Obra Cultural

¿Porqué mortal?

Porque mortal significa que causa la muerte, que mata; y esto es precisamente lo que hace este pecado. Nuestras almas fueron dotadas en el bautismo de una nueva clase de vida -la vida sobrenatural- destinada a alcanzar su etapa final de desarrollo y perfección en la felicidad del cielo. El pecado mortal, de un golpe, mata aquella vida mucho más efectiva y certeramente que una bala mata la vida natural de nuestro cuerpo.

Solamente que… pero trataremos de esto más tarde.

¿Qué es pecado mortal?

Dios nos creó para conocerle, amarle y servirle aquí en la tierra y de este modo alcanzar el cielo después. El pecado mortal es un acto por el que escogemos libre y deliberadamente algo que nos impide realmente conocer, amar o servir a Dios aquí, y por lo tanto alcanzar después el cielo. Es mortal porque quita lo único que nos hace capaces de entrar en el cielo: la gracia santificante.

Un acto por el que escogemos algo…

Pero ¿qué es en definitiva lo que escogemos?

Esto nos lo dicen los Diez Mandamientos y los Preceptos de la Iglesia, juntamente con nuestra conciencia.

Los Diez Mandamientos y los Preceptos de la Iglesia son nuestra norma de conducta objetiva; la propia conciencia, la norma subjetiva. Los Diez Mandamientos son nuestra norma, porque son y han sido siempre una síntesis de lo que hemos de hacer y de lo que hemos de evitar. Claro está que no pueden descender a todos los pecados que podemos cometer, pero incluyen en síntesis a todos los pecados posibles. Por ejemplo, no hay mandamiento que diga: «Pagarás el salario justo a tu criado», pero HAY un mandamiento que dice: «No robarás», y NO pagar el salario justo es un pecado de hurto prohibido por este mandamiento.

Los mandamientos son nuestra norma objetiva porque nos dicen en cada caso qué es lo bueno o lo malo en la realidad.

La conciencia es nuestra norma subjetiva porque nos avisa cuando vamos a cometer una acción, si es buena o mala, si está conforme o no con los Mandamientos. Así, en el ejemplo anterior es la conciencia la que nos avisa de que no pagar el justo salario es malo, y está prohibido en el séptimo mandamiento.

Si nuestra conciencia está bien formada nos dirá en cada caso lo que es bueno o malo objetivamente.

¿Y las consecuencias del pecado mortal?

Demasiado terribles para que nos podamos dar enteramente cuenta de ellas. Si así fuera, el temor de incurrir en ellas nos impedirá cometer ningún pecado. Se puede resumir brevemente:

  1. La muerte espiritual inmediata de nuestras almas, o sea la pérdida, la privación del inestimable don de la gracia santificante.
  2. El infierno, si morimos en pecado mortal; pues sólo la gracia garantiza nuestra entrada en el cielo; y si morimos sin ella nuestro único lugar es el infierno. Ir al infierno significa haber perdido conscientemente el único fin para que fuimos creados; haber perdido para siempre a Dios que es el único que puede hacernos felices; habernos destinado para siempre a sufrir miseria, «el fuego eterno» (Mt. 25,41) con remordimientos, odio de nosotros mismos y de Dios para desesperar sin fin: significa estar condenado a vivir sin esperanza, sin nada absolutamente que anhelar en lo futuro, sin ninguna perspectiva luminosa para siempre. Y todo por culpa de nuestra libre elección.

 Pero, ¿no hay esperanza en esta vida?

Sí, gracias a Dios: hay siempre esperanza en esta vida. Y ésta es la diferencia entre el pecado mortal que mata el alma y la bala que mata el cuerpo. No podemos recobrar la vida del cuerpo, pero por la misericordia de Dios PODEMOS recobrar la vida del alma.

¿Cómo?

POR LA CONTRICIÓN Y POR LA CONFESIÓN. POR LO TANTO, DOS REGLAS DE ORO.

Primera regla de oro

Si has tenido la gran desgracia de cometer un pecado mortal, haz INMEDIATAMENTE un acto de contrición perfecta.

Contrición significa pesar y detestación del pecado cometido y propósito de evitar en adelante el pecado.

Contrición perfecta. La contrición se hace perfecta por el AMOR, esto es cuando nos arrepentimos de los pecados porque por ellos hemos ofendido a Dios que es tan bueno en sí mismo y tan merecedor de todo nuestro amor. Advierte que lo que vale es el motivo de nuestro dolor, no precisamente el sentimiento.

La contrición perfecta tiene el poder de perdonar el pecado inmediatamente, aun el pecado mortal; con todo, incluso después de un acto de contrición perfecta nos queda todavía la obligación de cumplir la ley divina que nos manda confesar nuestros pecados mortales.

Procura alcanzar siempre esta contrición perfecta. Pero si alguna vez sintieres que tu dolor no llega a tanto, acuérdate de que el perdón de Dios se puede obtener en el sacramento de la Penitencia, aun cuando tu dolor provenga de motivos menos perfectos, por ejemplo, de que por el pecado has merecido el castigo eterno de Dios, o porque el pecado es en sí mismo vil y feo. A esta clase de dolor se le llama con palabra propia: atrición

Segunda regla de oro

Haz el propósito de ir a confesarte tan pronto como te sea posible. y cúmplelo… La Confesión es el sacramento de la misericordia de Dios por el que podemos conseguir infaliblemente el perdón de nuestros pecados, recobrar la gracia que hemos perdido y colocarnos de nuevo en el camino del cielo.

No consientas estar NUNCA en pecado mortal. Cometes una gran necedad cuando permites que te quede pendiente en tu conciencia un pecado mortal del cual no te has arrepentido. Mientras perdures en este estado, están secos los manantiales de tu vida espiritual, tu alma está muerta, y corres el peligro de perder a Dios por toda la eternidad.

El pecado no es algo que nos sucede inadvertidamente. Lo escogemos con deliberación y conocemos lo que estamos escogiendo. Los pecados mortales actuales, de los que estamos hablando ahora, merecen el infierno por toda la eternidad, y Dios que es infinita Justicia no va a echarnos al fuego por algo que hagamos inadvertidamente. Todo lo contrario: Dios desea salvarnos a todos del infierno; somos nosotros por los que por medio de nuestra libertad podemos coger deliberadamente ir allí. Y lo escogemos -o a lo menos nos ponemos en peligro- siempre que deliberadamente cometemos un pecado mortal.

Esta hoja no trata del estado de pecado original, que consiste principalmente en el hecho de haber nacido fuera de la familia de Dios, sin la gracia; sino que trata del pecado actual, es decir, del pecado del que soy personalmente responsable, del pecado que es resultado de un acto mío libre que yo mismo reconozco como moralmente malo.