vida religiosa

Padre Jesús González-Quevedo, S.I.
Salamanca, 1971

A esta doctrina elevadísima, constantemente aprobada por la Iglesia, se opone el evolucionismo teilhardiano reprobado por ella (39). El cual con ingenuo optimismo y fe ciega en la materia, sostiene un proceso ilimitado de desarrollo natural y ascendente, aunque en el orden físico se haya detenido hace milenios, sin saber por qué, y en el orden moral las brutales dictaduras de Oriente” y la desoladora corrupción de Occidente con el homosexualismo y aborto legalizados, con los hippies y las drogas, no se compaginen bien con tan sonrosados sueños (40).

  1. No es tema mío, hablar de Teilhard, de su persona y de sus escritos, ni de la inmensa bibliografía en favor o en contra suya. Tampoco me toca exponer su ramificadísimo pensamiento religioso. Daré solamente unos datos significativos.

1º) En Comment je erois, escribía: «Si a consecuencia de algún trastorno interior, llegase yo a perder sucesivamente mi fe en Cristo, mi fe en un Dios personal, mi fe en el Espíritu, me parece que yo continuaría creyendo en el Mundo (el valor, la infalibilidad, y la bondad del mundo), tal es en último análisis la primera y la única cosa en la que yo creo. Por esta fe yo vivo, y a esta fe, yo la siento, en el momento de morir, por encima de todas las dudas, yo me abandonaré a donde ella me conduzca». Se intenta atenuar este texto verdaderamente desolador, diciendo que se escribió en 1934: ¿Pero por ese tiempo estaba T. en la plena madurez de su vida, y además, dónde consta la retractación? Santa Teresa, que con tanto fervor y ternura se retractó en el capítulo 22 de su Vida, de haber creído, como la decían, que la Humanidad de Cristo, podía ser impedimento para la contemplación perfecta, ¿qué hubiera dicho de haber escrito la página verdaderamente impía de Teilhard?

2º) En su carta del año 50, a su amigo, el ex-dominico P. C., sostiene Teilhard que la Iglesia ha de cambiar de manera más profunda que en la Reforma, ni sólo en las instituciones y costumbres, sino en la Fe. Se trata, repite, «del alumbramiento de una nueva Fe… de la que se apresta a salir la Religión del mañana». El mejor medio de promover ese cambio, continúa, es trabajar desde dentro de la Iglesia, en lo que difiere de su amigo que había salido de ella. Su confianza «inmensa» se basa en que «durante cincuenta años» ha visto cómo a su alrededor, «se revitalizaban la vida y el pensamiento cristiano -pese a toda Encíclica-».

Que la Fe nueva y la Religión nueva vengan, si vienen, a pesar de las Encíclicas, es muy cierto, pues éstas siempre permanecerán fieles a la Fe y Religión antiguas e inmutables de Nuestro Señor Jesucristo.

3º) ROGER GARAUDY, filósofo comunista, en su libro Perspectives de l’Homme, Existentialisme, Pensée Cathalique, Marxlsme enumera y detalla once decisiones de los Superiores de la Compañía y de la Santa Sede contrarias a Teilhard. Queda aún la duodécima, que le prohíbe responder al ensayo de Jean Rostand, Ce que je erais, y le ordena volver a América cuanto antes; Las dos más graves son las del Santo Oficio: una del 6 de diciembre de 1957, que manda retirar los libros de T. «de las bibliotecas de los seminarios e instituciones religiosas» y prohíbe se vendan en las librerías católicas y se traduzcan a otros idiomas; y la otra, el Manitum del Santo Oficio del 30 de junio de 1962, en tiempo de Juan XXIII, que dice: «Dejando a un lado lo perteneciente a las ciencias positivas, es patente que dichas obras en materia filosófica y teológica, están llenas de ambigüedades, más aún de graves errores; que ofenden a la doctrina católica».

Parece estar cargado de razón y desde luego nadie ha refutado.

4º) El director de la Oficina de Prensa del Vaticano, el 3 de mayo de 1968, declaraba: «En Teilhard de Chardin existen algunas cosas que no son conciliables con las afirmaciones rigurosas de la fe. Sus mismos mejores críticos están de acuerdo en este punto. Esto explica las reservas hechas oficialmente algunos años atrás y no modificadas.

