mariaIldefonso Rodríguez Villar
Puntos breves de meditación
sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgica
de la Santísima Virgen María
26ª edición, Valladolid, 1965

Virtud encantadora. -La modestia tiene tal parentesco y relación con la castidad, que es una parte de la misma… y así se asemeja a ella en la belleza…, en la hermosura y encantos divinos que la rodean. -La modestia, al igual que la pureza, es una virtud agradabilísima a los ojos de Dios y a los ojos de los hombres también. -Mira qué repulsiva resulta a todos una persona atrevida…, desenvuelta…, descocada y desvergonzada. -Compárala con aquella otra, al parecer tímida y encogida quizá…, pero envuelta en ese velo celestial de modestia…, de sencillez…, de pudor… y de ruborosa y simpática vergüenza.

Es el complemento necesario e indispensable de un alma pura y más aún de un alma virgen. -San Pablo, nos anima a practicar la modestia, cuando dice: «Vuestra modestia sea vista y conocida por todos los hombres>>… Y añade esta poderosa razón: «Pues el Señor está cerca de vosotros»…  Esto es, si conserváis la presencia de Dios y os dais cuenta de que Dios preside todos vuestros actos, seréis necesariamente modestos. -San Francisco de Sales, insiste en la misma razón y dice: que «en todos los actos nuestros debemos ser siempre muy modestos, pues siempre estamos en presencia de Dios y a vista de sus ángeles».

Mira claramente, cómo esta virtud recibe del Cielo mismo, todo su encanto, su dignidad y hermosura tan atractiva. -y así comprenderás la razón de por qué tanto amaba a esta virtud la Santísima Virgen. -La reverencia que sentía hacia la Majestad de Dios, a quien veía y tenía presente en la persona de su Hijo…, el amor santo y la veneración y respeto profundo que sentía hacia la divinidad…, su perfectísima y continua presencia y conversación con Dios, fueron la causa de que Ella apareciera siempre como la Virgen modestísima…

¡Qué modelo, Ma­ría, de encantadora modestia!- En su semblante…, en su mirada…, en sus modales…, en su compostura, aparecía una santa gravedad y seriedad, acompañada de inexplicable suavidad y de una dulzura celestial y divina. -Así era su modestia…: grave y simpática a la vez…, una modestia rigurosa que no admitía el más pequeño descuido, pero a la vez natural y sencilla…, sin violencias ni ridiculeces afable y atractiva, sin ligerezas ni chocarrerías sin soberbias ni desconfianzas. -Todos los que la veían quedaban prendados  de aquella modestia y recato que no tenía nada de ceñuda ni melancólica. Jamás se vio en Ella la más pequeña inconveniencia…, la más mínima incorrección… ¡Qué belleza tan armónica en todo su ser, producida por esta tan encantadora modestia!

Virtud protectora. -La modestia es la virtud protectora de la castidad…, es su mejor defensa…. es el baluarte natural de la pureza. -No es posible tener un alma pura, si los sentidos todos no están enfrenados y encauzados Por la modestia. -La vista, el oído, la imaginación, son otras tantas puertas que si se dejan abiertas… o si se abren deliberadamente a todas las impresiones que a ellos llegan…, fácilmente entrará por ellas el pecado y la muerte de la concupiscencia.

Además, la modestia nos aísla y separa de la vida del mundo y facilita la vida de fervor, evitando esa disipación que produce el derramamiento de los sentidos, convirtiendo al alma como en templo donde Dios habita y con el que trata con gran familiaridad. -Así amaba María a su modestia, como a la salvaguardia de su virginal corazón…, como al medio mejor de desprenderse de todos los atractivos exteriores…, como al modo más práctico de vivir toda y sola para Dios. -y como manifestación de esta su inmensa modestia, contempla con fervor aquella vergüenza…, aquel rubor… más que angelical que aureola su semblante.

Mírala delante del arcángel en su Anunciación, sorprendida por la vista inesperada de aquel agraciado mancebo… y aunque María sabe que es un ángel… y aunque no puede temer nada…, sin  embargo se ruboriza…, se tiñe de carmín  su rostro…, se turba… y rinde, con esa ruborosa turbación, un homenaje a su inmaculada pureza y a su virginal modestia. -¡Ah qué simpática es esta vergüenza que así se asoma a la cara, de quien posee un corazón inocente…, delicado…, puro, Y modesto! -Mira a aquel niño que se llamó Estanislao de Kostka, ruborizarse…, avergonzarse de tal modo ante la palabra inconveniente…, ante la expresión grosera o malsonante…, que su corazón envía toda su sangre a su rostro…, se queda sin vida y cae desmayado. – -¿De quién aprendió esa delicadeza…, esa exquisita sensibilidad, sino de su Madre?… ¿de Aquella a quien no podía menos de amar» porque era su Madre? -La modestia…, la vergüenza…, el rubor, es el distintivo del hombre… -Entre los animales no se da nada de esto…, ni tampoco entre los hombres que han negado a ese estado de rebajamiento irracional, propio, del pecado animal y sensual. -La modestia y la vergüenza es la barrera que se levanta entre el hombre y la bestia…, pero por eso la vergüenza, en presencia de la bestia, enrojece las mejillas con lo que se ha llamado la púrpura de la castidad y es el rubor. -Pide a tu Madre esta santa vergüenza…, este encantador rubor que demuestre al mundo todo, tu pasión por la pureza por la castidad…, por la modestia que la defiende…

Virtud edificante. -jQué hermosa y edificante aparece a los ojos de todos la modestia!… Es algo que arrastra…, que se impone…, que se pega a los demás… -Todos los pecados hechos en presencia del prójimo, pueden servirle de escándalo y de mal ejemplo…; pero entre todos, el pecado impuro es el que más sirve para escandalizar y el que con más razón lleva este nombre de escándalo.

Del mismo modo que todas las virtudes pueden servir de edificación al prójimo, pero la modestia se lleva la palma… ¿Qué hay de mayor edificación que una modestia en el hablar…, en el reír…, en el andar…, en todo el porte de un alma que así se nos muestra en el exterior? -Nadie miró a Ma­ría que no se edificara y no se convenciera de que era aquella modestia virginal la que arrastraba  a cuantos la contemplaban, a amarla…, y excitaba en todos  una grande y poderosa afición a la virtud y a la santidad.

Si se cuenta de San Francisco de Asís, que predicaba solo con su presencia humilde y modesta y que movía con su recogimiento y gravedad a devoción y a alabar a Dios y glorificarle…, ¿Qué no se dirá, de la Santísima Virgen? ¡Qué predicación la suya tan constante y tan eficaz!… Ésa sería una de las obras de su celo apostólico en bien de las almas… Su ejemplo era, sin duda, la suave y delicada y a la vez irresistible manera de difundir y hasta de imponer a los demás, compostura y recato en palabras…, modales  y ademanes, etc. ¿Quién se atrevería, en presencia suya, a obrar de otro  modo? -¿Por qué no la imitas en esto? -¿Por qué no te impones para que también tú difundas tu alrededor amor a la pureza y a la modestia…, y para que todo el mundo sepa que en tu presencia no se puede obrar… o hablar…  o presentarse en forma incorrecta e inconveniente?