enero, como queda dicho. Se las motiva por la necesidad de «una progresiva adaptación espiritual y psicológica» de los candidatos para separarlos del medio ambiente y habituarlos al nuevo, ya que hoy «el mundo está menos impregnado de cristianismo». Medida tan prudente es la que siguieron con Tomás Merton los franciscanos norteamericanos, como cuenta él en la Montaña de los Siete Círculos. Yo mismo he lamentado, en algún noviciado extranjero, el que a chicos, arrancados de una ciudad moderna al acabar el bachillerato, apenas llegados al noviciado, sin motivación espiritual previa, se les ponía a fregar escaleras y aposentos. Los postulantados españoles trabajan con personas de una preparación espiritual muy distinta de la de Merton. Es frecuente, sobre todo entre las postulantes, que lleguen con el voto privado y temporal de castidad, varias veces renovado; y a todos, ellos y ellas, se lleva más lenta y suavemente. Con todo, habrá casos, en que la facultad concedida por Roma sea muy estimable. Así hubiera podido comenzar su postulantado aquel pobre polaco, Estanislao de Kostka, cuando estuvo del criadito en muestro colegio de Dilinga, por indicación de Canisio.

Por lo que yo he visto y oído a hombres de espíritu y experiencia, el peligro para los postulantados, y noviciados españoles, no está en su falta de adaptación, sino en los desatentados experimentos. Hoy vemos cómo se hacen unos, que salen mal, y se cambian por otros, que salen peor. Al ver esos noviciados, sobre todo femeninos, llenos de chicas que acaban de terminar el preuniversitario o los primeros años de carrera, más de uno ha exclamado: ¡Qué lástima que tanto fervor, finura y delicadeza de espíritu, tal entrega al Señor, con tanta decisión para echarse de cabeza a lo más abnegado, más humilde y más duro, se vaya a perder; porque se perderá ciertamente, si Dios no lo remedia, con tantas novedades y tantas experiencias! El paso a la religión, también en España, es un salto grandísimo. No hace 10 años, me decía una Madre Maestra: las novicias “en el primer año apenas hacen cosa de provecho. Vienen tan mimadas y desambientadas de sus casas y con tantos pájaros en la cabeza…».

35 Const. sobre la liturgia, 9, 12 y13. Mediator Dei, 218, 220, 222, 225.