Una Epopeya misionera

P. Juan Terradas Soler C. P. C. R.

Dado nuestro carácter de ministro del Señor, innecesario nos parece -antes de abordar nuestro tema- manifestar que “el amor que nos ha movido, y nos ha hecho” emprender la redacción de estas páginas “desciende de arriba, del amor de Dios Nuestro Señor”. Y que ningún amor desordenado a la patria en que Dios quiso que naciéramos ha tenido parte en la labor que nos hemos propuesto.

“Todo sacerdote católico -como decía Pío XII- que responda verdaderamente a su vocación, se siente como si fuese hijo de aquella tierra en la que trabaja para que el Reino de Dios florezca y vaya creciendo”. Y, en otra parte, el santo Pontífice aclaraba: “La vida del sacerdote no será ya suya, sino de Cristo; más aún: es Cristo quien vive en él” (Gál. 2, 20). El no “se pertenece”, como no pertenece a los padres, amigos, ni siquiera a una determinada patria; la caridad universal será su respiración”.

Podríamos añadir, además -en nuestro origen personal de catalán-, la curiosa advertencia que avanza el P. Nuix en el prólogo de la obra que compuso para defensa de los valores cristianos de la colonización española de América. Este jesuita -refugiado en Italia después de la expulsión de su Orden de los dominios de España- hace notar que “siendo español, es, sin embargo, catalán; y no habiendo tenido éstos intervención directa en América como los castellanos, no se le puede culpar de exagerado patriotismo.

Publicado en español, para el mundo hispanoamericano, creernos, sin embargo, que este libro podrá interesar a los católicos de los demás países.

A la verdad, aun mirada de tejas abajo, la gran epopeya del descubrimiento, conquista y colonización de América no puede dejar indiferente a ningún espíritu sensible y elevado. Se trata, en efecto, de una hazaña “la más grandiosa y hermosa que hayan podido ver los tiempos”, como escribió León XIII parando sus ojos únicamente en su inicio y primera etapa, que fue la expedición colombina.

La realización de su conjunto, a lo largo de tres siglos, supone una suma inapreciable de talento, constancia y heroísmo, que enaltecen sobremanera a todo el linaje humano. Cualquier espíritu recto, al contemplar esta gesta exclamará con el gentil Terencio, por boca de su Cremes: “Hemo sum, humani nihil a me alienum puto”.

Pero, mirada de tejas arriba, la empresa de españoles y portugueses en América adquiere para los católicos proporciones verdaderamente trascendentales.

Dejando de lado la evangelización -obra exclusivamente sobrenatural- y considerando únicamente el aspecto humano de la empresa: la colonización, descubrimos sin dificultad que es ésta un fruto excelente de la civilización cristiana. Y, por eso, la Iglesia recaba la gloria para sí.

León XIII, en efecto, en el documento citado, dice que Colón “nos pertenece” a los católicos, porque “la razón principal que movió a Colón a abordar el «tenebroso mar» fue la gloria de la fe católica”. Con igual derecho, los hijos de la Iglesia podemos afirmar que toda la obra civilizadora y eficazmente constructora que se realizó después en América “nos pertenece”, porque el espíritu apostólico fue el móvil principal de los hombres más relevantes de la empresa indiana, la religión sostuvo el ánimo de los conquistadores en los momentos más difíciles, y nuestra fe inspiró la admirable legislación de Indias.

Veremos, más adelante, como éste es el pensamiento de los Papas.

Valga, pues, este, trabajo para aumentar en algo nuestro sentir con la Iglesia. Al apreciar los éxitos de la nación que fue el principal instrumento de esta gigante epopeya misionen, sepamos contemplar en ellos las glorias de la misma Iglesia, nuestra Madre, y los triunfos de Jesucristo Rey.

En realidad, así como las alabanzas tributadas a un cuerpo animado van, en último término, al alma, que es el principio de toda la gracia y hermosura de ese organismo, así las frases laudatorias de España, que se publican en este libro, recaen de lleno en la Iglesia Católica, animadora de las principales grandezas de la epopeya hispánica en América.

Miserable y mezquino sería nuestro sentido cristiano si no pudiéramos gozarnos, como de una gloria propia -sea cual sea nuestra nacionalidad-, de estas páginas de la historia de la Iglesia en América. En cualquier hipótesis, somos hijos de la Iglesia y miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo, y nos hemos de gloriar de sus reales triunfos y victorias. “Con tal de que, de cualquier modo, Cristo sea anunciado… en esto me gozo y me gozaré siempre”, debemos repetir con San Pablo.