vida religiosaPadre Jesús González-Quevedo, S.I.
Salamanca, 1971

  1. 0RIGEN DE TANTA ABERRACION.

Si para terminar preguntamos por el manantial de donde brotan males tan graves, la respuesta es bien fácil. El gran absurdo de la vida religiosa contemporánea es que constando, como consta, de dos elementos, uno divino e inmutable, y otro humano y mudable, se ha volcado el cuidado y la atención en el segundo, y de hecho, se ha olvidado y menospreciado el primero. ¡Dejar a Dios por el hombre, dejar lo inmutable por lo mudable, ese es el gran absurdo de la vida religiosa contemporánea!

Dicho de otro modo, hoy dentro de la Iglesia, práctica y teóricamente, se dan dos corrientes: una moderna clamorosa, bien organizada, con muchos medios materiales…; otra antiquísima, silenciosa, profunda, poderosísima, riquísima en dones celestiales… Son como digo conductas y san ideologías. Hechos e ideas.

Ni puede ser de otra manera, pues los hechos humanos tienen por causa remota las ideas. Pero como son los santos, los pensadores y los poetas, los que lanzan éstas, si se me permite, una enorme simplificación, yo diría que son San Agustín y Teilhard de Chardin, los representantes de esas dos corrientes dentro de la Iglesia.

Una va hacia Dios, hacia el cielo; otra, hacia el hombre, hacia la tierra. Dios inmutable, principio y fin de todas las cosas, y las verdades necesarias, inmutables y eternas, atraen el corazón y la mente del gran africano, que exclama, mirando al primero: «Tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé» (38) y se llena de admiración considerando las segundas, que son así y no pueden ser de otra manera; que son así y no pueden cambiar, siempre seguirán de la misma manera; que son así y ni comenzaron alguna vez a ser así, ni podrán nunca dejar de ser de la misma manera; que son así lo mismo aquí que en cualquier otra parte del cielo o de la tierra; porque honrar a los padres, ser veraz con nuestros semejantes, siempre y en todo lugar será bueno, como siempre y en todo lugar será malo 10 contrario, como siempre, y en todo lugar, será verdad que dos y tres son cinco, por mucho que progrese y evolucione la sociedad y el individuo.

38 Confesiones, X, 27.