P. Manuel Martínez Cano, mCR.

Sangre de Cristo, Verbo de Dios encarnado, sálvanos

Hace unos veinte años, el doctor en Filosofía, José María Petit Sullá, nos decía, preocupado, que se estaba olvidando en la Iglesia, que no se predicaba el dogma del reinado social de Jesucristo.

Hace pocos días, me he enterado de la muerte del sacerdote uruguayo, Monseñor Ignacio Barreiro Carámbula, incansable baluarte mundial provida. Santo y sabio, conocía perfectamente la Doctrina Social de la Iglesia. En 2013 participó en la XIª Semana por la vida de la Diócesis de Alcalá de Henares, con un trabajo sobre “Las enseñanzas del Magisterio sobre el bien común temporal”.

Fue entrevistado por Religión en Libertad. A la pregunta: -¿Y es la realeza Social de Cristo la aspiración máxima del bien común en la doctrina de la Iglesia?: -“Sí. La instauración del Reino Social de Cristo implica que la sociedad sea regida por las leyes del Evangelio. Tenemos que tener una visión precisa de la sociedad ideal donde Cristo reine. En la encíclica Quas Primas, dónde Pío XI expone espléndidamente el dogma de la realeza social de Cristo, afirma “que todos los hombres están bajo la autoridad de Cristo tanto considerados individualmente, como colectivamente”.

En Contracorriente, ya hemos publicado la Quas Primas y otras encíclicas acerca del poder temporal, la soberanía… La B.A.C. ha publicado un tomo de “Documentos Políticos” de la Iglesia; otro titulado “Documentos sociales” de la Iglesia; también “Documentos económicos” de la Iglesia. Tenemos una inmensa riqueza de documentos sobre el orden social cristiano. Y la inmensa mayoría de los bautizados, seglares y eclesiásticos, lo desconocen totalmente.

Mi fundador, el padre Alba, me dijo que confeccionara unas lecciones de religión para nuestros alumnos. Sobre Jesucristo, hice tres lecciones: Cristo hombre, Cristo Dios y Cristo Rey. Esta última fundamentada en la Quas Primas. Pío XI inicia la encíclica haciendo dos claras afirmaciones:

“El mundo ha sufrido y sufre este diluvio de males porque la inmensa mayoría de la humanidad ha rechazado a Jesucristo y su santísima ley en la vida privada, en la vida de familia y en la vida pública del Estado; y es imposible toda esperanza segura de una paz internacional verdadera mientras los individuos y los Estados nieguen obstinadamente el reinado de nuestro Salvador. Por esto, advertimos entonces que la paz de Cristo hay que buscarla en el reino de Cristo” (Quas Primas, nº 2).

El Papa nos ofrece muchas citas del Antiguo y Nuevo Testamento que afirman que Cristo es Rey de la sociedad. Claro que también es un reino espiritual, que bien o mal, se acepta. Pero:

“Por otra parte incurriría en grave error el que negase a la humanidad de Cristo el poder real sobre todas y cada una de las realidades sociales y políticas del hombre, ya que Cristo como hombre ha recibido de su Padre un derecho absoluto sobre toda la creación, de tal manera que toda ella está sometida a su voluntad.”

En su primera homilía como Sumo Pontífice, San Juan Pablo II dijo:

“Hermanos y hermanas, no tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad, ayudad al Papa y a todos los que quieran servir a Cristo. En nuestro conocimiento y, con la potestad de Cristo, servid al hombre y a la humanidad entera. No temáis. Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo. Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, tanto los sistemas económicos como los políticos, los campos extensos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. No temáis”.

San Pío X, en el documento que condena el movimiento “Le sillón”, abanderado de la democracia moderna, dice:

“No se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos, no; la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo” (Notre charge apostolique 11).

En una de sus visitas a España, San Juan Pablo II dijo:

“Es necesario que los católicos españoles sepáis recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica”.

En la beatificación de los 51 claretianos, afirmó: “Es todo un seminario el que afronta con generosidad y valentía la ofrenda al Señor. La entereza espiritual y moral de esos jóvenes nos ha llegado a través de testigos oculares y también por escritos… esos claretianos murieron por ser discípulos de Cristo, por no querer renegar de su fe y de sus votos religiosos.

Hoy demos gracias por esta fuerza que se ha convertido en la fuerza de los mártires en tierras de España. La fuerza de la fe, de la esperanza y del amor que se ha demostrado más fuerte que la violencia. Ha sido vencida la crueldad de los pelotones de ejecución y el entero sistema del odio organizado”.

Terminamos:

Yo, Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España,

Consciente de mi responsabilidad ante Dios y ante la Historia, en presencia de las Cortes del Reino, promulgo como Principios del Movimiento Nacional, entendido como comunión de los españoles en los ideales que dieron vida a la Cruzada, los siguientes:

I

España es una unidad de destino en lo universal. El servicio a la unidad, grandeza y libertad de la Patria es deber sagrado y tarea colectiva de todos los españoles.

II

La Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación.

III

España, raíz de una gran familia de pueblos, con los que se siente indisolublemente hermanada, aspira a la instauración de la justicia y de la paz entre las naciones.

Lean las Leyes firmadas por el Caudillo de España y la Cruzada. No las hay más evangélicas ni más católicas.