5º) Es evidente que quien quiere ser fiel a las directrices de la Santa Sede, como es obligación de todo católico, no pueda ser teilhardiano sin muchas reservas, y menos divulgador de su pensamiento entre el pueblo menudo. Por eso me asombra que persona de autoridad, en declaraciones a la prensa del 23 de agosto de 1968, le llame «gran hijo de la Compañía» y enjuiciando su obra añada: «que no es teólogo y por eso algunas expresiones válidas dentro de la terminología científica pueden ser un poco inexactas desde el punto de vista teológico». No sólo se suaviza el juicio del Santo Oficio, hoy válido, lo cual es grave, si no que además sus expresiones obviamente interpretadas dan a entender que lo que es válido científicamente, es inexacto teológicamente; lo cual si no es admitir la verdad opuesta a la verdad, herejía condenada por el Lateranense V y por el Vaticano I, se le parece mucho (Denz-Shhönm. 738 y 1441; 1797 Y 3017).

7º) Finalmente, la vergüenza de la llamada tertia via, sin duda de las mayores vergüenzas registradas en la historia de los Institutos religiosos de todas las épocas (la carta del P. Arrupe sobre el particular, el 12-XIl-1969, parece increíble), en Teilhard tiene su profeta, su evangelista y su sacerdote, pues hasta el nombre le fue impuesto por él. Si de la teoría pasó Teilhard a la práctica, y práctica más avanzada, no lo he visto probado, aunque sí afirmado. Para mí su declarado «homenaje… casi de adoración, y salido de lo más hondo de mi ser, hacia aquellas (mujeres) cuyo calor y encanto han pasado gota a gota a la sangre de mis más queridas ideas», .y el relieve que da a aquel «momento crítico (de su vida), en el que abandonando viejos moldes familiares ,y religiosos, empecé a despertar y formulármelo a mí mismo (el elemento femenino, esencial para él)», a partir del cual «nada se ha desarrollado en mí sino bajo una mirada y un influjo de mujer»; para mí, repito, todo esto me da mala espina, (Estas frases están tomadas de la obra de Teilhard –Le femininet l’Unitif).

A quienes aducen otros textos teilhardianos, y le proclaman según ellos teólogo y místico, quiero expresarles mi asombro por su nuevo método de discutir y razonar. Con él podrían justificar todas las herejías, todos los robos, y todos los asesinatos, que se han dado en la historia de la humanidad.

  1. D. MAYOR, El Babelismo de la Evolución y la Realidad del Cosmos, Santander, Sal Terrae, 1968, escribe magistral y profundamente de la evolución limitada: «Un hecho tan enorme y contrario a todo lo que sucede en la naturaleza (el hecho de una cascada que va ascendiendo de tramo en tramo hasta pararse, no Se sabe por qué, o de una escalera en que falla el primer escalón: la generación espontánea), un hecho tal, para ser admitido, requeriría el apoyo de adecuadas experiencias, y las experiencias -artificiales o naturales- se declaran en abrumadora mayoría por lo contrario» (p. 21s.). La ilusión de los evolucionistas es que pasan del evolucionismo ideal al evolucionismo real. Evidentemente que en la inteligencia y voluntad divina se da una gradación de seres, desde el protozoo más rudimentario hasta la Santísima Virgen, la creatura más excelsa, pero de ahí a pasar realmente de un animal imperfecto a otro más perfecto, es contrario al sentido común, según el cual «nadie da lo que no tiene» y a toda metafísica, que no admite un efecto superior a su causa. Por eso Santo Tomás no se cansa de decir de muchos y diversos modos: Perfectum est prius imperfecto, aunque in uno et eodem imperfectum est prius tempore (3q. 1 a 5 ad 3; 1.q. 94 a 3 c; 2, 2 q. 1 a 7 ad 3; 1 C.G. 44; De Verit. 18 a 2 c…). El daño de esta mentalidad lo expresó bien ALEXIS GURVERS en Teilhard y la subversión en la Iglesia («Roca Viva», n. 7, julio 1968, p. 52): «La hipótesis evolucionista extendida a todos los dominios del pasado y del futuro, trae tras sí la idea del CAMBIO fatal, continuo, universal, irreversible». Todo por consiguiente es movedizo, todo es arena imposible edificar sobre roca viva, como nos aconseja Cristo (Mt. 7, 24s.). ¿Nos vamos a extrañar de las ruinas que contemplamos por todas partes en la Iglesia?